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18 de diciembre de 2014

WillyCof. Elche, 3 de diciembre de 2014.

Esta mañana, en mi camino hacia la UMH, he hecho una parada desayunística a mitad de trayecto en WillyCof, una cafetería nueva que me llamó no hace mucho la atención en uno de mis paseos urbanos y que me apetecía probar. No negaré que el motivo de la atracción que ejerció sobre mí radica, por supuesto, en la alusión poco velada a los dibujos animados de mi infancia sobre el viajero leontomorfo y sus amigos también zoomorfos. Llegué a pensar que, al entrar en WillyCof, los lugares más exóticos del mundo mundial, que sólo un aventurero como Willy Fog se atrevería a recorrer, se dejarían notar en la oferta de tés o en la decoración, pero mis fantasías se topan con la vulgar realidad de un local en semipenumbra, con mobiliario de aires coloniales y los socorridos sacos falsos de café dejados de cualquier manera en los rincones, a lo que se suma un aparato de aire acondicionado marca Haier colgado del techo y de aspecto vetusto, probablemente herencia del local anterior.
Me siento en una mesita junto a la pared y, mientras estudio un cartel donde se ofertan hasta 8 tipos distintos de capuccino, cuando yo siempre he creído que los capuccinos son ora con nata, ora sin nata, pero nada más, a los pocos segundos se acerca una camarera cuya excesiva delgadez no puedo dejar de notar. Pido, como es habitual, café con leche, con sacarina por favor, y media tostada integral con tomate. Quedo a la espera de lo demandado y busco con la mirada el periódico del día, que es una de las principales razones por las que alguien desayuna a solas en un bar. Lo encuentro en poder de un señor que lo hojea en la barra con medio peso corporal apoyado en un taburete y otro medio sobre su pierna. Deduzco por su posición que va a irse en breve y acierto: me levanto rauda para hacerme con el Información y me dispongo a enterarme de los últimos conflictos de la política local de Elche.
El desayuno llega a mi mesa: café, platito con tostada, convenientemente tomatada y aceitada, y salero. Tengo que distribuir todos los elementos que hay sobre la mesa para poder comer, leer y coger servilletas, si es menester, con comodidad. Ya de entrada encuentro la tostada pequeña, pero intento no juzgarla por su aspecto y probarla para poder opinar. A pesar de que en ocasiones es un error pedir pan integral porque es de peor calidad que el pan normal, ésta está buena, con una cantidad más que aceptable de tomate, pero descubro que mi prejuicio era acertado y que me resulta algo insuficiente. Al café le ocurre más o menos lo mismo. No me agrada la hipocresía de los bares que, simulando por su decoración que traen el café poco menos que de Colombia sin intermediarios, sirven en la práctica una cosa que ni fú ni fá.
Mi elemento favorito de la mesa es el servilletero, cortesía de Cafés Delta, una variante que no había visto nunca antes, de material plástico y forma irregular, que encajaría bien en el gabinete del Doctor Caligari, a medio camino entre el expresionismo alemán y el arte ibérico. Esto último enlaza con la presencia de la Dama de Elche, requisito decorativo sine qua non en la hostelería y restauración ilicitana, en un gran mural al fondo del local, donde se aprecian, junto a ella, dos rostros anónimos, como queriendo expresar que los mortales pasamos, pero que la Dama permanece.
En la mesa contigua a la mía, dos señoras parlotean, al tiempo que disfrutan, me imagino, de un desayuno post-análisis, dado que WillyCof está frente al Centro de Salud de San Fermín. Sentado a su mesa, un hombre mayor hace una lectura concentrada y silente del Marca. En un momento dado, sale de su ensimismamiento y, sin mediar palabra con sus acompañantes, se acerca a la barra para pedir la cuenta e iniciar una conversación frívola con el camarero, que le presta poca atención. En el ínterin, entra Dori, pues así la saludan tanto las mujeres parlanchinas como la pareja de camareros. Ella responde a la calurosa bienvenida con tono resignado: "aquí estoy, otro día más".
Temerosa de quedar atrapada en este ambiente enfermizo, me aproximo yo también a la barra y pido mi cuenta: 2'50€. Me parece carísimo teniendo en cuenta que no es un sitio chic, aunque lo intente, y que el desayuno ha consistido en una tostada pequeña y un café pasable en una taza agrietada. Porque, como muestra la imagen, la taza presentaba lo que en principio creí que era, oh horror, un pelo, si bien una exploración posterior digital y cucharil me demostró que era una grieta, lo cual disminuyó el horror, pero no lo eliminó del todo. Mi conclusión es que me cobraron de más por no ser cliente VIP como Dori o porque tienen esos precios inflados para aprovecharse de los desdichados que van en ayunas al centro de salud y que salen dispuestos a pagar lo que les pidan en el primer bar que encuentren. En cualquier caso, es mal.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 6 CALIDAD 4 PRECIO 2'50€

30 de noviembre de 2014

Il Baretto. Murcia, 15 de noviembre de 2014.

Procrastinando uno de estos días en el abismo insondable de la red, encontré algunos blog murcianos que se dedican al noble arte de alabar y repartir un poco de estopa, sin pasarse, a los lugares que abundan en la ciudad dedicados a facilitarnos esa actividad que nos gusta tanto, que es la de zampar como si no hubiera mañana.
Sospechando como hay que sospechar de este tipo de blogs, no se puede uno fiar de alguien que pierde su tiempo en escribir este tipo de futilidades (debe de haber algún circulo de Dante dedicado a acoger a estas personas, solo superados por los que cuelgan en Instagram la fotito del desayuno), en varios de ellos leí reseñas alabando el café de una bar italiano en el murciano Barrio de San Antón. Tomé nota mental y lo dejé ahí aparcado en un hueco del cerebro, al lado de “los pulpos tienen 3 corazones” y este tipo de trivialidades que te sirven para quedar como un listillo.
Amanece lluvioso, lo cual siempre anima, por lo menos si eres de Murcia. Así que como estoy un poco harto del pan de pipas de calabaza del Mercadona, le propongo a Ana que vayamos al sitio previamente guardado en el rinconcito de los sitios por visitar, con la promesa por mi parte de volvernos al terminar el desayuno y no enredarla en algún plan perverso para perder la mañana sin dedicarle ni un minuto al de Queronea.
El barrio de San Anton no es mi sitio favorito de la ciudad ni mucho menos, es el típico lugar en el que siempre pienso que no me gustaría vivir, pero allá vamos. Aparcamos en la puerta de la Escuela de Idiomas y cruzamos esa rotonda espantosa que han plantado para facilitar el acceso-salida de la ciudad. Enseguida encontramos la cafetería en una placita frente a una librería-papeleria-mercería (supéralo si puedes). Me sorprende lo pequeño que es Il Baretto, no es lo que esperaba. Pillamos sitio en la terraza. Solamente tienen 3 mesas fuera. El interior, visto desde fuera, que podría ser acogedor, me resultó un tanto desaplacible.

