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22 de diciembre de 2013

La Espiga de Oro. Elche, 20 de diciembre de 2013.

Siguiendo una tradición que se remonta al año pasado, esta mañana ha tenido lugar el desayuno navideño de la Espiga, al que asiste un selecto grupo de invitados, del cual me precio de formar parte. La reunión se celebra temprano y ocupa las mesas adyacentes al belén que decora el local desde principios de diciembre. Esta Espiga es tan sólo una sucursal del emporio panadero-confitero que extiende sus ramas por toda Elche. A diferencia de las demás, ésta posee un amplio espacio con mesas para disfrutar del café y de la bollería in situ. Es una de mis sedes habituales de desayunos laborales, pese a ser el sitio más caro de la zona y tener un aspecto más bien feo: el suelo presenta una combinación de losas beige y marrón tristona, y los dos frigoríficos que contienen tartas y zumos no ayudan a animar el ambiente. La decoración navideña, consistente en tiras de espumillón colgando del techo, una selección de polvorones junto al frigo de las tartas y el mencionado belén, de proporciones considerables, empeora la situación. Y sin embargo, me encanta desayunar ahí, tanto en soledad como acompañada. Durante el curso pasado celebraba con P y C en esta Espiga los llamados Desayunos de los Martes y, durante el curso anterior, acudía con P los jueves como colofón a nuestra visita semanal al mercadillo de verdura que comenzaba justo enfrente de la Espiga, y nos tomábamos un café con las bolsas a nuestros pies rebosantes de naranjas y coliflores. En este curso los hados no nos han permitido coincidir con frecuencia, pero también es un lugar entretenido para desayunar a solas, pues el periódico suele estar disponible a primera hora y una puede concentrarse en la lectura porque no hay música ni radio sonando. Y si no apetece leer, la Espiga ofrece otra efectiva distracción: en una pantalla muda se muestra el proceso de elaboración de distintos productos, de la coca de verduras o la de molletes, de los almendrados, del roscón de reyes... Es sorprendente el grado de embeleso que pueden causar estas imágenes, capaces de acallar conversaciones interesantísimas.
Otro objeto que me resulta atractivo, aunque no puedo explicar por qué, es una vitrina, cerrada con llave, que contiene infinidad de muñequitos de plástico de seres de ficción, tales como las princesas Disney, Patricio y Bob Esponja, Úrsula la bruja del mar, Snoopy o los personajes de Cars. Nunca he visto que nadie abriera esa vitrina, nunca he visto a un niño interesarse por su contenido. Me recuerda a esas vitrinas de los museos arqueológicos con tal abundancia de figurillas votivas que es imposible fijar la vista en una sola.
El desayuno de esta mañana ha sido más abundante de alimentos y personas de lo habitual. He sido la única en pedir café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. Los restantes asistentes han preferido zumo de naranja natural o de piña artificial, y tostadas ya con queso fresco, ya con queso curado. Como complemento dulce a estos saludables desayunos, P suele acercarse al mostrador y escoger una bolsita con bollería del día anterior (así lo indica la etiqueta, en la Espiga no se engaña a nadie), que cuesta poco más de un euro y que incluye minicroissants, o mininapolitanas de choco, o bollitos de crema o, con más frecuencia, una mezcla de todos ellos. Cuando la ocasión lo requiere, sin embargo, tiramos la casa por la ventana y pedimos bollería del día. Esta vez hemos elegido una fogaseta rellena de chocolate, a pesar de los reparos de M, también presente y poco aficionada al chocolate por las mañanas. Yo tampoco colocaría la fogaseta en los primeros puestos de mi lista de dulces favoritos, pero el desayuno navideño exige la consumición ritual de algún bollo grandote y éste contaba con el apoyo de P y C. 
Las tostadas estaban muy ricas, como siempre, pues en la Espiga utilizan un pan muy consistente y no son tacaños a la hora de untarlo de tomate y aceite; el café es aceptable, y de la fogaseta sólo diré que acabamos rebañando el chocolate del plato con los trozos no chocolateados de la misma. Durante el proceso, íbamos saludando a los compañeros que pasaban por la puerta de la Espiga, que tiene paredes acristaladas, e incluso otro P y un A entraron a tomar café, cosa que afectó a la exclusividad del desayuno navideño y que procuraré evitar en próximas ediciones.
Llegada la hora de pagar, dividimos la cuenta a partes iguales y se me asignó la tarea de llevar el dinero a la máquina: en la Espiga son muy curiosos (destaca lo limpias que están las manos que amasan o forman roscos en los vídeos mudos que se proyectan sin descanso en las pantallas) y los trabajadores hace tiempo que no tocan el sucio dinero con sus manos, sino que te invitan a echarlo en una tragaperras o cash keeper ultramoderna que acepta billetes y devuelve cambio. Nos despedimos amablemente de la camarera, miramos todavía con algo de deseo los breztel y las palmeras de chocolate, y abandonamos la Espiga hasta el año que viene.



