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Mostrando entradas con la etiqueta croissant. Mostrar todas las entradas
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12 de febrero de 2015

Italiana. Madrid, 3 de enero de 2015

Esta mañana hemos acordado antes de salir del hotel que desayunaremos en Italiana. Tardamos unos diez minutos en llegar y, a nuestro paso, tentadores locales nos ofrecen sus desayunos. No es infrecuente que nos desviemos del camino trazado y que acabemos entrando en un sitio no previsto, pero por alguna razón hoy nos mantenemos firmes en nuestra decisión y hacemos un raro esfuerzo de voluntad por llegar a Italiana en ayunas. ¡Cuán mejor nos habría ido si hubiéramos cedido y hubiéramos roto nuestra reciente promesa! Italiana, en principio, no está mal, pero el simple hecho de que no hubiera nadie al llegar, estando otros bares de alrededor ocupados al 50%, debió habernos hecho sospechar.

No negaré que es un local muy mono, con un gran ventanal y mesas más bien grandes y de buena calidad, nada de mobiliario tambaleante de Ikea. A la derecha hay una enorme estantería donde abundan las obras en italiano, aunque hay espacio para literatura en otros idiomas y obras poéticas en castellano. Hay también una mesa alargada y alta cuya finalidad será, supongo, servir de lugar de encuentro donde compartir charlas en italiano, capuccinos y experiencias vitales. No me lo invento, Italiana se presenta como epicentro del mondo e la cultura italiana en Madrid y, en un tablón junto a la entrada, se ofertan cursos, intercambios de idiomas, clases particulares y todos esos recursos para aprender un idioma que los cobardicas como yo creemos pueden llegar a sustituir la inmersión lingüísica en otro país.


Cuando entramos, divisamos al fondo del local la barra y el expositor de dulces y tartas y a la camarera charlando con un cliente junto a los estantes, en la sección infantil de la librería. Dado que no hay nadie más, pillamos la mesa junto a la ventana y nos sentimos libres de hacer todas las fotos que nos apetece. La camarera se siente libre también de no hacernos ni caso durante un buen rato, pero, de momento, la disculpo porque no tenemos ninguna prisa y curiosear entre los libros sin temor de que nos quiten la mesa es algo relajante. No obstante, pasado ya el cuarto de hora, comenzamos a murmurar. ¿Acaso no nos ha visto? ¿Esperará que nos acerquemos a la barra? Mientras debatimos estas cuestiones, entra un matrimonio mayor que llama a la camarera Rosa y saluda como clientes habituales. Rosa sigue de charleta con el cliente otros cinco minutos y no parece tener intención de interrumpir esta tarea hasta que la señora le dice con cierta aspereza: "Rosa, tráenos el café, que hoy tenemos muchos recados que hacer". Parece que la chica espabila y les lleva el café; a continuación, nos acerca la carta, por fin. En el apartado de cafés, se insiste en que el capuccino es preparado a la italiana, sin nata, sin chocolate, sin cacao y sin ninguno de esos aditivos de los que abominan los puristas del capuccino. Cuando leo esto no me doy cuenta, pero es el primer indicio del integrismo que caracteriza a Italiana.

G y yo pedimos sendos combos colazione: yo, latte machiato y dos croissants argentinos; G, capuccino y otros dos croissants de la misma nacionalidad. Cuando esto llega a la mesa, constatamos que es todo muy bonito y que combina a la perfección con la mesa de madera envejecida a la que nos sentamos. Hemos olvidado pedir sacarina por favor, así que recurrimos a terrones de azúcar moreno que hay que servirse con una pincita de bambú en un gesto un tanto cursi. Los platillos no son de la misma vajilla y algunos están ligeramente desportillados, según moda actual, a lo que hay que sumar la plantita en un tarro para decorar. Hoy en día, es imprescindible servir o colocar cosas en tarros: tés fríos, plantitas, limonadas, azúcar, lo que sea. Es así.