Enseguida vino una camarera bastante simpática, que no parecía italiana, y seguro que no lo era. Nos explica la diferencia entre una tostada genovesa y una tostada napolitana y nos decidimos a pedir ambas, con la idea de compartir. Además de las tostadas, pedimos sendos cafés con leche, con sacarina por favor. La carta la tienen expuesta en las paredes del interior, así que no puedo decir lo que ofrecen, ya que no puse un pie dentro. Ana fue la enviada especial a la barra y comentó que tienen variedad en especialidades italianas de café y en acompañamientos también típicos italianos.
Melchiorre, el maestro cafetero, una especie de Albano, es el que está detrás de la barra preparando con entusiasmo el producto para la clientela. Lo veo actuar a través de la ventana que da al exterior y se utiliza para recoger los pedidos, ya que como bien avisa un cartel, no sirven en las mesas. A una voz con acento italiano acudo a la ventana a recoger nuestro desayuno.
A los cafés con leche les pongo la sacarina de un bote que tienen a mano para tal menester. La tostada genovesa viene con panceta, salsa pesto y aceite; con sabor bastante peculiar, es diferente a los que estamos acostumbrados a echar sobre el pan y me resultó placentero. La napolitana consistía en salami de Milán con una base de tomate; estaba simplemente deliciosa. El café con leche, café italiano Blackzi 100% arábica, estaba bueno, pero tampoco difería en mucho de otros tantos que te puedes encontrar en cualquier sitio que se preocupen un poco por servir algo decente. Sí que es verdad que un café con leche es algo sin mucho misterio, tendremos que volver otro día a probar alguna de las especialidades que tanto alaban de este lugar.

Como estaba empezando a chispear, recogimos los bártulos. Ana le pidió un vaso de agua a Albano, que le pasó una garrafita de agua para que se sirviera ella misma, y nos fuimos hacia el aparcamiento, cumpliendo la promesa de volver a casa.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 4 SERVICIO 5 CALIDAD 7 PRECIO 2,80€

4 de noviembre de 2014

Sanpas. Madrid, 20 de septiembre de 2014

Como, en general, nos gusta más para desayunar el barrio que el centro ciudad, esta mañana en Madrid decidimos quedarnos en Sanpas en lugar de ir a La Central o algún otro sitio similar, porque nos ahorramos la pose intelectual y, además, podemos detenernos a contemplar la Casa-Loncha, una de las construcciones más divertidas que conozco.
¿Habitarán lonchas de personas la Casa-Loncha?
A no ser que estemos bajo los efectos de una ola de calor africano, el desayuno en Madrid consiste en churros con café. Y con esa idea entramos en Sanpas. No sé si será una cafetería frecuentada durante los días de diario. Nuestras visitas suelen producirse en fines de semana o festivos y lo cierto es que la clientela no abunda. Al entrar uno ha de decidir si se acoda en la barra o si pasa a un saloncito separado con biombos de la zona de bar con mesas y con televisor propio. Nosotros optamos por lo primero y, tras rechazar la idea de sentarnos en taburetes, aguardamos de pie y con la mirada fija en el camarero a que se acerque para preguntar qué queremos tomar. A pesar de que lo miramos con la insistencia de los niños de El pueblo de los malditos, pasa bastante de nosotros y sólo al cabo de un rato toma nota mental de nuestra solicitud de desayuno: café con leche, con sacarina por favor, y churros.
Mientras esperamos, ojeo con curiosidad la carta de tapas, raciones y bocadillos. La oferta es rica, no puede negarse, y el menú plastificado está iluminado todo alrededor con fotografías coloridas y bastante bien hechas de lonchas de jamón, sandwiches y raciones de calamares. Todo el texto es bilingüe. Los palillos, por otro lado, situados en un bote junto al servilletero, no son torneados sino planos, algo que un sitio con menú en inglés y a todo color no debería permitirse.
Recibimos nuestro café y tres sobres de sacarina para repartir. Esto es, tocamos a sobre y medio de sacarina granulada per capita. Usamos solamente dos y guardo el tercero en el bolso para eventuales emergencias glucósicas. Junto a los cafés obtenemos dos raciones de churros fríos, según costumbre local.
El café, más grande de lo normal, está bueno y muy caliente. En cuanto a los churros, los como con gusto porque soy fan del producto, pero resultan fáciles de olvidar, por usar un eufemismo.
Churros apilados desde su fritura
Dado que G y yo no mantenemos una conversación absorbente esa mañana, me dedico a observar a una camarera, que, encaramada en lo alto de una escalera detrás de la barra, limpia los espejos que recubren la pared. Me parece tarea tediosa y agotadora de brazos, pues debe mover cada uno de los vasos, copas y botellas que se apilan en los estantes de la pared espejada para poder limpiar. No obstante, la realiza con buen ánimo e incluso bromea con un cliente joven que entra a pedir bocadillos take away acerca de un supuesto pasado como gogó en una discoteca. Por su parte, el camarero que nos ha atendido dispone innúmeros platillos sobre un expositor y coloca sobre ellos sobres de azúcar y cucharillas, creando sonidos melodiosos. No creo que haya necesidad de tener preparados tantos platillos, pues la clientela, como se ha indicado antes, brilla a estas horas por su ausencia. Más bien es de esos camareros que no puede parar quieto. Apenas dejo la carta abierta junto a mí sobre la barra y aparto de ella mi mirada, viene corriendo a doblarla y a colocarla en su sitio de nuevo, vertical entre el expositor y el dispensador de servilletas. Luego, sólo por fastidiar, vuelvo a cogerla y a dejarla sobre la barra. Porque tiene mucho azogue para colocar sus cositas del bar pero poco para preguntarnos qué queremos tomar.
Pedimos la cuenta y, como era de esperar, muestra un marcado desinterés. Prefiere atender a una familia que acaba de llegar y ante la cual acude raudo. ¿Nos despreciará acaso por nuestro origen sureño? Finalmente, se digna a decirnos que la cuenta suma 4,80€. Le alargamos un billete de 5€ y por supuesto que nos quedamos a esperar la vuelta. De todos modos, y aunque pueda parecer que la experiencia ha sido negativa, supongo que repetiremos en cuanto tengamos oportunidad en Sanpas: la Casa-Loncha merece la pena.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 3 CALIDAD 6 PRECIO 2,40€

11 de agosto de 2014

Museo Arqueológico Nacional. Atenas, 20 de julio de 2014.

