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23 de marzo de 2014

Magia del Pan. Elche, 14 de marzo de 2014.

Este viernes G y yo habíamos planeado desayunar juntos en Magia del Pan, pero nuestros draconianos horarios laborales nos han obligado a transformar el desayuno sincrónico en uno consecutivo, esto es, iremos al mismo lugar y nos sentaremos en la misma mesa, aunque yo a una hora y él a otra posterior.
Magia del Pan ha abierto en Elche hace apenas un mes. Sus dueños, a quienes no agrada utilizar artículos, son italianos según los rumores que han llegado a mi oídos y suponen un nuevo competidor en el barrio para Panador (adonde nunca regresaré si puedo evitarlo), el Horno Carmen y la cafetería Iniciales, bastante feúcha, todos ellos productores de su propia bollería.
A:
Magia del Pan ha tenido un éxito fulminante en la vecindad. Cuando llego a eso de las 10 están todas las mesas ocupadas a excepción de una, en la que me siento inmediatamente. Es una mesa mala y buena a la vez: mala, porque está junto a la puerta, que permanece abierta y me hace pasar algo de frío, pero que no me atrevo a cerrar por si altero la atmósfera panaderil y las levaduras enloquecen; buena, porque al otro lado tengo una mesa inmensa y enharinada, separada de mí por un cristal, donde el maestro panadero da los últimos retoques a los bollos que introducirá de un momento a otro en el horno. Así es mi posición, heladora pero entretenida.
La decoración es del estilo "campiña francesa", similar a la decoración floral de la boda de M, con estantes envejecidos de madera donde reposan los panes diversos, cestas de mimbre, balanzas y platos antiguos con magdalenas y cruasanes. Las camareras y la clientela rompemos ligeramente el encanto del lugar. A mí me atiende una señora muy amable aunque estresada. Pido café con leche, con sacarina por favor, y media con tomate. Pregunto si hay algún pan especial para la tostada y me ofrece pan de cereales, cosa que plugo a mi ánimo. La espera me permite observar algunas cosas: la clientela es en su totalidad femenina hasta que la llegada de un matrimonio heterosexual introduce el único cromosoma XY que hay en Magia del Pan si exceptuamos el del maestro panadero, que sigue a mi vera con sus bandejas y sus bollos; sobre la mesa, un panfleto oferta café+tarta de cerezas por 1'50€ y, gustándome mucho la tarta en cualquiera de sus variedades (menos la de merengue nupcial), prefiero con mucho una tostada a la hora de desayunar; la sacarina que es depositada en mi mesa minutos antes del café, alteración del orden cronológico en que debe servirse el desayuno, no es una dosis individual, sino el bote infinito de Mercadona. Hoy tendré que endulzar mi café con ciclamato.
Finalmente, me llegan el café y la tostada. El primero está aceptable, pero la segunda me resulta deliciosa. ¡Por fin una tostada de calidad en una cafetería! ¿Por qué nos engañan las panaderías-cafeterías al vender un buen pan para llevar, pero tostar un mal pan para comer in situ? ¿Tantos beneficios se obtienen de una pésima tostada? El pan de ésta era sabroso y consistente, aunque la cantidad de tomate era escasa para mi gusto voraz.
Mientras terminaba de comer, una mujer se asoma (recuérdese que estoy sentada junto a la puerta abierta) y olisquea con curiosidad el interior. Cuando nota que la estoy mirando, me dice: "¡Aquí huele a horno!", y procede a compartir conmigo la historia de su pasado. Según sus palabras, fue propietaria años atrás de lo que ella, muy pleonástica, llamó "horno-horno". El olor de Magia del Pan la había retrotraído a esa época (te ahorraré, lector, la alusión literaria) y yo ensalcé, como apoyo a su proceso de remembranza, las virtudes de la tostada que acababa de disfrutar. Cuando ya pensaba que iba a sentarse a mi mesa para continuar con su relato, pareció volver al tiempo presente y se despidió de mí no sin prometer volver para probar el pan.

