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Mostrando entradas con la etiqueta cc. Mostrar todas las entradas
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15 de diciembre de 2013

Il caffe di Roma. La Ñora, 14 de diciembre de 2013.

Es de todos conocido que en Murcia gusta eso de construir mucho, con rapidez y sin pararse a pensar si hace falta. Lo que sea: rotondas, puentes para el tranvía, aeropuertos, avenidas con tres carriles en cada sentido y aceras inmensas con farolas caras y carril-bici pero sin edificios ni peatones o coches que las recorran porque rara vez llevan a alguna parte, ni siquiera a Roma. De todas estas construcciones innecesarias rescato el centro comercial La Noria Outlet, llamado así porque se sitúa a dos acequias de La  Ñora. Existe en Murcia la moda de decorar con grandes norias las entradas de los centros comerciales. Sucede así en el CC Thader o en La Noria Outlet. Éste último, una vez cumplido su compromiso con la tradición local, presenta el aspecto de "un pueblecito español", como decía Kim Novak. Al entrar en La Noria Outlet, que está en medio de un erial, me acuerdo de los spaguetti western almerienses que nunca he visto: el CC consiste en una avenida principal formada por coloridos edificios de cartón-piedra cuyos bajos están ocupados por las tiendas de siempre. En uno de estos bajos se aloja la cafetería donde hemos desayunado hoy: Il caffe di Roma.
Es una cadena de cafés que yo creía absorbida por Café&Té o simplemente desaparecida. Aquí resiste un ejemplar cual aldea gala y no parece que le vaya mal, ya que no tiene apenas competencia. Diré ya que me gusta este sitio, tiene una grata terraza y no suele haber mucha gente. He tomado bastantes cocacolas aquí con mi hermana antes de buscar gangas en Bimba&Lola, y a los primos alemanes siempre los traemos porque aquí pueden pedir cafés latte espumosos como los que toman en su pueblo.
Hoy elegimos desayunar dentro. La decoración es la esperada: mesitas de pseudomármol, sillas de madera verde, a juego con los paneles que forran las paredes, sacos supuestamente llenos de café y carteles descriptivos de los combinados cafeteros que se ofrecen. Sobre la mesa hay infinidad de menús: de café, de almuerzos, de tartas para merendar, de batidos de fruta. Nos centramos en una tarjeta que ofrece ocho desayunos diferentes. Me planteo seriamente la posibilidad de pedir chocolate con churros, pero pienso en todos los dulces navideños que me quedan por comer y decido no innovar, así que opto por café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. G también pide café con leche, aunque se olvida de pedir la sacarina, y un croissant, combinación desayunística contemplada en el menú pertinente.
Con rapidez pasmosa nos sirven el desayuno: mi café viene con dos sobres de sacarina, que comparto con G porque soy muy educada, y mi tostada, poco tostada, viene con una cantidad algo escasa de tomate rallado. El pack aceitera-salero se halla ya sobre la mesa. El salero tiene los agujeritos muy limpios y la aceitera, que contiene un aceite poco sabroso, está pringosa sin resultar desagradable.
Todo va razonablemente bien hasta que nuestra atención se centra en el croissant de G. En lugar de servirle un croissant de los que se exhiben en la vitrina, de tamaño ordinario, le traen un croissancito de tamaño cucharilla de café y tienen la desfachatez de acompañarlo de cuchillo y tenedor. Qué burla es ésta, nos preguntamos mientras bebemos el café. Cuando nuestra indignación alcanza su cénit, entra en il caffe una trabajadora del CC que alguna vez nos ha saludado como conocidos, para nuestra sorpresa, en la tienda correspondiente [comentario editado a petición de un lector]. Nos acompaña en silencio también un señor que lee la prensa deportiva del día sentado de lado en su silla, lo que nos lleva a comparar nuestros métodos para simultanear el beber café y el leer el periódico cuando desayunamos solos.
Con el hambre matutina saciada sólo a medias, pagamos la cuenta y nos vamos a pasear por las calles falsas del CC.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 6 CALIDAD 4 PRECIO 2,00€

30 de septiembre de 2013

Lavazza. Murcia, 28 de septiembre de 2013.