!Qué hambre! Vamos a desayunar ya.

Desayunar en Grecia café y tostadas no es fácil. Podría pensarse que, siendo un país mediterráneo, conseguir un poco de pan tostado con aceite de oliva sería tarea sencilla, pero resulta más bien trabajo de Hércules. Sirva de ejemplo el desayuno del domingo 20 de julio en el Museo Arqueológico de Atenas.
Como buenos lectores de guías turísticas, donde invariablemente se recomienda madrugar para evitar calores y multitudes, nos presentamos en el lugar a las 8 en punto. No obstante, para nuestra sorpresa, no conseguimos ser los primeros del día: un grupo se nos había adelantado, ¡maldición! Contemplamos entristecidos la máscara de Agamenón durante unos momentos y en seguida decidimos que lo mejor para alegrar el ánimo era aplacar el hambre matutina en la cafetería.
La cafetería es por ahí. ¿Me subís un frappé?
Sin vergüenza ninguna preguntamos a un vigilante dónde estaba y, tras echarnos una mirada que significaba "son sólo las 8:10, no os habéis ganado el desayuno todavía", nos señaló unas escaleritas, que nos condujeron a un patio interior umbrío y fresquito, gracias a unos olivos que, supongo, ahí plantó el jardinero de Erecteo, por lo menos. Unas cuantas mesas modernillas se hallaban dispuestas en uno de los lados, mientras que los otros tres estaban ocupados con sarcófagos, mosaicos, relieves y otras cosas antiguas y auténticas. Esto es característico de museos con solera que están tan rebosantes de piezas que ya no saben dónde colocarlas y tienen que buscarles un hueco donde sea, en la cafetería o debajo de las escaleras o a los pies de las puertas para que no se cierren de golpe con la corriente. En este caso, los desayunantes podían beber su café contemplando un herma doble con las cabezas de Hermes y Apolo procedente del estadio panatenaico que habíamos visitado el día anterior y en el que Zeus nos lanzó un feroz ataque con rayos, truenos y relámpagos, un mosaico estupendo con cabeza primaveral en el centro, un lecito funerario y un sarcófago del s. II con motivos dionisíacos monísimos.
Ni G ni yo estábamos en disposición de observar todo esto al bajar a la cafetería, nos urgía pedir café y, tal vez, unas tostadas (era nuestro segundo día en Grecia, no habíamos perdido aún la esperanza). Pasamos al interior del café y descubrimos un espacio amplio, con mesas numerosas y grandes destinadas a ser compartidas, y con un total de cero clientes. En las paredes se exhibían obras de una tal Olga Chandeli, de estilo grecoso, pero nuestra atención se dirigió rápidamente a la barra, donde en un primer momento nos pareció que había abundancia de productos. Una mirada más atenta nos reveló que, de todo lo que se exhibía, poco se ajustaba a lo que G y yo consideramos "apto para desayuno": pasteles, tartas, cookies de las que se quedan pegadas en los empastes y en el paladar, bocatas amortajados en film transparente, hojaldres de relleno salado, tiropitas poco apetecibles, chocolatinas, todo esto es "no apto". Entre los aparatos que se veían dentro de la barra puedo enumerar cafetera, surtidor triple de granizados, batidoras para la elaboración de frappé, refrigerador con tartas, pero ninguna tostadora. El desayuno, por tanto, consistió en café con leche y croissant de choco de tamaño colosal para mí, capuccino y medio bocata york-queso para G, todo ello pedido en una mezcla de griego e inglés que se convirtió en mi lengua vehicular durante los días siguientes.
La camarera que nos atendió se mostró paciente ante nuestras cavilaciones, pues no fue fácil para nosotros componer el desayuno por la escasez de productos "aptos", pero tampoco estaba rebosante de alegría por atendernos, porque cuando nos acercamos a la barra ella estaba de charleta con otra camarera tomándose su café mañanero y bien sé que a nadie le gusta que le interrumpan la conversación aunque sea en horario de trabajo. Otras que también estaban muy entretenidas a esa hora de la mañana eran unas vigilantes que, por lo visto, no empezaban a vigilar hasta las 9 y que juntaron dos mesas para poder estar a gusto con sus cafés comprados en el bar y sus galletas traídas de casa. Todas ellas eran mujeres y, cuando un vigilante con aspecto de kouros fortachón se acercó a saludar, lo despidieron con una palmadita en el culo. Así se las gastan en el Museo Arqueológico Nacional.
Yo estaba tan contenta de estar ahí que apenas me importó que el desayuno costara 10 euracos y que, además, el café estuviera malo. Del croissant diré que se podía comer sin grandes esfuerzos, pero era de tamaño excesivo y hube de ceder un tercio a G. Éste calificó su capuccino de normal y, en cuanto a su mini-bocata, no le mereció la pena ni siquiera hacer un comentario. Nos consolaba, como digo, mirar el mosaico primaveral y saber que el relieve de Deméter, Core y Triptólemo nos esperaba en la planta de arriba. Una brisa repentina hizo que la cuenta echara a volar y acabara cayendo al suelo entre unos arbustos. G se levantó para recoger el papel, pero, en lugar de desplazar la silla en la que estaba sentado, prefirió empujar la mesa y derramó mi café con leche, desgracia de la que, en un alarde de cinismo sin precedentes, culpó a la ecología. Desde entonces, medio en broma, medio en serio, nos gusta considerarla responsable de muchos de nuestros males.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 5€

4 de mayo de 2014

Bodega Miguel Ángel. Sevilla, 25 de abril de 2014.