G:
Son las 11:30 cuando por fin consigo escabullirme del trabajo con la noble intención de engullir alimentos. El lugar escogido para el desayuno acompañado en diferido por Ana es Magia del Pan. El nombre elegido para la panadería-cafetería me parece espantoso; obviamente la supresión del artículo junto a la intención de darle al conjunto un cierto aire new age me hace recelar. Hay una tendencia en muchos sitios a vender los productos, siempre sobrepreciados, utilizando la táctica de hacernos recordar los “inolvidables” sabores de la infancia: pan como el de la niñez, guisos como los de la abuela, que si los yogures Yoplait… cuando es la misma mierda de siempre, no es mejor ni peor; solo son recuerdos endulzados por el tiempo.
Desde la oficina, solo tengo que cruzar Pedro Juan Perpiñán para llegar al lugar. Están casi todas las mesas libres, paso de sentarme junto al holograma de Ana y elijo un mesa más acorde para mi función de desayunante voyeur. Hay un matrimonio guiri muy escandaloso, que me cae mal inmediatamente al observar que no hablan una palabra de español. Tengo un sentimiento de odio, que no me avergüenza, a todas estos guiris que se instalan en urbanizaciones digamos en Los Montesinos y que viven aquí años y años sin aprender ni papa del idioma. Como decía Shakespeare: “You are not worth another word, else I'd call you knave”.
Me recibe un no sé si camarero o panadero, lo que sí tengo seguro es que no es de Matola. Instalado en mi mesa, previa captura del Información que reposaba en el mostrador (también tienen el Marca, pero últimamente me da ardor),  acude una chica a la que le había pasado el testigo de mi atención el camarero o panadero del que nunca más supe.  Después de una breve presentación del lugar y de sus excelencias, pido una café con leche con sacarina y un hojaldre de jamón york y puerro.
Mientras espero, veo cómo limpia el baño una de las dependientas políglotas, algo digno de mención, ya que puedo dar fe de que algunos aseos del barrio parecen los de Trainspotting. El café con leche está bueno, no para llegar al delirio, pero me parece notable en un primer contacto. El hojaldre de puerro está delicioso, de tamaño ideal para el desayuno. Su sabor y su textura son de una perfección asombrosa. Acude una chica a preguntar mi opinión del desayuno y ofrecerme dos trozos de pan. El primero era un pan de verdura, que ni fu ni fa. El segundo, mucho más consistente, era exquisito, pero no he conseguido entender de qué estaba hecho cuando me lo loaba. No dudo en ensalzar otra vez, antes de pagar, las virtudes del hojaldre y prometo volver a probar la atrayente oferta de café más tarta de albaricoque por 1,50 €.

Lo único que no me convence del todo son las servilletas. Hay un problema común a casi todas las servilletas de aparente calidad, y es que luego no limpian bien. En esta ocasión eran unas elegantes servilletas negras de 4 capas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 9 CALIDAD 8 PRECIO 2,20€

