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Mostrando entradas con la etiqueta tostada con tomate. Mostrar todas las entradas
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31 de marzo de 2014

Bar Miguel de Tentegorra. Cartagena, 23 de marzo de 2014.

S me recoge este domingo en Espartaco, como es habitual cuando quedamos para desayunar en Cartago, y me lleva a Tentegorra. Escoge este sitio porque es domingo y dónde vamos a ir si no. Mientras nos dirigimos allí contemplamos los arcenes repletos de caminantes y corredores vestidos de Decathlon y hablamos de la Cosmopista. Aparcamos junto a la entrada del parque, a escasos metros del Bar del Miguel, nombre por el que es conocido el establecimiento, que tan sólo dispone de un cartel anticuado donde se lee BAR. Se trata de una construcción destartalada ubicada en un bosque de pinos, con varias mesas desperdigadas entre los árboles y con bancos encadenados a ellas barnizados quién sabe cuántas veces. Pero, en general, mola. S estornuda de manera regular porque el polen le produce alergia, pero no me da pena, pues, sabiendo que sucedería, ha elegido voluntariamente este lugar no sólo para nuestro desayuno en común, sino también para un aperitivo posterior con otras personas.
Aquí no hay servicio de mesa en la "terraza", de modo que, antes de sentarnos, entramos al chiringuito a pedir dos cafés con leche, con sacarina para mí por favor, y dos tostadas con tomate. Barra de formica con refuerzos metálicos en los bordes, cajas de botellines de cerveza apiladas, fotos descoloridas, bolsicas de patatas fritas, décimos de lotería, clientes leyendo el Marca con las gafas de sol apoyadas en la frente y, dominándolo todo, un olor a michirones que haría las delicias de G e incluso las mías, si no fuera tan temprano.
Llegan los cafés con dos sobres de sacarina each. Uso uno y guardo los otros tres para cuando haya necesidad. Las tostadas tardan poco y el camarero, que tal vez sea Miguel, nos pide amablemente que las aliñemos en la barra para que la alcuza y el salero permanezcan bajo techo. Al contrario de lo que una podría esperar, la alcuza no está pringosa o, al menos, no tan pringosa como otras que he tenido que utilizar en sitios supuestamente cool. El salero es del modelo clásico, no rellenable, pero olvidé mirar la procedencia de la sal, cosa que siempre despierta mi interés. Miguel nos cobra 2'90€ por todo, el desayuno más barato de los que han quedado aquí registrados. 
Con el café en una mano, la tostada en la otra y los libros de Cortázar en la cabeza, salimos al aire libre y nos sentamos en una mesa coja. Impido durante un par de minutos que S empiece a desayunar mientras fotografío la parte trasera del BAR, que necesita un remodelado urgente para suavizar su aspecto de chabola, pero que seguramente nunca tendrá lugar. De vez en cuando, el viento nos trae el olor a michirones. El café sabe bien en este contexto boscoso, pero la tostada se ha quedado fría en el traslado. En mi caso, además, está algo escasa de sal, aunque no le presto mucha atención porque S me está hablando del señor que cierra la Torre Eiffel por las noches y de cómo piensa organizar sus próximos 4 años.
Antes de regresar a Espartaco, damos un rodeo por las casas de Tentegorra para ver la Cosmopista en su retiro de invierno. ¡Qué bonita es! Ojalá nos lleve pronto a sitios remotos donde podamos desayunar al amanecer y escuchar vinilos en tocadiscos a pilas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 1,45€

23 de marzo de 2014

Magia del Pan. Elche, 14 de marzo de 2014.