Hay una rotonda en la calle Kansas City que por motivos que ignoro no aparece en las guías turísticas de Sevilla, a pesar de tener interesantes monumentos de distinto tipo a su alrededor: al norte, la estación de Santa Justa, adonde se puede llegar en AVE (o a pie, desde la rotonda); al oeste, la Tesorería, donde bien podría trabajar G, y el hotel Ayre, de habitaciones ligeramente versallescas; al este, la Bodega Miguel Ángel, templo gastronómico y sede de apetitosos desayunos y cenas en las más recientes visitas familiares a la ciudad.
La Bodega Miguel Ángel es cool por su ubicación y su clientela. Tiene una terraza con numerosas mesas rodeada por un carril-bici cuyos usuarios circulan a gran velocidad, para peligro de los visitantes despistados que desean cruzarlo, como M y yo. Precisamente junto a la terraza está la parada de bicis Sevici, nombre poco agraciado, en mi opinión, para el servicio de alquiler de bicicletas del ayuntamiento.
Tras mirar a izquierda y derecha repetidas veces, M y yo atravesamos el carril-bici y recorremos los pocos metros que nos separan de la barra de la Bodega Miguel Ángel, en cuya fachada lateral se lee claramente "Churrería". Hemos ido bastante temprano porque nuestra agenda para ese día está a rebosar de actividades lúdico-consumistas-familiares, así que nada más entrar nos acomodamos en sendos taburetes y pedimos a un amable camarero no sevillano un café con leche, con sacarina por favor, un colacao y dos raciones de churros. 
Una vez oída nuestra petición, el camarero comunica a voz en grito a una compañera que se halla a unos centímetros de distancia nuestros deseos y se dispone a elaborar los churros. Y es que en un extremo de la barra se encuentra el equipo churrero completo: gran recipiente de aceite para freír, depósito de masa, campana extractora de humos, palos (calientes) de churrero y superficie agujereada para que escurran los churros, sobre la que reposan, por supuesto, las tijeras que cortarán la churro-espiral una vez liberado el aceite sobrante. A nuestra izquierda, mientras esperamos ansiosas el desayuno, un trío de americanas toma cafés con leche sin acompañamiento y sin retirar de sus espaldas sus mochilas de viajeras. Más allá, una azafata de Ferrovial pide café y tostadas. A la derecha, un señor que parece del barrio toma café solo. Las mesas que hay al fondo de la Bodega están ocupadas por personajes de procedencias diversas. Esta mezcolanza es obviamente fruto de la proximidad de la estación del AVE y, como dicepater meus, le da al lugar un aire a cafetería de aeropuerto, pero un aire ligero, pues ¿en qué cafetería de aeropuerto hay jamones colgando, milhojas de rabo de toro y parafernalia churrera?
Llega el café para M en vaso, cosa que le alegra, y otro vaso para mí con leche caliente y un sobre de colacao. Lo que me alegra a mí es que el colacao es original, no turbo. Aunque consumo la variante turbo en casa por comodidad, prefiero el sabor de la original, pero lamento siempre que la mitad del contenido del sobre individual que sirven en los bares se desperdicie porque la leche no puede admitir tanto colacao, es un hecho físico. La sacarina no viene con las bebidas, sino que los clientes la cogen de un cuenco que se ha dejado, algo inconscientemente, sobre la barra. M y yo cogemos la necesaria para el desayuno (para M, un sobre; para mí, ninguno) y, pasados unos minutos, echamos unos poquitos más al bolso siguiendo nuestra rácana costumbre, al tiempo que nos justificamos mutuamente esta acción de formas muy convincentes. Y, por fín, llega lo que estábamos esperando: sobre un plato ovalado de metal, media docena de churros recién hechos, entre los que se encuentra lo que yo llamo la porra, esto es, el churro que contiene el punto donde da comienzo la espiral churrera y que suele contar con un abultamiento de masa esponjoso que disfruto enormemente a pesar de los sentimientos de culpabilidad dietética que a veces siguen al desayuno. M vierte dos sobres de azúcar sobre los churros e inicia el festín. Ella afirma que están elaborados con alguna receta secreta y tal vez mágica que evita el empachamiento. Aunque en otros muchos bares la ración son cuatro churros per capita, aquí sólo son tres, pero más largos de lo habitual, de modo que una queda saciada al terminar. De hecho, nosotras los partimos por la mitad, obteniendo así doce medios churros. M me cede la porra y dejamos el plato limpio en pocos minutos.
Dado que, gracias al conjuro churril, no estamos nada empachadas, pagamos la cuenta, que asciende a 5'10€, y salimos a la calle dispuestas a coger un bus que nos lleve a la Plaza del Duque, pues la parada está a escasos metros de la Bodega Miguel Ángel, uno de los pocos bares del mundo a los que se puede llegar a pie, en bici, en coche, en bus y en AVE. PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 7 CALIDAD 8 PRECIO 2,55€

31 de marzo de 2014

Bar Miguel de Tentegorra. Cartagena, 23 de marzo de 2014.

S me recoge este domingo en Espartaco, como es habitual cuando quedamos para desayunar en Cartago, y me lleva a Tentegorra. Escoge este sitio porque es domingo y dónde vamos a ir si no. Mientras nos dirigimos allí contemplamos los arcenes repletos de caminantes y corredores vestidos de Decathlon y hablamos de la Cosmopista. Aparcamos junto a la entrada del parque, a escasos metros del Bar del Miguel, nombre por el que es conocido el establecimiento, que tan sólo dispone de un cartel anticuado donde se lee BAR. Se trata de una construcción destartalada ubicada en un bosque de pinos, con varias mesas desperdigadas entre los árboles y con bancos encadenados a ellas barnizados quién sabe cuántas veces. Pero, en general, mola. S estornuda de manera regular porque el polen le produce alergia, pero no me da pena, pues, sabiendo que sucedería, ha elegido voluntariamente este lugar no sólo para nuestro desayuno en común, sino también para un aperitivo posterior con otras personas.
Aquí no hay servicio de mesa en la "terraza", de modo que, antes de sentarnos, entramos al chiringuito a pedir dos cafés con leche, con sacarina para mí por favor, y dos tostadas con tomate. Barra de formica con refuerzos metálicos en los bordes, cajas de botellines de cerveza apiladas, fotos descoloridas, bolsicas de patatas fritas, décimos de lotería, clientes leyendo el Marca con las gafas de sol apoyadas en la frente y, dominándolo todo, un olor a michirones que haría las delicias de G e incluso las mías, si no fuera tan temprano.
Llegan los cafés con dos sobres de sacarina each. Uso uno y guardo los otros tres para cuando haya necesidad. Las tostadas tardan poco y el camarero, que tal vez sea Miguel, nos pide amablemente que las aliñemos en la barra para que la alcuza y el salero permanezcan bajo techo. Al contrario de lo que una podría esperar, la alcuza no está pringosa o, al menos, no tan pringosa como otras que he tenido que utilizar en sitios supuestamente cool. El salero es del modelo clásico, no rellenable, pero olvidé mirar la procedencia de la sal, cosa que siempre despierta mi interés. Miguel nos cobra 2'90€ por todo, el desayuno más barato de los que han quedado aquí registrados. 
Con el café en una mano, la tostada en la otra y los libros de Cortázar en la cabeza, salimos al aire libre y nos sentamos en una mesa coja. Impido durante un par de minutos que S empiece a desayunar mientras fotografío la parte trasera del BAR, que necesita un remodelado urgente para suavizar su aspecto de chabola, pero que seguramente nunca tendrá lugar. De vez en cuando, el viento nos trae el olor a michirones. El café sabe bien en este contexto boscoso, pero la tostada se ha quedado fría en el traslado. En mi caso, además, está algo escasa de sal, aunque no le presto mucha atención porque S me está hablando del señor que cierra la Torre Eiffel por las noches y de cómo piensa organizar sus próximos 4 años.
Antes de regresar a Espartaco, damos un rodeo por las casas de Tentegorra para ver la Cosmopista en su retiro de invierno. ¡Qué bonita es! Ojalá nos lleve pronto a sitios remotos donde podamos desayunar al amanecer y escuchar vinilos en tocadiscos a pilas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 1,45€