No conseguimos detectar la diferencia entre el latte y el capuccino, a excepción del hecho de que el primero viene en vaso y el segundo en taza. Los croissants están muy buenos de sabor, pero pecan de exceso de azúcar en la superficie y de pequeñez: yo no me comería dos, sino dos docenas para quedar saciada.

Niña traumatizada tras una mala
experiencia en Italiana. 
Antes de poner fin a nuestra estancia, voy al baño, que, a estas horas de la mañana, está muy limpio. No obstante, la luz no se termina de encender de manera continuada, sino que se activa intermitentemente, creando un ambiente como de película de D. Lynch que me perturba para el resto del día. Cuando regreso a la mesa, G me relata indignado una escena que acaba de presenciar y que le ha dejado boquiabierto por su crueldad: una madre acababa de entrar con su retoño y, al expresar éste su deseo de tomar un colacao, ha recibido la negativa de Rosa. No hay colacao en Italiana. ¡No hay colacao! Puedo entender que no echen nata al capuccino o que no tengan magdalenas envasadas individualmente marca Lorenzo, pero que no haya colacao me parece integrismo del café. Y no acaba ahí la película de terror vivida por ese niño: cuando el pobre cogió un libro del estante de literatura infantil para hojearlo en la mesa junto a su madre, como tal vez habría hecho en otras librerías-cafeterías a lo largo de su breve vida de lector, obtuvo una segunda negativa de Rosa. ¡Prohibido! ¡Verboten! ¡Nada de leer en la mesa!
Es ya hora de poner fin a nuestra estancia en Italiana. Al fin y al cabo, también tenemos muchos recados que hacer y, después de las escenas que hemos presenciado, las luces estroboscópicas del baño y las dudas que nos despierta el capuccino auténtico, necesitamos aire fresco con urgencia.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 3 CALIDAD 6 PRECIO 4€


11 de agosto de 2014

Museo Arqueológico Nacional. Atenas, 20 de julio de 2014.

!Qué hambre! Vamos a desayunar ya.