PUNTUACIÓN:
ENTORNO 4 SERVICIO 7 CALIDAD 9 PRECIO 3,30€

30 de septiembre de 2013

Lavazza. Murcia, 28 de septiembre de 2013.

En una ciudad como Murcia, con un El Corte Inglés (en adelante, ECI) de los de toda la vida, no se entendió muy bien que abrieran hace unos años otro centro, cerca de la autovía, un poco a desmano de todo, donde solo le viene bien a las hordas de alicantinos que nos invaden todos los 9 de octubre.
Tengo que decir que no me desagrada este mamotreto, incluso por la noche tiene su cierta gracia. Está lleno de pasillos y pasillos sin utilizar, que parece que iban a ir destinados a poblarlos de tiendas o locales de restauración donde sacarnos los cuartos, pero que no se sabe bien si por la crisis o por la cercanía del Thader y la Nueva Condomina, o por las dos cosas, se han quedado con la pared echada. Este centro comercial ECI El Tiro, así se llama, comparte con el de Elche los pocos clientes que pueblan sus pasillos y el no tener excesivo número de empleados, lo cual está bien siempre que no vayas decidido a comprar. Con los empleados del ECI he sufrido una transformación, en este lo noto menos ya que casi todos son de nueva hornada, y ya casi prefiero a sus empleadas con 40 años de profesión, con más laca que Margaret Thatcher, a los empleados hipsters de Jack&Jones o a los llenos de piercings de Pull; me gusta el empleado viejuno.
La cafetería que hay dentro de ECI es una mierda, sirven una café digno de Mordor, que no se entiende como luego tienen la cara de venderte todas esas máquinas de diseño tan bonitas para tomar café en casa. Cada vez que paso por delante me indigno y me entran ganas de entrar recortada en mano, imitando la escena gloriosa de El día de la bestia, donde se cargan a los reyes magos y siembran el caos entre los clientes de ECI de Callao. Me sobran los motivos, ya que el pastel de carne que venden en este sitio también es de juzgado de guardia. El tema es que aquí no se puede tomar café.
Ya he dicho que el centro está plagado de espacios vacíos, pero en el extremo de uno de esos pasillos, casi borgianos, hay un breve amago de iniciativa comercial. Así que, cuando venimos a desayunar a este lugar, vamos a la única cafetería que hay, además de la mencionada. Se llama Lavazza y está en una especie de rotonda, junto a los cines, donde casi nunca hay nadie y el mismo trabajador te vende la entrada y te la corta, un Wok que ya abrió cerrado, un kebab con un rulo (siempre el mismo) girando eternamente, y otro bar del que mi memoria no guarda recuerdo.
Los clientes habituales del Lavazza suelen ser empleados del lugar, o algún padre que se sienta allí a esperar a que su hijo se descalabre, ya que hay un miniparque infantil pegado a la cafetería. Esta vez cuando llegamos estábamos solos, que no es una mala cosa en este sitio donde siempre tardan un montón en preparar el café. Tienen la extraña costumbre de no empezar a hacer el café hasta que no esta totalmente atendido el cliente anterior, creando a veces unas tardanzas absurdas. Mientras esperábamos en la barra, ya que no tienen servicio de mesa, apareció un vendedor de cupones de la ONCE, que se dedicó en explicarle a la camarera de forma puntillosa todo su día de ayer y cómo consiguió averiguar los cupones vendidos a lo largo del mismo. Esbozó en una servilleta una increíble formula matemática, ante el asombro de los presentes, que consistía en restar al total de cupones que tenía en su poder al principio del día los que tenía al final, dando como resultado los vendidos. Cuando nos íbamos, llegó un padre acompañado de las niñas del resplandor, que ante la pregunta de qué iban a tomar respondieron a una sola voz: NAPOLITANA DE CREMA.
El café del lugar esta bastante bueno y la bollería del lugar tampoco está nada mal. El precio del desayuno es fijo y tienen variedad donde elegir. Ana pidió café con leche con un hojaldre de manzana y canela, que alabó varias veces, y yo pedí café con leche, con sacarina, y napolitana de chocolate, algo pansía (murcianismo al canto), pero comible.  
Muchacha esperando la próxima película de Nicolas Cage
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 7 CALIDAD 7 PRECIO 1,80€