23 de marzo de 2014

Magia del Pan. Elche, 14 de marzo de 2014.

Este viernes G y yo habíamos planeado desayunar juntos en Magia del Pan, pero nuestros draconianos horarios laborales nos han obligado a transformar el desayuno sincrónico en uno consecutivo, esto es, iremos al mismo lugar y nos sentaremos en la misma mesa, aunque yo a una hora y él a otra posterior.
Magia del Pan ha abierto en Elche hace apenas un mes. Sus dueños, a quienes no agrada utilizar artículos, son italianos según los rumores que han llegado a mi oídos y suponen un nuevo competidor en el barrio para Panador (adonde nunca regresaré si puedo evitarlo), el Horno Carmen y la cafetería Iniciales, bastante feúcha, todos ellos productores de su propia bollería.
A:
Magia del Pan ha tenido un éxito fulminante en la vecindad. Cuando llego a eso de las 10 están todas las mesas ocupadas a excepción de una, en la que me siento inmediatamente. Es una mesa mala y buena a la vez: mala, porque está junto a la puerta, que permanece abierta y me hace pasar algo de frío, pero que no me atrevo a cerrar por si altero la atmósfera panaderil y las levaduras enloquecen; buena, porque al otro lado tengo una mesa inmensa y enharinada, separada de mí por un cristal, donde el maestro panadero da los últimos retoques a los bollos que introducirá de un momento a otro en el horno. Así es mi posición, heladora pero entretenida.
La decoración es del estilo "campiña francesa", similar a la decoración floral de la boda de M, con estantes envejecidos de madera donde reposan los panes diversos, cestas de mimbre, balanzas y platos antiguos con magdalenas y cruasanes. Las camareras y la clientela rompemos ligeramente el encanto del lugar. A mí me atiende una señora muy amable aunque estresada. Pido café con leche, con sacarina por favor, y media con tomate. Pregunto si hay algún pan especial para la tostada y me ofrece pan de cereales, cosa que plugo a mi ánimo. La espera me permite observar algunas cosas: la clientela es en su totalidad femenina hasta que la llegada de un matrimonio heterosexual introduce el único cromosoma XY que hay en Magia del Pan si exceptuamos el del maestro panadero, que sigue a mi vera con sus bandejas y sus bollos; sobre la mesa, un panfleto oferta café+tarta de cerezas por 1'50€ y, gustándome mucho la tarta en cualquiera de sus variedades (menos la de merengue nupcial), prefiero con mucho una tostada a la hora de desayunar; la sacarina que es depositada en mi mesa minutos antes del café, alteración del orden cronológico en que debe servirse el desayuno, no es una dosis individual, sino el bote infinito de Mercadona. Hoy tendré que endulzar mi café con ciclamato.
Finalmente, me llegan el café y la tostada. El primero está aceptable, pero la segunda me resulta deliciosa. ¡Por fin una tostada de calidad en una cafetería! ¿Por qué nos engañan las panaderías-cafeterías al vender un buen pan para llevar, pero tostar un mal pan para comer in situ? ¿Tantos beneficios se obtienen de una pésima tostada? El pan de ésta era sabroso y consistente, aunque la cantidad de tomate era escasa para mi gusto voraz.
Mientras terminaba de comer, una mujer se asoma (recuérdese que estoy sentada junto a la puerta abierta) y olisquea con curiosidad el interior. Cuando nota que la estoy mirando, me dice: "¡Aquí huele a horno!", y procede a compartir conmigo la historia de su pasado. Según sus palabras, fue propietaria años atrás de lo que ella, muy pleonástica, llamó "horno-horno". El olor de Magia del Pan la había retrotraído a esa época (te ahorraré, lector, la alusión literaria) y yo ensalcé, como apoyo a su proceso de remembranza, las virtudes de la tostada que acababa de disfrutar. Cuando ya pensaba que iba a sentarse a mi mesa para continuar con su relato, pareció volver al tiempo presente y se despidió de mí no sin prometer volver para probar el pan.

G:
Son las 11:30 cuando por fin consigo escabullirme del trabajo con la noble intención de engullir alimentos. El lugar escogido para el desayuno acompañado en diferido por Ana es Magia del Pan. El nombre elegido para la panadería-cafetería me parece espantoso; obviamente la supresión del artículo junto a la intención de darle al conjunto un cierto aire new age me hace recelar. Hay una tendencia en muchos sitios a vender los productos, siempre sobrepreciados, utilizando la táctica de hacernos recordar los “inolvidables” sabores de la infancia: pan como el de la niñez, guisos como los de la abuela, que si los yogures Yoplait… cuando es la misma mierda de siempre, no es mejor ni peor; solo son recuerdos endulzados por el tiempo.
Desde la oficina, solo tengo que cruzar Pedro Juan Perpiñán para llegar al lugar. Están casi todas las mesas libres, paso de sentarme junto al holograma de Ana y elijo un mesa más acorde para mi función de desayunante voyeur. Hay un matrimonio guiri muy escandaloso, que me cae mal inmediatamente al observar que no hablan una palabra de español. Tengo un sentimiento de odio, que no me avergüenza, a todas estos guiris que se instalan en urbanizaciones digamos en Los Montesinos y que viven aquí años y años sin aprender ni papa del idioma. Como decía Shakespeare: “You are not worth another word, else I'd call you knave”.
Me recibe un no sé si camarero o panadero, lo que sí tengo seguro es que no es de Matola. Instalado en mi mesa, previa captura del Información que reposaba en el mostrador (también tienen el Marca, pero últimamente me da ardor),  acude una chica a la que le había pasado el testigo de mi atención el camarero o panadero del que nunca más supe.  Después de una breve presentación del lugar y de sus excelencias, pido una café con leche con sacarina y un hojaldre de jamón york y puerro.
Mientras espero, veo cómo limpia el baño una de las dependientas políglotas, algo digno de mención, ya que puedo dar fe de que algunos aseos del barrio parecen los de Trainspotting. El café con leche está bueno, no para llegar al delirio, pero me parece notable en un primer contacto. El hojaldre de puerro está delicioso, de tamaño ideal para el desayuno. Su sabor y su textura son de una perfección asombrosa. Acude una chica a preguntar mi opinión del desayuno y ofrecerme dos trozos de pan. El primero era un pan de verdura, que ni fu ni fa. El segundo, mucho más consistente, era exquisito, pero no he conseguido entender de qué estaba hecho cuando me lo loaba. No dudo en ensalzar otra vez, antes de pagar, las virtudes del hojaldre y prometo volver a probar la atrayente oferta de café más tarta de albaricoque por 1,50 €.