En una ciudad como Murcia, con un El Corte Inglés (en adelante, ECI) de los de toda la vida, no se entendió muy bien que abrieran hace unos años otro centro, cerca de la autovía, un poco a desmano de todo, donde solo le viene bien a las hordas de alicantinos que nos invaden todos los 9 de octubre.
Tengo que decir que no me desagrada este mamotreto, incluso por la noche tiene su cierta gracia. Está lleno de pasillos y pasillos sin utilizar, que parece que iban a ir destinados a poblarlos de tiendas o locales de restauración donde sacarnos los cuartos, pero que no se sabe bien si por la crisis o por la cercanía del Thader y la Nueva Condomina, o por las dos cosas, se han quedado con la pared echada. Este centro comercial ECI El Tiro, así se llama, comparte con el de Elche los pocos clientes que pueblan sus pasillos y el no tener excesivo número de empleados, lo cual está bien siempre que no vayas decidido a comprar. Con los empleados del ECI he sufrido una transformación, en este lo noto menos ya que casi todos son de nueva hornada, y ya casi prefiero a sus empleadas con 40 años de profesión, con más laca que Margaret Thatcher, a los empleados hipsters de Jack&Jones o a los llenos de piercings de Pull; me gusta el empleado viejuno.
La cafetería que hay dentro de ECI es una mierda, sirven una café digno de Mordor, que no se entiende como luego tienen la cara de venderte todas esas máquinas de diseño tan bonitas para tomar café en casa. Cada vez que paso por delante me indigno y me entran ganas de entrar recortada en mano, imitando la escena gloriosa de El día de la bestia, donde se cargan a los reyes magos y siembran el caos entre los clientes de ECI de Callao. Me sobran los motivos, ya que el pastel de carne que venden en este sitio también es de juzgado de guardia. El tema es que aquí no se puede tomar café.
Ya he dicho que el centro está plagado de espacios vacíos, pero en el extremo de uno de esos pasillos, casi borgianos, hay un breve amago de iniciativa comercial. Así que, cuando venimos a desayunar a este lugar, vamos a la única cafetería que hay, además de la mencionada. Se llama Lavazza y está en una especie de rotonda, junto a los cines, donde casi nunca hay nadie y el mismo trabajador te vende la entrada y te la corta, un Wok que ya abrió cerrado, un kebab con un rulo (siempre el mismo) girando eternamente, y otro bar del que mi memoria no guarda recuerdo.
Los clientes habituales del Lavazza suelen ser empleados del lugar, o algún padre que se sienta allí a esperar a que su hijo se descalabre, ya que hay un miniparque infantil pegado a la cafetería. Esta vez cuando llegamos estábamos solos, que no es una mala cosa en este sitio donde siempre tardan un montón en preparar el café. Tienen la extraña costumbre de no empezar a hacer el café hasta que no esta totalmente atendido el cliente anterior, creando a veces unas tardanzas absurdas. Mientras esperábamos en la barra, ya que no tienen servicio de mesa, apareció un vendedor de cupones de la ONCE, que se dedicó en explicarle a la camarera de forma puntillosa todo su día de ayer y cómo consiguió averiguar los cupones vendidos a lo largo del mismo. Esbozó en una servilleta una increíble formula matemática, ante el asombro de los presentes, que consistía en restar al total de cupones que tenía en su poder al principio del día los que tenía al final, dando como resultado los vendidos. Cuando nos íbamos, llegó un padre acompañado de las niñas del resplandor, que ante la pregunta de qué iban a tomar respondieron a una sola voz: NAPOLITANA DE CREMA.
El café del lugar esta bastante bueno y la bollería del lugar tampoco está nada mal. El precio del desayuno es fijo y tienen variedad donde elegir. Ana pidió café con leche con un hojaldre de manzana y canela, que alabó varias veces, y yo pedí café con leche, con sacarina, y napolitana de chocolate, algo pansía (murcianismo al canto), pero comible.  
Muchacha esperando la próxima película de Nicolas Cage
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 7 CALIDAD 7 PRECIO 1,80€