Desayunar en Grecia café y tostadas no es fácil. Podría pensarse que, siendo un país mediterráneo, conseguir un poco de pan tostado con aceite de oliva sería tarea sencilla, pero resulta más bien trabajo de Hércules. Sirva de ejemplo el desayuno del domingo 20 de julio en el Museo Arqueológico de Atenas.
Como buenos lectores de guías turísticas, donde invariablemente se recomienda madrugar para evitar calores y multitudes, nos presentamos en el lugar a las 8 en punto. No obstante, para nuestra sorpresa, no conseguimos ser los primeros del día: un grupo se nos había adelantado, ¡maldición! Contemplamos entristecidos la máscara de Agamenón durante unos momentos y en seguida decidimos que lo mejor para alegrar el ánimo era aplacar el hambre matutina en la cafetería.
La cafetería es por ahí. ¿Me subís un frappé?
Sin vergüenza ninguna preguntamos a un vigilante dónde estaba y, tras echarnos una mirada que significaba "son sólo las 8:10, no os habéis ganado el desayuno todavía", nos señaló unas escaleritas, que nos condujeron a un patio interior umbrío y fresquito, gracias a unos olivos que, supongo, ahí plantó el jardinero de Erecteo, por lo menos. Unas cuantas mesas modernillas se hallaban dispuestas en uno de los lados, mientras que los otros tres estaban ocupados con sarcófagos, mosaicos, relieves y otras cosas antiguas y auténticas. Esto es característico de museos con solera que están tan rebosantes de piezas que ya no saben dónde colocarlas y tienen que buscarles un hueco donde sea, en la cafetería o debajo de las escaleras o a los pies de las puertas para que no se cierren de golpe con la corriente. En este caso, los desayunantes podían beber su café contemplando un herma doble con las cabezas de Hermes y Apolo procedente del estadio panatenaico que habíamos visitado el día anterior y en el que Zeus nos lanzó un feroz ataque con rayos, truenos y relámpagos, un mosaico estupendo con cabeza primaveral en el centro, un lecito funerario y un sarcófago del s. II con motivos dionisíacos monísimos.
Ni G ni yo estábamos en disposición de observar todo esto al bajar a la cafetería, nos urgía pedir café y, tal vez, unas tostadas (era nuestro segundo día en Grecia, no habíamos perdido aún la esperanza). Pasamos al interior del café y descubrimos un espacio amplio, con mesas numerosas y grandes destinadas a ser compartidas, y con un total de cero clientes. En las paredes se exhibían obras de una tal Olga Chandeli, de estilo grecoso, pero nuestra atención se dirigió rápidamente a la barra, donde en un primer momento nos pareció que había abundancia de productos. Una mirada más atenta nos reveló que, de todo lo que se exhibía, poco se ajustaba a lo que G y yo consideramos "apto para desayuno": pasteles, tartas, cookies de las que se quedan pegadas en los empastes y en el paladar, bocatas amortajados en film transparente, hojaldres de relleno salado, tiropitas poco apetecibles, chocolatinas, todo esto es "no apto". Entre los aparatos que se veían dentro de la barra puedo enumerar cafetera, surtidor triple de granizados, batidoras para la elaboración de frappé, refrigerador con tartas, pero ninguna tostadora. El desayuno, por tanto, consistió en café con leche y croissant de choco de tamaño colosal para mí, capuccino y medio bocata york-queso para G, todo ello pedido en una mezcla de griego e inglés que se convirtió en mi lengua vehicular durante los días siguientes.
La camarera que nos atendió se mostró paciente ante nuestras cavilaciones, pues no fue fácil para nosotros componer el desayuno por la escasez de productos "aptos", pero tampoco estaba rebosante de alegría por atendernos, porque cuando nos acercamos a la barra ella estaba de charleta con otra camarera tomándose su café mañanero y bien sé que a nadie le gusta que le interrumpan la conversación aunque sea en horario de trabajo. Otras que también estaban muy entretenidas a esa hora de la mañana eran unas vigilantes que, por lo visto, no empezaban a vigilar hasta las 9 y que juntaron dos mesas para poder estar a gusto con sus cafés comprados en el bar y sus galletas traídas de casa. Todas ellas eran mujeres y, cuando un vigilante con aspecto de kouros fortachón se acercó a saludar, lo despidieron con una palmadita en el culo. Así se las gastan en el Museo Arqueológico Nacional.
Yo estaba tan contenta de estar ahí que apenas me importó que el desayuno costara 10 euracos y que, además, el café estuviera malo. Del croissant diré que se podía comer sin grandes esfuerzos, pero era de tamaño excesivo y hube de ceder un tercio a G. Éste calificó su capuccino de normal y, en cuanto a su mini-bocata, no le mereció la pena ni siquiera hacer un comentario. Nos consolaba, como digo, mirar el mosaico primaveral y saber que el relieve de Deméter, Core y Triptólemo nos esperaba en la planta de arriba. Una brisa repentina hizo que la cuenta echara a volar y acabara cayendo al suelo entre unos arbustos. G se levantó para recoger el papel, pero, en lugar de desplazar la silla en la que estaba sentado, prefirió empujar la mesa y derramó mi café con leche, desgracia de la que, en un alarde de cinismo sin precedentes, culpó a la ecología. Desde entonces, medio en broma, medio en serio, nos gusta considerarla responsable de muchos de nuestros males.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 5€

23 de febrero de 2014

Café&Té. Murcia, 15 de febrero de 2014.