Lo único que no me convence del todo son las servilletas. Hay un problema común a casi todas las servilletas de aparente calidad, y es que luego no limpian bien. En esta ocasión eran unas elegantes servilletas negras de 4 capas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 9 CALIDAD 8 PRECIO 2,20€

28 de febrero de 2014

El Togo. Murcia, 21 de febrero de 2014.

La conclusión feliz de un asunto burocrático que ha tardado casi tres años en resolverse resulta motivo más que suficiente para que decida celebrarlo con un desayuno en el Togo, local cercano a la Universidad situado en uno de los cruces más feos y sucios de toda Murcia, aunque a los clientes habituales poco nos importa.
El Togo permanece invariable en su aspecto desde que lo conocí. La puerta de entrada hace picoesquina y se abre hacia fuera, por mucho que me empeñe en empujar cada vez que voy. Tiene una barra en forma de U que encuentra su paralelo, elevado sobre nuestras cabezas, en un estante sobre el que reposan numerosas botellas de bebidas alcohólicas. Cuatro o cinco mesas de madera se alinean junto a las ventanas a un lado de la barra, el que yo frecuento. Ignoro cómo son las mesas al otro lado porque nunca me asomo ahí. La barra propiamente dicha también es acogedora, pero yo prefiero mesa+silla.
Como llego temprano, no hay más que un señor tomando café y leyendo el Marca. Lo recuerdo vagamente de mi etapa estudiantil, tal vez un conserje o un administrativo. Durante unos segundos le envidio porque tiene la posibilidad de venir aquí a diario a desayunar, si no le han recortado demasiado el sueldo. Y es que el Togo me gusta mucho. Tanto que tendré que luchar con mis prejuicios positivos a la hora de juzgar la consumición de hoy. Pero si lo mío es afición a este sitio, lo de mi amiga S es veneración. Siempre que viene a Murcia da por sentado que el lugar de encuentro será éste y finge sordera o pone cara de manifiesto desinterés cuando G propone alguna alternativa.
Esta mañana pido café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. Mientras espero que me lo sirvan, echo un vistazo a las fuentes de comida con que los camareros van llenando los expositores: la ensaladilla ocupa la cabecera de la barra como lugar de honor; a continuación, y en estricto orden jerárquico, el revuelto de verduras, los flamenquines y trigres sin freír, los pinchos de carne ya especiados pero sin planchar, los rulitos de calabación, los champiñones rellenos... G, S y yo nos declaramos seguidores incondicionales de las empanadillas con ensaladilla del Togo, en honor de las cuales organizamos un merecido homenaje tiempo ha por su papel fundamental en la dieta del estudiante murciano, y desarrollamos desde hace años una ardua labor de captación de consumidores entre nuestros amigos y familiares de fuera de la región. Contemplando estos manjares me hallo cuando una camarera que no me resulta conocida me trae el desayuno al tiempo que grita: "¿Ves qué rápidos somos?". Respondo discretamente que sí lo veo y me dispongo a comer.
El café viene con azúcar y sacarina. Está bueno, pero lo recordaba mejor. La tostada está servida en un plato desproporcionado, demasiado grande para los dos trozos de pan que constituyen la media tostada. Supongo que se debe a que aquí no hay platos específicos para el desayuno y utilizan los destinados a contener las raciones de zarangollo o de patatas con longaniza. Los agujeros del salero no están obstruidos, pero el recipiente del aceite no funciona adecuadamente: al inclinarlo sobre la tostada algún problema, tal vez la ausencia de una entrada de aire, impide que caiga el aceite y el desayunante se ve obligado a agitarlo para lograr un chorro intermitente. No diré que es molesto, pero sí que debe solucionarse para una mayor comodidad. En cuanto a la tostada, mi decepción es máxima al constatar que se ha quedado fría con todo el ajetreo del aceite y, aún peor, que tiene consistencia chiclosa. Diré al menos que el tomate tenía buen sabor. Togo, ¿por qué me haces esto? ¿Do quedan tus tostadas calentitas y aplanadas por el grill? En medio de estas lamentaciones se abre la puerta y se me muestra la respuesta a mis preguntas: una caja repleta de pan reciente recorre el local empujada por un ser humano y pasa antes mis narices disgustadas. ¡Mi tostada era de pan de ayer! Podría tolerarlo si fuera más temprano, pero a las 9:45 es inaceptable.
Aparto la mirada del pan y la dirijo al menú plastificado que hay sobre la mesa. En él se lee que el Togo ofrece todas las comidas que los nutricionistas recomiendan hacer al día: desayuno, aperitivo o almuerzo, comida, café o merienda y cena. Añade una sexta categoría que supongo eliminada de cualquier dieta saludable (si bien, después de Dukan, todo es posible): la categoría copas. Tal vez deba volver por la noche y darle otra oportunidad al Togo. S lo haría.




PUNTUACIÓN:

ENTORNO 5 SERVICIO 8 CALIDAD 4 PRECIO 1,80€

23 de febrero de 2014

Café&Té. Murcia, 15 de febrero de 2014.