Este viernes G y yo habíamos planeado desayunar juntos en Magia del Pan, pero nuestros draconianos horarios laborales nos han obligado a transformar el desayuno sincrónico en uno consecutivo, esto es, iremos al mismo lugar y nos sentaremos en la misma mesa, aunque yo a una hora y él a otra posterior.
Magia del Pan ha abierto en Elche hace apenas un mes. Sus dueños, a quienes no agrada utilizar artículos, son italianos según los rumores que han llegado a mi oídos y suponen un nuevo competidor en el barrio para Panador (adonde nunca regresaré si puedo evitarlo), el Horno Carmen y la cafetería Iniciales, bastante feúcha, todos ellos productores de su propia bollería.
A:
Magia del Pan ha tenido un éxito fulminante en la vecindad. Cuando llego a eso de las 10 están todas las mesas ocupadas a excepción de una, en la que me siento inmediatamente. Es una mesa mala y buena a la vez: mala, porque está junto a la puerta, que permanece abierta y me hace pasar algo de frío, pero que no me atrevo a cerrar por si altero la atmósfera panaderil y las levaduras enloquecen; buena, porque al otro lado tengo una mesa inmensa y enharinada, separada de mí por un cristal, donde el maestro panadero da los últimos retoques a los bollos que introducirá de un momento a otro en el horno. Así es mi posición, heladora pero entretenida.
La decoración es del estilo "campiña francesa", similar a la decoración floral de la boda de M, con estantes envejecidos de madera donde reposan los panes diversos, cestas de mimbre, balanzas y platos antiguos con magdalenas y cruasanes. Las camareras y la clientela rompemos ligeramente el encanto del lugar. A mí me atiende una señora muy amable aunque estresada. Pido café con leche, con sacarina por favor, y media con tomate. Pregunto si hay algún pan especial para la tostada y me ofrece pan de cereales, cosa que plugo a mi ánimo. La espera me permite observar algunas cosas: la clientela es en su totalidad femenina hasta que la llegada de un matrimonio heterosexual introduce el único cromosoma XY que hay en Magia del Pan si exceptuamos el del maestro panadero, que sigue a mi vera con sus bandejas y sus bollos; sobre la mesa, un panfleto oferta café+tarta de cerezas por 1'50€ y, gustándome mucho la tarta en cualquiera de sus variedades (menos la de merengue nupcial), prefiero con mucho una tostada a la hora de desayunar; la sacarina que es depositada en mi mesa minutos antes del café, alteración del orden cronológico en que debe servirse el desayuno, no es una dosis individual, sino el bote infinito de Mercadona. Hoy tendré que endulzar mi café con ciclamato.
Finalmente, me llegan el café y la tostada. El primero está aceptable, pero la segunda me resulta deliciosa. ¡Por fin una tostada de calidad en una cafetería! ¿Por qué nos engañan las panaderías-cafeterías al vender un buen pan para llevar, pero tostar un mal pan para comer in situ? ¿Tantos beneficios se obtienen de una pésima tostada? El pan de ésta era sabroso y consistente, aunque la cantidad de tomate era escasa para mi gusto voraz.
Mientras terminaba de comer, una mujer se asoma (recuérdese que estoy sentada junto a la puerta abierta) y olisquea con curiosidad el interior. Cuando nota que la estoy mirando, me dice: "¡Aquí huele a horno!", y procede a compartir conmigo la historia de su pasado. Según sus palabras, fue propietaria años atrás de lo que ella, muy pleonástica, llamó "horno-horno". El olor de Magia del Pan la había retrotraído a esa época (te ahorraré, lector, la alusión literaria) y yo ensalcé, como apoyo a su proceso de remembranza, las virtudes de la tostada que acababa de disfrutar. Cuando ya pensaba que iba a sentarse a mi mesa para continuar con su relato, pareció volver al tiempo presente y se despidió de mí no sin prometer volver para probar el pan.