Visto el malestar que causó entre algunos lectores mi humilde opinión sobre ese lugar tan querido por los murcianos como es La Plaza de las Flores y la pelotera que le han montado a Ana por uno de sus habituales "hirientes" comentarios (todos sabemos la mala leche que destila y lo ofensiva que puede llegar a ser) y ya que hoy vamos a otro lugar emblemático del panochismo, me limitaré a un comentario desteinado, para que nadie se pueda sentir ofendido, no es cuestión de tomar pesambre. Y dice:

Un dulce trinar nos despertó. La mañana se colaba por la ventana, la luz filtrada por la cortina creaba un ambiente relajante casi de bosque élfico. Después de abrazarnos incontables minutos mientras observábamos un cielo maravilloso poblado de nubes lenticulares, decidimos salir a disfrutar del extraordinario día que se nos ofrecía. Hoy no hay dudas, iremos a ese lugar  tan maravilloso que es la Plaza del Cardenal Belluga en pleno centro de Murcia.

Después de un agradable paseo en coche departiendo sobre política mundial e intercambiando opiniones sobre “Kritik der reinen Vernunft”, aparcamos, damos la habitual propina al dicharachero gorrilla, y trasladamos nuestro amor hasta el lugar elegido para el desayuno, a la vera de la catedral.




La iglesia y su plaza brillan y cualquiera de sus terrazas luce apetecible para degustar los alimentos. El ambiente en la plaza es espléndido, estamos rodeados de familias que van a misa, perros relucientes paseados por adolescentes saludables, algún que otro simpático loco que cabriolea entre las mesas y de algún que otro guiri atraído por nuestra bella ciudad. 
Nos decidimos por Café&Té. El servicio una maravilla. Un camarero con voz de contratenor nos da los buenos días y toma nota de el pedido mientras nos alaba la calidad del edificio Moneo. No puedo estar más de acuerdo.

Ana pide café con leche y media con mermelada y mantequilla. El pan recién hecho ha sido seccionado por una mano maestra, no cabe mayor precisión en el arte de cercenar chuscos. El café, digno de postrarse de rodillas mientras lo degustas, un sorbo te transporta a las montañas de Sumatra. Mi croissant, un éxtasis crujiente rebosante de esponjoso sabor a mantequilla, hace que cada bocado supere al anterior; una petit mort.

Lástima del puto perro de los cojones dando por culo alrededor de la mesa. Con ese jadeo interminable incrustándose en lo más profundo de mi cerebro, que me hace pensar en cometer un perricidio ante el palacio episcopal. El puto chucho se podía ir a la mesa de la inglesa de al lado con su jodida revista plastificada, con portada de One Direction, dándole vueltecicas. Honey, deja ya de escudriñar tu bonita compra, y ábrela de una puta vez, que me estas poniendo nervioso. O quizá el sabueso  podría morderle en la pantorrilla al camarero, para que se entere de que tiene que mirar a los clientes cuando les habla y no mirar al culo de las adolescentes, zapatos en mano, mientras me dice la cuenta.


En Fin. Un bonito día.


PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 2,30€

6 de enero de 2014

Cafetería del tren Altaria 223. Murcia-Madrid, 1 de enero de 2014.