11 de septiembre de 2013

Dríadas. Elche, 9 de septiembre de 2013

El día de hoy me tenía preparadas, ya al amanecer, dos modificaciones de los hábitos desayuno-alimenticios adquiridos durante el verano: no he desayunado en Murcia, sino en Elche, y no he desayunado con G, sino con P. Había previsto llevar a cabo tal tarea a las 9:30, pero P ha asegurado que de ninguna manera podría esperar hasta esa hora y que su vida corría peligro si no se alimentaba a las 8:15, de modo que me he visto obligada a modificar caritativamente mis planes adelantando la hora de desayuno en un gesto que, así lo creo, me honra. El lugar escogido ha sido un nuevo café-bar con el evocador nombre de Dríadas, que cuenta con una amplia terraza con vistas al Corte Inglés ilicitano y al que he acudido como cliente por vez primera. Debido a la temprana hora, la temperatura en el exterior era muy agradable, así que no hemos dudado en sentarnos fuera. Las sillas eran especialmente cómodas, pues el respaldo no era rígido, sino que estaba formado por un trenzado ligeramente flexible que recogía muy bien la espalda y sus posibles imperfecciones. Un camarero ha acudido presto para preguntar qué queríamos tomar. A pesar de que en la puerta del Dríadas indica que se trata de una cafetería-bollería-pastelería, ante nuestra pregunta sobre la oferta de bollería el semblante del camarero se ha ensombrecido al afirmar que sólo tenían croissants. He optado por el clásico: café con leche con sacarina, por favor, y media con tomate. En esta ocasión me he tomado la libertad de indicar "con pan recién hecho, a ser posible", pretendiendo hacer una broma con otro cartel de la fachada donde se leía que el pan del sitio tenía esa característica, broma que, lo confieso, no ha surtido efecto. Además, desde un punto de vista antropológico, no tiene sentido hacer tostadas con pan recién hecho: es un derroche de pan y una forma de vivir por encima de nuestras posibilidades. P, que no es bebedor de café, ha pedido otra media con tomate y un zumo de naranja.
Mientras los desayunos se elaboraban, he echado un vistazo al interior del local y me he topado con un mobiliario algo extravagante, dictado con toda probabilidad por la temática feérica dominante: en lugar de un tradicional San Pancracio con su moneda de 25 pesetas, en el estante que había junto a la cafetera podían verse unas figurillas de hadas o dríades o tal vez hamadríades (soy consciente de mi pedantería al afirmar que la transcripción correcta del término griego es "dríades" y no "dríadas"); bajo ese estante colgaban unas bolsas de tela de colores de cierto tamaño cuyo contenido no me ha sido revelado, pero que bien podían ser los recipientes de las distintas hierbas y raíces con las que la maga Morgana preparaba sus pócimas; justo enfrente de la barra, unas mesas se alineaban al lado de la pared con unas sillas intolerables, como puede comprobarse en la foto correspondiente; y como decoración, un cartel que P generosamente ha comparado con los de Toulouse-Lautrec.

El regreso al exterior y a la terraza me deparaba, por fortuna, un estupendo desayuno. Café bueno, sacarina sin necesidad de pedirla dos veces, tostada grande y consistente, quizá algo escasa de tomate. El zumo que ha bebido P era bastante abundante también y, al estar servido en un vaso alto, venía acompañado de una de esas cucharillas muy largas que sólo se ven en las heladerías. Teníamos bastantes cosas de que hablar, pero aún así hemos cogido el periódico para ojearlo porque estaba intacto, tan nuevo y tan poco arrugado y/o manchado que era una pena no toquetearlo un poco. No hemos pasado de las primeras páginas y lo único que recuerdo haber comentado es lo bonito que me resulta el logo de Tokio 2020. En un momento dado, nos hemos sentido llamados por nuestros quehaceres profesionales, así que hemos pedido la cuenta, que no nos ha parecido ni cara ni barata, y nos hemos marchado sin que ningún otro cliente, durante toda nuestra estancia, nos hiciera compañía en la terraza.

Actualización: Hoy miércoles he vuelto a desayunar en Dríadas, esta vez en soledad, y he sido invitada a la media con tomate porque es el "día del espectador". No puedo estar más a favor de medidas como ésta en el negocio de los desayunos. A partir de ahora, el miércoles será mi FreeToastDay.



PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 7 CALIDAD 8 PRECIO 2,10€

6 de septiembre de 2013

Valkiria. Elche, 6 de septiembre de 2013

Polo de Ana sobre sector V
Hoy en desayuneros viajeros, Elche. Y voy a desayunar, esta vez sin Ana, en la zona del sector V. Si alguna vez, querido lector, vienes por Elche, este barrio te lo puedes saltar sin ningún tipo de remordimiento, yo no puedo evitarlo ya que trabajo aquí, pero no me disgusta y además sus portales me proveen de esa lectura que tanto nos gusta a los funcionarios, los folletos del Media Markt. Hay una densidad de cafeterías que apabulla, de ellas he recorrido muchas, son siete los años pateando las aceras en mi media hora sagrada del desayuno (alabado sea Dios), y a otras iré próximamente. Normalmente voy a la misma durante un tiempo y luego ya no suelo volver. El momento de levantar para siempre el culo de la cafetería suele ser por pequeñas tonterías que me desesperan: puede ser que me hagan una broma en plan coleguita, o que alguien en la cafetería empiece alguna frase con “te comento…”, una de las cosas que más odio en el mundo, o que ya no estén los camareros que me gustan, o que coincida con la desagradable compañía de algún “compañero” de trabajo. En fin, cualquier gilipollez por el estilo.

Este último par de meses he estado desayunando en Valkiria. No sé a quién se le habrá ocurrido este nombre tan horrible, perfecto para cualquier treinteañera desesperada buscando lío en los chats de los albores de Internet, pero desde luego no me cuadra nada con el sitio, que no es del todo nuevo para mí, ya que también venía aquí hace algunos años cuando se hacía llamar Boston. Es una cafetería con una terraza agradable y con un interior anodino, con mobiliario de chiringuito y con camareros anodinos y de chiringuito. Hoy he decidido que ya estoy harto del lugar y no voy a volver más, la señal ha sido que ya me traen el desayuno sin tener que pedir, conforme ven aparecer mi careto a lo lejos, y eso me genera una sensación de familiaridad que no me gusta. Y también, que quiero entrar al sitio de enfrente, una triste cafetería llamada Yogurymas, en la que nunca hay nadie, sin sentirme incómodo. Hoy mientras desayunaba he visto que estaban poniendo una alarma antirrobo en el Yogurymas, acaban de perder la oportunidad de que entre alguien.

La clientela del Valkiria suele estar formada por madres, con o sin carricoche, que intercambian conversaciones entre mesas y con los camareros, normalmente a grito pelado. Por lo general me molestaría si estuviera leyendo el periódico, pero en este sitio no he conseguido nunca ver ninguno del día, siempre están atrasados. Así que mientras cruzan sobre mí conversaciones, me dedico a poner el dedo en modo limpiaparabrisas sobre el móvil.
Hoy compartía terraza por un lado con una madre con la cara de David Foster Wallace, cuando estaba todavía vivo, obviamente, y con su hija. La hija, una mezcla entre la madre y la cantante que se comió a la niña Pastori, llevaba un atuendo loco, no me atrevo a decir si preparado o no, coronado por una camiseta de Slayer, que realmente me parecía digno en su locura de aparecer en cualquier revista de Flipboard.
En otra mesa había un jubilado con un cigarrillo perenne en la comisura de los labios, supongo que apagado, y una bolsa con envases vacíos encima de la mesa, que prestaba atención a todo lo de su alrededor. Sin girar la cabeza, solo con leves movimientos de orejas.
También tenía a mi lado un grupo de cuatro. Dos niños extragrandes, con dos mujeres que supongo que serían sus madres, hablando de algo que les hacía mucha gracia y de los que solo pude percibir palabras sueltas: cuevas, charco, cuevas, zumba, yo os mato. Uno de los niños llevaba una camiseta del Elche, más falsa que las balas del Equipo A, con una gran mancha de algo parecido a granada. También se reían mucho del sonido que venía del primer piso encima de la cafetería, alguien estaba soplando la flauta de manera furibunda. Este Jack el Destripador de las semicorcheas no se dio a conocer.


Normalmente suelo tomar cortado con sacarina y media integral con tomate. El café de aquí ni fu ni fa, el pan con sabor a suela de zapato (he mordido uno para documentarme) y el aceite, contiene algo parecido a agua rebajada con aceite de colza.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 6 CALIDAD 3 PRECIO 1,80€