G:
Son las 11:30 cuando por fin consigo escabullirme del trabajo con la noble intención de engullir alimentos. El lugar escogido para el desayuno acompañado en diferido por Ana es Magia del Pan. El nombre elegido para la panadería-cafetería me parece espantoso; obviamente la supresión del artículo junto a la intención de darle al conjunto un cierto aire new age me hace recelar. Hay una tendencia en muchos sitios a vender los productos, siempre sobrepreciados, utilizando la táctica de hacernos recordar los “inolvidables” sabores de la infancia: pan como el de la niñez, guisos como los de la abuela, que si los yogures Yoplait… cuando es la misma mierda de siempre, no es mejor ni peor; solo son recuerdos endulzados por el tiempo.
Desde la oficina, solo tengo que cruzar Pedro Juan Perpiñán para llegar al lugar. Están casi todas las mesas libres, paso de sentarme junto al holograma de Ana y elijo un mesa más acorde para mi función de desayunante voyeur. Hay un matrimonio guiri muy escandaloso, que me cae mal inmediatamente al observar que no hablan una palabra de español. Tengo un sentimiento de odio, que no me avergüenza, a todas estos guiris que se instalan en urbanizaciones digamos en Los Montesinos y que viven aquí años y años sin aprender ni papa del idioma. Como decía Shakespeare: “You are not worth another word, else I'd call you knave”.
Me recibe un no sé si camarero o panadero, lo que sí tengo seguro es que no es de Matola. Instalado en mi mesa, previa captura del Información que reposaba en el mostrador (también tienen el Marca, pero últimamente me da ardor),  acude una chica a la que le había pasado el testigo de mi atención el camarero o panadero del que nunca más supe.  Después de una breve presentación del lugar y de sus excelencias, pido una café con leche con sacarina y un hojaldre de jamón york y puerro.
Mientras espero, veo cómo limpia el baño una de las dependientas políglotas, algo digno de mención, ya que puedo dar fe de que algunos aseos del barrio parecen los de Trainspotting. El café con leche está bueno, no para llegar al delirio, pero me parece notable en un primer contacto. El hojaldre de puerro está delicioso, de tamaño ideal para el desayuno. Su sabor y su textura son de una perfección asombrosa. Acude una chica a preguntar mi opinión del desayuno y ofrecerme dos trozos de pan. El primero era un pan de verdura, que ni fu ni fa. El segundo, mucho más consistente, era exquisito, pero no he conseguido entender de qué estaba hecho cuando me lo loaba. No dudo en ensalzar otra vez, antes de pagar, las virtudes del hojaldre y prometo volver a probar la atrayente oferta de café más tarta de albaricoque por 1,50 €.

Lo único que no me convence del todo son las servilletas. Hay un problema común a casi todas las servilletas de aparente calidad, y es que luego no limpian bien. En esta ocasión eran unas elegantes servilletas negras de 4 capas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 9 CALIDAD 8 PRECIO 2,20€

28 de febrero de 2014

El Togo. Murcia, 21 de febrero de 2014.