A la hora en que todavía algunos no han pensado siquiera en tomar los típicos churros, mientras al Rey lo sacan en camilla de algún puticlub, mientras alguien vomita sin vergüenza en la puerta de la catedral de Murcia y mientras Chabelita le hace prometer al novio amor eterno, nos hemos levantado para coger un tren hacia la capital del reino.
No nos ha importado madrugar, ayer a las 12 ya estábamos en brazos de Morfeo. Mi último recuerdo del año es Kurt Cobain destrozando guitarra y amplificador en un concierto de diciembre del 93 que he visto montones de veces y que a algún programador de la MTV, recuperando la dignidad por un instante, se le ocurrió que valdría para despedir el año, bravo.
Nos recibe un día despejado, que según AEMET tornará lluvioso durante el viaje. De camino a la estación nos encontramos un jevi tirado todo él en la carretera de Alicante, no ha podido elegir lugar con menos encanto para dormir la mona; deberíamos cuidar estos detalles.
En nuestro vagón subimos 4 personas. Una mujer que según ha confesado era la primera vez que subía a un tren (sus preguntas daban fe de ello) y un señor que también se ha animado a preguntar, dado nuestro aplomo y seguridad al subir, si la locomotora iba hacia dónde esperaba; pues sí.
Mientras una voz indica la llegada a Hellín con un entusiasmo impropio, a no ser que seas fan de los caramelos de tanatatorio, se nos ha acercado lo que en principio confundimos con un borracho y acabó siendo el revisor, relatando a todo el que quisiera escuchar una historia cotidiana. Se queja de que su día había empezado con mal pie y que, por tanto, había quedado completamente gafado y  espera varios infortunios en las próximas horas. Ana, haciendo gala de su empatía, le ha tildado de supersticioso, algo que no ha terminado de convencer al ebrio revisor. 
Hemos esperado hasta Albacete para levantarnos a desayunar y hacerlo coincidir territorialmente con nuestra parada habitual en Pozoamargo camino de Madrid, con la esperanza de no encontrarnos con mucha aglomeración. 
El vagón cafetería asoma sin clientes, con la única presencia de un camarero con actitud de hastío. Hemos llegado con cierto entusiasmo que se ha despeñado totalmente al ver el pobre panorama de complementos al café que se nos presenta. Ana ha ido sobre seguro y pide un donut envasado individualmente, pero su hipótesis es que este envasado es peor para conservar las propiedades de la famosa rosquilla que el embalaje frecuentado en los bares. Yo he pedido croissant que hubiera hecho las delicias de Chaplin en La quimera del oro, pero que a mí me sabe a chancla de mercadillo. El aguate que nos han puesto al pedir el café tiene la cualidad de empeorar con la sacarina; algo digno de estudio.
Mientras debatimos sobre si esta baja calidad con la que nos ha recibido el año es circunstancial por las fechas o es habitual en RENFE, aparece un guiri preguntando algo sobre cómo llegar a Barajas y anima el tono de la conversación entre los trabajadores ferroviarios, dándole al buen hombre varias alternativas para su trasbordo. Y como no pintamos nada aquí, mejor nos vamos.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 5 CALIDAD 3 PRECIO 3,70 €

15 de diciembre de 2013

Il caffe di Roma. La Ñora, 14 de diciembre de 2013.