Visto el malestar que causó entre algunos lectores mi humilde opinión sobre ese lugar tan querido por los murcianos como es La Plaza de las Flores y la pelotera que le han montado a Ana por uno de sus habituales "hirientes" comentarios (todos sabemos la mala leche que destila y lo ofensiva que puede llegar a ser) y ya que hoy vamos a otro lugar emblemático del panochismo, me limitaré a un comentario desteinado, para que nadie se pueda sentir ofendido, no es cuestión de tomar pesambre. Y dice:

Un dulce trinar nos despertó. La mañana se colaba por la ventana, la luz filtrada por la cortina creaba un ambiente relajante casi de bosque élfico. Después de abrazarnos incontables minutos mientras observábamos un cielo maravilloso poblado de nubes lenticulares, decidimos salir a disfrutar del extraordinario día que se nos ofrecía. Hoy no hay dudas, iremos a ese lugar  tan maravilloso que es la Plaza del Cardenal Belluga en pleno centro de Murcia.

Después de un agradable paseo en coche departiendo sobre política mundial e intercambiando opiniones sobre “Kritik der reinen Vernunft”, aparcamos, damos la habitual propina al dicharachero gorrilla, y trasladamos nuestro amor hasta el lugar elegido para el desayuno, a la vera de la catedral.




La iglesia y su plaza brillan y cualquiera de sus terrazas luce apetecible para degustar los alimentos. El ambiente en la plaza es espléndido, estamos rodeados de familias que van a misa, perros relucientes paseados por adolescentes saludables, algún que otro simpático loco que cabriolea entre las mesas y de algún que otro guiri atraído por nuestra bella ciudad. 
Nos decidimos por Café&Té. El servicio una maravilla. Un camarero con voz de contratenor nos da los buenos días y toma nota de el pedido mientras nos alaba la calidad del edificio Moneo. No puedo estar más de acuerdo.

Ana pide café con leche y media con mermelada y mantequilla. El pan recién hecho ha sido seccionado por una mano maestra, no cabe mayor precisión en el arte de cercenar chuscos. El café, digno de postrarse de rodillas mientras lo degustas, un sorbo te transporta a las montañas de Sumatra. Mi croissant, un éxtasis crujiente rebosante de esponjoso sabor a mantequilla, hace que cada bocado supere al anterior; una petit mort.

Lástima del puto perro de los cojones dando por culo alrededor de la mesa. Con ese jadeo interminable incrustándose en lo más profundo de mi cerebro, que me hace pensar en cometer un perricidio ante el palacio episcopal. El puto chucho se podía ir a la mesa de la inglesa de al lado con su jodida revista plastificada, con portada de One Direction, dándole vueltecicas. Honey, deja ya de escudriñar tu bonita compra, y ábrela de una puta vez, que me estas poniendo nervioso. O quizá el sabueso  podría morderle en la pantorrilla al camarero, para que se entere de que tiene que mirar a los clientes cuando les habla y no mirar al culo de las adolescentes, zapatos en mano, mientras me dice la cuenta.


En Fin. Un bonito día.


PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 2,30€

6 de febrero de 2014

Horno Carmen. Elche, 6 de febrero de 2014.

Una serie de sucesos se han producido esta mañana con consecuencias muy diversas y más o menos relevantes para la historia de la humanidad, tanto aquí en Elx como en el otro extremo del planeta. Por lo que a mí respecta, la consecuencia más palpable ha sido que me he encontrado con una hora libre a mitad de la mañana, lo que ha bastado para alegrarme el día. Dado que es muy de mi agrado pasear por el barrio, he aprovechado para realizar una caminata con dos paradas, a saber: compra de verduras en el mercadillo y desayuno en el recientemente inaugurado Horno Carmen.
Se trata de una panadería-cafetería sita en la calle donde G y yo morábamos hace unos años pagando un elevado alquiler, dicho sea de paso. Es una zona multikulti con mucho ajetreo matutino. En el rato en que he estado desayunando he visto pasar por la puerta acristalada del local a personas de nacionalidades muy diversas, abuelos desocupados y parlanchines, mujeres con su carrito rebosante de alcachofas, un par de alumnos huídos del instituto y hasta varias cajas de pollos desplumados transportadas por un señor a la carnicería de al lado.
El Horno Carmen procede de Santa Pola y ha llegado a Elx dispuesto a hacerle la competencia a mi adorada Espiga de Oro. Y debo decir que se trata de un gran competidor. Hay una abundancia y variedad de dulces hiperbólicas: croissants y magdalenas de tamaños e ingredientes diversos, con y sin relleno, donuts, rosquillas, berlinas, fartons, ensaimadas (normal y mini), empanadillas de calabaza y boniato, bretzels almendrados... Y eso sólo en la sección dulce, porque la salada, que constituye el 50% de la oferta, cuenta con panes que se multiplican como cosa milagrosa, napolitanas de york y queso, cocas variadas y hasta pasteles de carne. Algún día compraré uno para probar, aunque no tengo grandes esperanzas. Mi experiencia me obliga a precaverme de los pasteles de carne no fabricados en el municipio de Murcia. No obstante, llegado el caso, haré un juicio imparcial.
El local no es muy grande y prima la faceta de panadería sobre la de cafetería. De hecho, sólo cuenta con tres mesitas en un extremo que suelen estar ocupadas. Desde una de ellas veo la cafetera tras el mostrador pero poco más, no hay neveras para refrescos o zumos, al menos a la vista del cliente. El mobiliario es modernillo, así como la decoración: está bien iluminado, con lámparas de líneas sencillas, pero nada de tubos halógenos; en la pared junto a la que se alinean las tres mesas y en una columna tras el mostrador hay escritas nubes de tags con nombres de dulces y panes, ese recurso decorativo tan de moda últimamente. Este concepto se combina con elementos más tradicionales como el San Pancracio y su dedo alzado y los cupones de la ONCE colgando sobre la caja registradora.
Pido para desayunar un café con leche, con sacarina por favor, y un muffin de naranja. El café viene con su sacarina sin problemas, tal como se ve en la imagen, donde también se aprecia que las servilletas están muy mal colocadas en su dispensador. 
El muffin es sencillamente delicioso: jugoso, de tamaño adecuado para saciar el apetito mañanero, con pequeños trocitos de naranja confitada en su interior y cubierto por un papel naranja acorde con su contenido. A mi lado desayuna una familia feliz compuesta por papá, mamá, niña pequeña y peluche gigante de PepaPig que ocupa una silla como cada uno de los humanos que la rodeamos. Pronto se marchan los cuatro y me quedo a solas con los camareros/panaderos, que son tres y se reparten muy bien las tareas. Hay una chica que pone los cafés y atiende al público con diligencia y amabilidad moderada, es decir, justo lo que a mí me gusta. Al quedarnos solas tras la marcha de la familia me ofrece una bolsa de bollería del día anterior que está de oferta. ¿Habrán llegado a sus oídos las prácticas que C, P y yo llevábamos a cabo en la Espiga el año pasado? En cualquier caso, respondo muy digna que no la quiero y que me llevaré, cuando termine mi desayuno y mi observación del lugar y los hechos, bollería DEL DÍA para el fin de semana. El segundo empleado es un chico más bien joven que entra y sale de la trastienda sin otro cometido, me parece, que el de soltarle chascarrillos a las señoras que vienen a comprar el pan para lograr su fidelidad. El tercero, algo mayor, parece el jefe de la sucursal y habla con sus compañeros en ese valenciano de l'horta que yo nunca dominaré. Dado que yo no entro, por mi edad, en el grupo de señoras al que debe atender el empleado joven, es éste mayor el que decide darme conversación preguntándome si conozco los pasteles de carne, pues ha sentido curiosidad al verme hacer (yo creía que con disimulo) una foto. Tras explicarle que vivo en Murcia y que soy una de las mayores autoridades de la Región en ese producto, afirma con rotundidad que los de Horno Carmen están muy buenos. Ya veremos, ya...