La conclusión feliz de un asunto burocrático que ha tardado casi tres años en resolverse resulta motivo más que suficiente para que decida celebrarlo con un desayuno en el Togo, local cercano a la Universidad situado en uno de los cruces más feos y sucios de toda Murcia, aunque a los clientes habituales poco nos importa.
El Togo permanece invariable en su aspecto desde que lo conocí. La puerta de entrada hace picoesquina y se abre hacia fuera, por mucho que me empeñe en empujar cada vez que voy. Tiene una barra en forma de U que encuentra su paralelo, elevado sobre nuestras cabezas, en un estante sobre el que reposan numerosas botellas de bebidas alcohólicas. Cuatro o cinco mesas de madera se alinean junto a las ventanas a un lado de la barra, el que yo frecuento. Ignoro cómo son las mesas al otro lado porque nunca me asomo ahí. La barra propiamente dicha también es acogedora, pero yo prefiero mesa+silla.
Como llego temprano, no hay más que un señor tomando café y leyendo el Marca. Lo recuerdo vagamente de mi etapa estudiantil, tal vez un conserje o un administrativo. Durante unos segundos le envidio porque tiene la posibilidad de venir aquí a diario a desayunar, si no le han recortado demasiado el sueldo. Y es que el Togo me gusta mucho. Tanto que tendré que luchar con mis prejuicios positivos a la hora de juzgar la consumición de hoy. Pero si lo mío es afición a este sitio, lo de mi amiga S es veneración. Siempre que viene a Murcia da por sentado que el lugar de encuentro será éste y finge sordera o pone cara de manifiesto desinterés cuando G propone alguna alternativa.
Esta mañana pido café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. Mientras espero que me lo sirvan, echo un vistazo a las fuentes de comida con que los camareros van llenando los expositores: la ensaladilla ocupa la cabecera de la barra como lugar de honor; a continuación, y en estricto orden jerárquico, el revuelto de verduras, los flamenquines y trigres sin freír, los pinchos de carne ya especiados pero sin planchar, los rulitos de calabación, los champiñones rellenos... G, S y yo nos declaramos seguidores incondicionales de las empanadillas con ensaladilla del Togo, en honor de las cuales organizamos un merecido homenaje tiempo ha por su papel fundamental en la dieta del estudiante murciano, y desarrollamos desde hace años una ardua labor de captación de consumidores entre nuestros amigos y familiares de fuera de la región. Contemplando estos manjares me hallo cuando una camarera que no me resulta conocida me trae el desayuno al tiempo que grita: "¿Ves qué rápidos somos?". Respondo discretamente que sí lo veo y me dispongo a comer.
El café viene con azúcar y sacarina. Está bueno, pero lo recordaba mejor. La tostada está servida en un plato desproporcionado, demasiado grande para los dos trozos de pan que constituyen la media tostada. Supongo que se debe a que aquí no hay platos específicos para el desayuno y utilizan los destinados a contener las raciones de zarangollo o de patatas con longaniza. Los agujeros del salero no están obstruidos, pero el recipiente del aceite no funciona adecuadamente: al inclinarlo sobre la tostada algún problema, tal vez la ausencia de una entrada de aire, impide que caiga el aceite y el desayunante se ve obligado a agitarlo para lograr un chorro intermitente. No diré que es molesto, pero sí que debe solucionarse para una mayor comodidad. En cuanto a la tostada, mi decepción es máxima al constatar que se ha quedado fría con todo el ajetreo del aceite y, aún peor, que tiene consistencia chiclosa. Diré al menos que el tomate tenía buen sabor. Togo, ¿por qué me haces esto? ¿Do quedan tus tostadas calentitas y aplanadas por el grill? En medio de estas lamentaciones se abre la puerta y se me muestra la respuesta a mis preguntas: una caja repleta de pan reciente recorre el local empujada por un ser humano y pasa antes mis narices disgustadas. ¡Mi tostada era de pan de ayer! Podría tolerarlo si fuera más temprano, pero a las 9:45 es inaceptable.
Aparto la mirada del pan y la dirijo al menú plastificado que hay sobre la mesa. En él se lee que el Togo ofrece todas las comidas que los nutricionistas recomiendan hacer al día: desayuno, aperitivo o almuerzo, comida, café o merienda y cena. Añade una sexta categoría que supongo eliminada de cualquier dieta saludable (si bien, después de Dukan, todo es posible): la categoría copas. Tal vez deba volver por la noche y darle otra oportunidad al Togo. S lo haría.




PUNTUACIÓN:

ENTORNO 5 SERVICIO 8 CALIDAD 4 PRECIO 1,80€

24 de enero de 2014

Felicidad Café. Murcia, 18 de enero de 2014.