Es de todos conocido que en Murcia gusta eso de construir mucho, con rapidez y sin pararse a pensar si hace falta. Lo que sea: rotondas, puentes para el tranvía, aeropuertos, avenidas con tres carriles en cada sentido y aceras inmensas con farolas caras y carril-bici pero sin edificios ni peatones o coches que las recorran porque rara vez llevan a alguna parte, ni siquiera a Roma. De todas estas construcciones innecesarias rescato el centro comercial La Noria Outlet, llamado así porque se sitúa a dos acequias de La  Ñora. Existe en Murcia la moda de decorar con grandes norias las entradas de los centros comerciales. Sucede así en el CC Thader o en La Noria Outlet. Éste último, una vez cumplido su compromiso con la tradición local, presenta el aspecto de "un pueblecito español", como decía Kim Novak. Al entrar en La Noria Outlet, que está en medio de un erial, me acuerdo de los spaguetti western almerienses que nunca he visto: el CC consiste en una avenida principal formada por coloridos edificios de cartón-piedra cuyos bajos están ocupados por las tiendas de siempre. En uno de estos bajos se aloja la cafetería donde hemos desayunado hoy: Il caffe di Roma.
Es una cadena de cafés que yo creía absorbida por Café&Té o simplemente desaparecida. Aquí resiste un ejemplar cual aldea gala y no parece que le vaya mal, ya que no tiene apenas competencia. Diré ya que me gusta este sitio, tiene una grata terraza y no suele haber mucha gente. He tomado bastantes cocacolas aquí con mi hermana antes de buscar gangas en Bimba&Lola, y a los primos alemanes siempre los traemos porque aquí pueden pedir cafés latte espumosos como los que toman en su pueblo.
Hoy elegimos desayunar dentro. La decoración es la esperada: mesitas de pseudomármol, sillas de madera verde, a juego con los paneles que forran las paredes, sacos supuestamente llenos de café y carteles descriptivos de los combinados cafeteros que se ofrecen. Sobre la mesa hay infinidad de menús: de café, de almuerzos, de tartas para merendar, de batidos de fruta. Nos centramos en una tarjeta que ofrece ocho desayunos diferentes. Me planteo seriamente la posibilidad de pedir chocolate con churros, pero pienso en todos los dulces navideños que me quedan por comer y decido no innovar, así que opto por café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. G también pide café con leche, aunque se olvida de pedir la sacarina, y un croissant, combinación desayunística contemplada en el menú pertinente.
Con rapidez pasmosa nos sirven el desayuno: mi café viene con dos sobres de sacarina, que comparto con G porque soy muy educada, y mi tostada, poco tostada, viene con una cantidad algo escasa de tomate rallado. El pack aceitera-salero se halla ya sobre la mesa. El salero tiene los agujeritos muy limpios y la aceitera, que contiene un aceite poco sabroso, está pringosa sin resultar desagradable.
Todo va razonablemente bien hasta que nuestra atención se centra en el croissant de G. En lugar de servirle un croissant de los que se exhiben en la vitrina, de tamaño ordinario, le traen un croissancito de tamaño cucharilla de café y tienen la desfachatez de acompañarlo de cuchillo y tenedor. Qué burla es ésta, nos preguntamos mientras bebemos el café. Cuando nuestra indignación alcanza su cénit, entra en il caffe una trabajadora del CC que alguna vez nos ha saludado como conocidos, para nuestra sorpresa, en la tienda correspondiente [comentario editado a petición de un lector]. Nos acompaña en silencio también un señor que lee la prensa deportiva del día sentado de lado en su silla, lo que nos lleva a comparar nuestros métodos para simultanear el beber café y el leer el periódico cuando desayunamos solos.
Con el hambre matutina saciada sólo a medias, pagamos la cuenta y nos vamos a pasear por las calles falsas del CC.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 6 CALIDAD 4 PRECIO 2,00€

9 de octubre de 2013

M. Murcia, 6 de octubre 2013.

M es el vampiro de Düsseldorf. En Murcia no hay vampiros sensu stricto, pero sí hay una cafetería que se llama M, está en la plaza de Santo Domingo y es sede frecuente de nuestros desayunos de domingo. A ella llegamos el pasado fin de semana tras una breve pero angustiosa odisea que nos llevó a ese caos primigenio que constituyen las calles post-Segura que rodean el Pacoche. Buscando una nueva cafetería de la que nos habían llegado rumores, casi nos perdemos sin remisión, pero nuestra excelente orientación nos condujo de nuevo a caminos mil veces hollados. Y así, algo derrotados, nos dirigimos a M. Sea invierno o verano, nosotros nos sentamos en la terraza, que hasta mediodía no se vuelve enteramente dominguera, con familias de 5 miembros y niñas mellizas vestidas con la misma rebequita azul marino. A la hora de la merienda el ambiente es más bien viejuno, pero at breakfast time es variopinto. El pasado domingo compartíamos espacio con señores sesudos y solitarios que leían con mucha concentración el periódico, una tríada de alemanotas, una pareja de ciclistas que no recuerdo si llegaron a quitarse el casco para tomar el café y algún que otro matrimonio senior. 
A veces se autoinvitan otros seres, como palomas devoradoras de migas o músicos ambulantes de los de cabra y teclado incluido. El interior, que es algo angosto, cuenta con una larga barra y un expositor donde se exhiben tartas de aspecto apetecible, pero el darle a algunas nombre alemán me hace pensar que su precio estará inflado. Eso, unido a que no se come tarta para desayunar, por mucho que se empeñen en algunos hoteles, me ha hecho abstenerme de probarlas por el momento.
Los camareros son dos jóvenes muy serviciales. Uno de ellos tiene el dudoso honor de haberme preparado, así lo afirmó en su momento, su primer capuccino. Aunque lo alabé convenientemente, confieso ahora que los he probado mejores. No obstante, el café con leche suele estar muy bueno. Pedimos sendos cafés, con sacarina por favor, media con tomate para mí y un croissant para G, que protestó hasta la saciedad de la capa gelatinosa con que venía cubierto.
 