24 de septiembre de 2013

La Repostería. Elche, 20 de septiembre de 2013


Este viernes los hados me han permitido alejarme de mi entorno habitual de desayunos y pasear hasta un lugar al que me apetecía mucho ir desde que un día, yendo a algún sitio ilicitano, vi a través de sus cristaleras a la camarera que, vestida de negro y parca en sonrisas, solía ponerme el café pre-clases en la escuela de idiomas de Elche. La Repostería tiene un aspecto fino y juvenil, y sentía curiosidad por ver cómo encajaba la seriedad de esta camarera en un ambiente algo más rococó que la utilitaria cafetería de la EOI. Pero han pasado meses desde que vislumbré a la chica tras el cristal y hoy, al entrar en la Repostería, no la he visto.

La cafetería hace picoesquina en un cruce de intenso tráfico humano, perruno y automovilístico, debido a que se encuentra en una zona céntrica de Elche. Tiene una hermosa terraza cubierta por un toldo de los caros y por un momento pensé en sentarme ahí, pero el sol estaba levantándose en esos momentos y el toldo nada podía hacer por proteger a los pocos clientes que soportaban estoicamente la luz y el calorcito mañanero. Preferí sentarme en el interior, así que entré y encontré que una barra/expositor-de-productos-apetitosos dividía el local en dos, lo que obliga al cliente a dirigirse al norte o al sur, pues el sol saliente queda a la espalada del visitante. Con la esperanza de aparentar naturalidad, me dirigí sin pensar a la primera mesita que vi libre, junto a la cristalera sur. Es agradable mirar a la gente pasar desde el interior de una cafetería. Una camarera ataviada con un largo delantal como de restaurante moderno y/o italiano acude en seguida, pero yo ya he hecho mis deberes y he observado con detalle la oferta de repostería, que es más abundante en su versión salada que dulce. Éste es uno de esos sitios donde se habla con voz bajita, de modo que, hablando abonico, pido un café con leche, con sacarina por favor, y una napolitana de crema. Mientras me lo traen ojeo el periódico que acaba de abandonar un vecino de mesa y me entero de las condiciones leoninas que la Conselleria d'Educació impone a los beneficiarios de las ayudas para libros. 
El disgusto se suaviza ligeramente cuando me traen el desayuno: no se han olvidado de la sacarina, el café viene servido en una taza con uno de esos mensajes positivos que tan de moda se han puesto últimamente y la napo, acompañada de cuchillo y tenedor, cosa que agradezco porque, para desilusión mía, está cubierta del glaseado pegamentoso y supongo que comestible con que se decoran cruasanes, napolitanas y similares en algunas confiterías, glaseado que se adhiere a los dedos y comisuras de la boca y resulta muy difícil de eliminar con una simple servilleta. Todo está muy rico. Miro el menú y descubro que varios dulces están aromatizados con vainilla de Tahití, que, como todos sabemos, no tiene parangón en el universo de la vainilla. El menú del día también me resulta apetecible y pienso que le propondré a G venir a comer aquí un día de éstos. La decoración me gusta: donde no hay cristal, las paredes están cubiertas de paneles de madera pintada de blanco con molduras algo versallescas; las lámparas tienen aires de candelabro, pero modernizados y en mi camino al aseo por el ala norte del local descubro una bancada acolchada de pseudo-piel blanca adosada a la cristalera. Esta estética, unida al hecho de que la clientela es muy semejante a mí, esto es, treintañeras con tiempo libre a las 9 de la mañana de un viernes, me hace pensar en la Maria Antonieta de Sofia Coppola. Un grupo de zíngaros sentados en la terraza aporta el toque multicultural y suaviza la cursilería de la vainilla de Tahití. Y para colmo, está cerca de donde trabaja mi amiga C, con la que ya he planeado un encuentro repostero próximamente.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 9 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 2,80€