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 2,25€

24 de enero de 2014

Felicidad Café. Murcia, 18 de enero de 2014.

Este domingo accedemos a Murcia por una entrada diferente a la habitual en nuestras expediciones desayuniles: entramos por el Rollo y aparcamos junto al Cuartel de Artillería. No son lugares que visitemos a menudo, aunque también hay cosas interesantes a este lado del río, como la consulta de mi oftalmólogo y la fuente bicántara de la Plaza de Camachos que sigue fascinando a niños y mayores. Por ser domingo y además lluvioso no hay muchos paseantes por la calle. Si bien tenemos claro nuestro objetivo, nos permitimos errar unos minutos por las plazas del Cuartel de Artillería y admirar lo bonico que es, con su depósito descascarillado y sus bancos decorados con azulejos. Para nuestra alegría, descubrimos que hay un bar en la planta baja de uno de los edificios y que está abierto tal día como hoy. De hecho, dos personas salen de su interior bajo nuestra atenta mirada con cafés to go, así que hay acuerdo unánime en que vendremos a probar y a observar.
El invitado incierto, llegó hace 17
días y por ahora no ha mostrado
 intención de querer marcharse.
Mi falta de experiencia en esta zona provoca que demos un amplio rodeo no deseado para llegar a Felicidad Café, rodeo que provoca en G un ligero nerviosismo, ya latente en su corazón desde que salimos de casa, pues hace un par de meses quisimos desayunar aquí y, al llegar, lo encontramos cerrado. Pero hoy la fortuna nos sonríe y tenemos todo el café a nuestra disposición, ya que tan sólo dos chicas mantienen en la barra una charla post-desayuno acerca de la prorrata de la paga extra, que se alarga hasta después de que nosotros nos vayamos y quién sabe si aún seguirán ahí condenadas por algún poder superior, enfadado por tan insustancial tema de debate, a seguir charlando per saecula saeculorum.
Al entrar en Felicidad Café uno recibe la bienvenida silenciosa de una sonriente cafetera antropomorfa pintada en la pared con un portátil en una mano y una taza de café, tal vez procedente de sí misma, en la otra. Me resulta simpática y se me ocurre que tal vez debería hacerme pintar algo así en casa, pero desecho rápidamente este pensamiento para concentrarme en la decoración y en la elección de mesa. El local está dividido en diversas zonas: a la izquierda, la barra con las dos muchachas parlantes; a la derecha, un espacio de mesas amplias donde se invita a practicar el coworking; en un cornijal, el punto vintage canónico, compuesto aquí por un sillón orejero junto a una estantería hecha de cajas de madera antiguas, que me recuerda al rincón setentero de la bilioteca regional (¡hazle una visita, lector!); a ambos lados de la feliz cafetera parietal, puertas cerradas y rotuladas como "Sala de reuniones", por lo visto también a disposición del cliente; finalmente, en el centro del local, media docena de mesitas con sillas dispares pintadas de blanco.
Escogemos una como sede para el desayuno de hoy y me doy cuenta de que, bajo el cristal que cubre el tablero, hay un hule plástico que, por causar incomodidad a los clientes cuando está desplegado, supongo, ha sido enrollado alrededor de las patas de la mesa con un resultado más bien feo y que me hace añorar las mesas camilla de mis abuelas, de mantel pesadote y bastante más cómodo y calentito que estos hules.
La carta, por otro lado, es bonita. El diseño es también viejuno y las ofertas de desayuno se multiplican en su interior. Además del clásico café+tostada/bollería/donut, con o sin zumo, existe la opción de tomar café+cuenco de yogur con fruta/cuenco de cereales con leche. En otro cornijal de Felicidad Café se alinean sobre un pequeño mostrador varios surtidores de cereales para que el cliente escoja el que más se le antoje. G, gran experto en cereales y, sobre todo, en la adecuada conservación de éstos en el hogar, se pregunta con qué frecuencia se renovará la oferta cerealística para evitar que el desayunante los encuentre pansíos.
Como tenemos mucha hambre, pedimos dos cafés con leche, con sacarina por favor, dos tostadas enteras con tomate y un solo zumo de naranja. Se nos atiende con presteza y, justo en el momento en que otra pareja de jóvenes entra en el lugar, llegan las comandas a la mesa. Si no recuerdo mal, sólo un café va acompañado de sacarina. El zumo recibe los elogios de G; yo no lo pruebo, así que me abstengo de opinar. El café, en cambio, no recibe elogio ninguno. Nos lo tomamos, sí, pero pasa por nuestro esófago sin pena ni gloria. Dado que las cafeteras actuales parecen todas tan buenas y tan italianas, pensamos que la indiferencia que nos produce este café con leche se deba a la necesidad de los camareros de mejorar sus habilidades como barista. En cuanto a la tostada, la encontramos abundante pero sin chicha. Y esto empieza a ser preocupante: puedo contar con los dedos de la mano las cafeterías donde he probado tostadas de pan no ya delicioso, sino simplemente bueno. ¡Basta ya de usar pan insípido para las tostadas!
A pesar de estos inconvenientes, el desayuno es agradable y la idea de probar la tarta de zanahoria puede atraernos nuevamente aquí en un futuro próximo, aunque si eso ocurre, probaré con un capuccino o alguna otra variedad adolescente de café. G que define el local como insípido, no creo que vuelva. La cuenta asciende a 5,50€.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 6 CALIDAD 6 PRECIO 2,75€