Tras unos instantes de vacilación, pedimos también un zumo de naranja de tamaño pequeño, tal como nos aconsejó el camarero, que, mirando por nuestro bolsillo, quería prepararnos un combo desayuno. Mi tostada estaba sólo pasable, porque en los bares se empeñan en comprar pan baratero y de mala calidad. Esta verdad irrefutable nos llevó a hablar de la entrevista que el Comidista ha hecho a Ibán Yarza, el nuevo gurú del pan (que no está nada mal, Ibán digo, aunque quizá no despierte en mí el interés que sí despierta Chico Bimbo, panadero de la Espiga de Oro del que hablaré otro día), en la que se denunciaba sin tapujos el timo de las nuevas panaderías gourmet y se vaticinaba el fin de la burbuja panadera. Mis disertaciones sobre el vacío del pan de mi tostada se encontraron con cierta indiferencia por parte de G, más ocupado en su iPhone y en vencer al "4en línea" al número 25 del mundo a este lado del muro. Tenía grandes esperanzas de conseguirlo, pero una jugada genial de su adversario se las arrebató en un momento. De modo que pidió la cuenta compungido y pagó los 5,40€ que le pidieron.


PUNTUACIÓN:

ENTORNO 7 SERVICIO 6 (G dice que 5) CALIDAD 6 PRECIO 2,70€

15 de agosto de 2013

Drexco. Murcia, 15 de agosto de 2013.

Como todos los años en estas fechas, hemos cumplido con la tradición sagrada en esta casa de salir a pasear de buena mañana por la ciudad. Caminar por Murcia un 15 de agosto es caminar por una ciudad semidesierta, poblada por ciudadanos extraños y por turistas despistados. Este año, con un poco más de ambiente, no sabemos si por cosas de esa palabra que le daba tirria a Zapatero, o porque la gente ha descubierto que es un coñazo estar todo el día con arena en los pies. Más de la mitad de los viandantes eran escandinavos que mapa en mano deambulaban haciendo fotos a cosas insospechadas. Supongo que esos nórdicos han venido buscando una tranquila y soleada zona del sur, huyendo de sus Sarah Lund y de sus paisajes desolados propicios para esas novelas negras con asesinatos tan terribles. No saben estos pollos que en esta tierra han pacido también personajes ilustres como el asesino de la katana, la parricida de Santomera, o Nanysex.
Ah, sí, lo del desayuno. Hoy hemos ido al Drexco, una cafetería de toda la vida, cuando digo toda la vida me refiero desde que el hombre inventó la rueda hasta ahora, situada en la calle Trapería. La cafetería es agradable, donde puedes pasar un rato tranquilo pensando en la inmortalidad de Camilo Sesto, sin que nadie te moleste y poblado de su fauna habitual: camareros que saben lo que hacen, sin resultar empachosos, abuelos con pensión por encima de la mínima y turistas sentados en la terraza enseñando sus calcetines a los paseantes.
Hemos pedido café con leche con sacarina, Ana con croissant plancha y yo con bizcocho casero, que han traído rápidamente, sin olvidar la sacarina. El café que hacen aquí me gusta bastante, el mismo café Salzillo que tienen en muchos otros sitios de Murcia, pero aquí, no sé si por la mano maestra o por la maquinaría disponible, mejora bastante. El bizcocho casero, de muy buena textura y sabor, aguantando bien un chapuzón en el café con leche, y el croissant de Ana, al parecer, también satisfactorio.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 2,80€