Este domingo accedemos a Murcia por una entrada diferente a la habitual en nuestras expediciones desayuniles: entramos por el Rollo y aparcamos junto al Cuartel de Artillería. No son lugares que visitemos a menudo, aunque también hay cosas interesantes a este lado del río, como la consulta de mi oftalmólogo y la fuente bicántara de la Plaza de Camachos que sigue fascinando a niños y mayores. Por ser domingo y además lluvioso no hay muchos paseantes por la calle. Si bien tenemos claro nuestro objetivo, nos permitimos errar unos minutos por las plazas del Cuartel de Artillería y admirar lo bonico que es, con su depósito descascarillado y sus bancos decorados con azulejos. Para nuestra alegría, descubrimos que hay un bar en la planta baja de uno de los edificios y que está abierto tal día como hoy. De hecho, dos personas salen de su interior bajo nuestra atenta mirada con cafés to go, así que hay acuerdo unánime en que vendremos a probar y a observar.
El invitado incierto, llegó hace 17
días y por ahora no ha mostrado
 intención de querer marcharse.
Mi falta de experiencia en esta zona provoca que demos un amplio rodeo no deseado para llegar a Felicidad Café, rodeo que provoca en G un ligero nerviosismo, ya latente en su corazón desde que salimos de casa, pues hace un par de meses quisimos desayunar aquí y, al llegar, lo encontramos cerrado. Pero hoy la fortuna nos sonríe y tenemos todo el café a nuestra disposición, ya que tan sólo dos chicas mantienen en la barra una charla post-desayuno acerca de la prorrata de la paga extra, que se alarga hasta después de que nosotros nos vayamos y quién sabe si aún seguirán ahí condenadas por algún poder superior, enfadado por tan insustancial tema de debate, a seguir charlando per saecula saeculorum.
Al entrar en Felicidad Café uno recibe la bienvenida silenciosa de una sonriente cafetera antropomorfa pintada en la pared con un portátil en una mano y una taza de café, tal vez procedente de sí misma, en la otra. Me resulta simpática y se me ocurre que tal vez debería hacerme pintar algo así en casa, pero desecho rápidamente este pensamiento para concentrarme en la decoración y en la elección de mesa. El local está dividido en diversas zonas: a la izquierda, la barra con las dos muchachas parlantes; a la derecha, un espacio de mesas amplias donde se invita a practicar el coworking; en un cornijal, el punto vintage canónico, compuesto aquí por un sillón orejero junto a una estantería hecha de cajas de madera antiguas, que me recuerda al rincón setentero de la bilioteca regional (¡hazle una visita, lector!); a ambos lados de la feliz cafetera parietal, puertas cerradas y rotuladas como "Sala de reuniones", por lo visto también a disposición del cliente; finalmente, en el centro del local, media docena de mesitas con sillas dispares pintadas de blanco.
Escogemos una como sede para el desayuno de hoy y me doy cuenta de que, bajo el cristal que cubre el tablero, hay un hule plástico que, por causar incomodidad a los clientes cuando está desplegado, supongo, ha sido enrollado alrededor de las patas de la mesa con un resultado más bien feo y que me hace añorar las mesas camilla de mis abuelas, de mantel pesadote y bastante más cómodo y calentito que estos hules.
La carta, por otro lado, es bonita. El diseño es también viejuno y las ofertas de desayuno se multiplican en su interior. Además del clásico café+tostada/bollería/donut, con o sin zumo, existe la opción de tomar café+cuenco de yogur con fruta/cuenco de cereales con leche. En otro cornijal de Felicidad Café se alinean sobre un pequeño mostrador varios surtidores de cereales para que el cliente escoja el que más se le antoje. G, gran experto en cereales y, sobre todo, en la adecuada conservación de éstos en el hogar, se pregunta con qué frecuencia se renovará la oferta cerealística para evitar que el desayunante los encuentre pansíos.
Como tenemos mucha hambre, pedimos dos cafés con leche, con sacarina por favor, dos tostadas enteras con tomate y un solo zumo de naranja. Se nos atiende con presteza y, justo en el momento en que otra pareja de jóvenes entra en el lugar, llegan las comandas a la mesa. Si no recuerdo mal, sólo un café va acompañado de sacarina. El zumo recibe los elogios de G; yo no lo pruebo, así que me abstengo de opinar. El café, en cambio, no recibe elogio ninguno. Nos lo tomamos, sí, pero pasa por nuestro esófago sin pena ni gloria. Dado que las cafeteras actuales parecen todas tan buenas y tan italianas, pensamos que la indiferencia que nos produce este café con leche se deba a la necesidad de los camareros de mejorar sus habilidades como barista. En cuanto a la tostada, la encontramos abundante pero sin chicha. Y esto empieza a ser preocupante: puedo contar con los dedos de la mano las cafeterías donde he probado tostadas de pan no ya delicioso, sino simplemente bueno. ¡Basta ya de usar pan insípido para las tostadas!
A pesar de estos inconvenientes, el desayuno es agradable y la idea de probar la tarta de zanahoria puede atraernos nuevamente aquí en un futuro próximo, aunque si eso ocurre, probaré con un capuccino o alguna otra variedad adolescente de café. G que define el local como insípido, no creo que vuelva. La cuenta asciende a 5,50€.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 6 CALIDAD 6 PRECIO 2,75€

26 de diciembre de 2013

Bar Sol. Cartagena, 21 de diciembre de 2013.