20 de agosto de 2013

Maite Confiteria&Brunch Thader. Murcia 17 de agosto de 2013


Ir a un centro comercial murciano en ciertas fechas y a cierta hora puede suponer entrar en contacto con una cantidad ingente de personas, lo que a personalidades poco dadas a las multitudes como la de G y la mía resulta, en ocasiones, inquietante. Es por ello que nuestros desayunos en Maite Confiteria&Brunch Thader suelen celebrarse los domingos. En ese día de la semana el vasto aparcamiento casi vacío, los escaparates apagados, las sillas y mesas de las terrazas amontonadas en el interior de los restaurantes cerrados o las escaleras mecánicas en funcionamiento pero sin transportar a nadie proporcionan a nuestro paseo matutino un aspecto de fin del mundo que nos encanta, sobre todo cuando descubrimos que, afortunadamente, Maite ha sobrevivido al apocalipsis y nos espera con su agradable terraza de sillas metálicas rojas y su mostrador repleto de bollería variada. En esta ocasión, no obstante, el desayuno ha tenido lugar un sábado, pero se trata de un sábado de mediados de agosto, algo que en Murcia significa despoblación masiva.
Por seguir con la imagen, los pocos supervivientes de la catástrofe ocupamos cuatro o cinco mesas y nos acercamos educadamente a la barra para solicitar nuestros cafés. No suelo tener dudas a la hora de pedir el acompañamiento de mi café con leche, pero aquí siempre me asalta la tentación de elegir una palmera de dimensiones teratológicas o una napolitana de chocolate de aspecto deliciosa. A veces cedo a la tentación, para después arrepentirme de no haber pedido la saludable tostada, pues lo que parecía delicioso resulta no ser tal. Por ello, esta vez opto por la tradicional combinación de café con leche (con sacarina, por favor) y media tostada con tomate. G cambia la tostada por una porción de bizcocho chocolateado. Aunque se pide en la barra, la camarera, que es correcta, pero no simpática, lo lleva todo a la mesa. Primero el café, con no uno, sino dos sobres de sacarina para cada uno; momentos después, el bizcocho, la tostada, el cuenquito con tomate rallado, la aceitera y el salero. De todo ello, destaco por su excelente diseño la aceitera, que tiene un sistema para recoger esas últimas gotas de aceite que quedan en el borde después de servirte e impedir que chorreen por todo el exterior del recipiente, creando un tacto, obviamente, aceitoso y, en mi opinión, asqueroso. Todo está bueno, el café en especial. Encuentro mi tostada un tanto pequeña, pero está en su punto de tostado. G disfruta de su bizcocho, aunque a posteriori lo describe con la lítotes "no exquisito".
Por otro lado, no me gusta que nuestro servilletero ande escaso de servilletas. Un rápido vistazo a las mesas vecinas me permite comprobar que están todos en la reserva. Esta escasez contrasta con la abundancia de sobres de sacarina y azúcar a disposición de los clientes en la barra, abundancia que descubrimos cuando nos presentamos de nuevo ante el mostrador de bollería para pagar la cuenta. Los sobres se encuentran metidos en unos recipientes con forma de flor que no se encontrarían en ningún otro lugar que no fuera una confitería-cafetería. Este tipo de locales tienen unas normas estéticas propias, con elementos sacados de una panadería de barrio o del salón de la abuela y con esa luz amarillenta que yo veo en todos ellos, aunque Maite Confiteria&Brunch ha hecho un esfuerzo por actualizar su estilo y adoptar un toque "industrial" que a mí me agrada, aunque por el camino haya perdido la tilde de "confitería". La modernización, por supuesto, se paga: nuestro desayuno tiene el absurdo precio de 5,29€.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 7 PRECIO 2,64€