Llueve esta mañana, algo que siempre me pone de buen humor y con ganas de hacer cosas. Hoy nos vamos de desayuno a la provincia marítima de Cartagena. Es una de las excursiones para urbanitas que desde casa podemos plantear sobre la marcha, sin necesidad de una planificación previa de la que tanto gustamos; las otras ciudades que lo permiten son Elche, que tenemos ya muy vista, y Alicante, ciudad desatractiva que siempre me ha parecido plagada de turistas cutres.
Pero hoy no ha sido pensat i fet. Hemos quedado con Sara para desayunar en un sitio elegido previamente por ella después de una ardua tarea de selección entre la oferta desayunística cartagenera. La puerta de la desaparecida tetería-librería Espartaco (hoy convertida en gimnasio) es el sitio de encuentro. Siempre lo ha sido en las visitas a Cartagena. Mi memoria emocional (oigo las risas) no asocia esta ciudad al puerto o al teatro romano; me sería imposible disociar la palabra Cartagena de Espartaco a pesar de que fueron escasas las veces que entré; allí estuve jugando al trivial la primera vez que fui a Cartagena hace tropecientos años con tres de las personas que me acompañarán hoy en el desayuno.
Sara acude a nuestro encuentro con su renovada bicicleta, su jersey Never let me go, un libro de Zadie Smith para trocarlo por otro de Richard Ford y una lista del iPhone de cosas que tenía que contarnos. Con ritmo marcial nos encaminamos al sitio elegido. De camino pasamos por la remozada Plaza de San Francisco y nos enteramos de que su nuevo aspecto no ha sido bien recibido por los habitantes del lugar, aunque tengo que decir que a mí me pareció de un superficial aceptable. A través de bonitas calles, en las que nunca logro orientarme, llegamos a la Plaza de San Ginés, donde se ubica, haciendo picoesquina, el Bar Sol.
La fachada, de ornamento sobrio, llena de marcos y cristales, tiene un aire anticuado que me atrae. Posee una de esas ventanas que desde el exterior nos permite esperar la llegada de nuestra comanda sin dejar de fumar, mientras practicamos eso tan entretenido que es observar a los viandantes. La decoración es la que toca: ventilador en el techo, fotos viejas de Cartagena, imaginería religiosa, cafeteras antiguas, ostentación de botellas de Soberano... todo poblado por una clientela primordialmente masculina.
Todos hemos pedido café con leche; Sara y yo, media con tomate, y Ana, con mantequilla y mermelada. El café con leche viene en vaso, algo que me gusta, ya empiezo a estar un poco harto de la dictadura de la taza que nos imponen en la mayoría de sitios. Lo trae todo una camarera adolescente con pinta de hija del dueño, que llevaba un auricular puesto y otro suelto colgando de la chaqueta del chándal. Estaba lo bastante abstraída en su música como para articular palabra alguna. Las tostadas ya vienen preparadas, lo cual, aunque es más cómodo para todos, no me acaba de convencer. El ritual de preparar la tostada es una de las partes más importantes del protocolo y, a no ser que tenga mucha prisa, no me gusta renunciar a él. En cambio, que te den el bote de la sacarina en lugar de sobrecitos individuales me parece un acierto total.
Mientras estamos enfrascados en la crítica indignada de la tercera temporada de Homeland ha aparecido la tercera persona a la que aludía antes: Amaya, embarazada en la reseña del Pani, ya es una radiante madre. Aparece vestida de boda (la de otro), acompañada de Darío, el guapo retoño, que presenta una estética amish muy currada. Alborozo en grado sumo. Francis, el dichoso padre, se suma más tarde, pide un asiático y elogia el Bar Sol.
Mientras volvemos,  nos prometemos regresar a Cartagena para desayunar en El Hombre Tranquilo. Esperamos que Juan, libre ya de sus problemas cubitales, nos pueda acompañar.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 9 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 1,60€

22 de diciembre de 2013

La Espiga de Oro. Elche, 20 de diciembre de 2013.

Siguiendo una tradición que se remonta al año pasado, esta mañana ha tenido lugar el desayuno navideño de la Espiga, al que asiste un selecto grupo de invitados, del cual me precio de formar parte. La reunión se celebra temprano y ocupa las mesas adyacentes al belén que decora el local desde principios de diciembre. Esta Espiga es tan sólo una sucursal del emporio panadero-confitero que extiende sus ramas por toda Elche. A diferencia de las demás, ésta posee un amplio espacio con mesas para disfrutar del café y de la bollería in situ. Es una de mis sedes habituales de desayunos laborales, pese a ser el sitio más caro de la zona y tener un aspecto más bien feo: el suelo presenta una combinación de losas beige y marrón tristona, y los dos frigoríficos que contienen tartas y zumos no ayudan a animar el ambiente. La decoración navideña, consistente en tiras de espumillón colgando del techo, una selección de polvorones junto al frigo de las tartas y el mencionado belén, de proporciones considerables, empeora la situación. Y sin embargo, me encanta desayunar ahí, tanto en soledad como acompañada. Durante el curso pasado celebraba con P y C en esta Espiga los llamados Desayunos de los Martes y, durante el curso anterior, acudía con P los jueves como colofón a nuestra visita semanal al mercadillo de verdura que comenzaba justo enfrente de la Espiga, y nos tomábamos un café con las bolsas a nuestros pies rebosantes de naranjas y coliflores. En este curso los hados no nos han permitido coincidir con frecuencia, pero también es un lugar entretenido para desayunar a solas, pues el periódico suele estar disponible a primera hora y una puede concentrarse en la lectura porque no hay música ni radio sonando. Y si no apetece leer, la Espiga ofrece otra efectiva distracción: en una pantalla muda se muestra el proceso de elaboración de distintos productos, de la coca de verduras o la de molletes, de los almendrados, del roscón de reyes... Es sorprendente el grado de embeleso que pueden causar estas imágenes, capaces de acallar conversaciones interesantísimas.
Otro objeto que me resulta atractivo, aunque no puedo explicar por qué, es una vitrina, cerrada con llave, que contiene infinidad de muñequitos de plástico de seres de ficción, tales como las princesas Disney, Patricio y Bob Esponja, Úrsula la bruja del mar, Snoopy o los personajes de Cars. Nunca he visto que nadie abriera esa vitrina, nunca he visto a un niño interesarse por su contenido. Me recuerda a esas vitrinas de los museos arqueológicos con tal abundancia de figurillas votivas que es imposible fijar la vista en una sola.
El desayuno de esta mañana ha sido más abundante de alimentos y personas de lo habitual. He sido la única en pedir café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. Los restantes asistentes han preferido zumo de naranja natural o de piña artificial, y tostadas ya con queso fresco, ya con queso curado. Como complemento dulce a estos saludables desayunos, P suele acercarse al mostrador y escoger una bolsita con bollería del día anterior (así lo indica la etiqueta, en la Espiga no se engaña a nadie), que cuesta poco más de un euro y que incluye minicroissants, o mininapolitanas de choco, o bollitos de crema o, con más frecuencia, una mezcla de todos ellos. Cuando la ocasión lo requiere, sin embargo, tiramos la casa por la ventana y pedimos bollería del día. Esta vez hemos elegido una fogaseta rellena de chocolate, a pesar de los reparos de M, también presente y poco aficionada al chocolate por las mañanas. Yo tampoco colocaría la fogaseta en los primeros puestos de mi lista de dulces favoritos, pero el desayuno navideño exige la consumición ritual de algún bollo grandote y éste contaba con el apoyo de P y C. 
Las tostadas estaban muy ricas, como siempre, pues en la Espiga utilizan un pan muy consistente y no son tacaños a la hora de untarlo de tomate y aceite; el café es aceptable, y de la fogaseta sólo diré que acabamos rebañando el chocolate del plato con los trozos no chocolateados de la misma. Durante el proceso, íbamos saludando a los compañeros que pasaban por la puerta de la Espiga, que tiene paredes acristaladas, e incluso otro P y un A entraron a tomar café, cosa que afectó a la exclusividad del desayuno navideño y que procuraré evitar en próximas ediciones.
Llegada la hora de pagar, dividimos la cuenta a partes iguales y se me asignó la tarea de llevar el dinero a la máquina: en la Espiga son muy curiosos (destaca lo limpias que están las manos que amasan o forman roscos en los vídeos mudos que se proyectan sin descanso en las pantallas) y los trabajadores hace tiempo que no tocan el sucio dinero con sus manos, sino que te invitan a echarlo en una tragaperras o cash keeper ultramoderna que acepta billetes y devuelve cambio. Nos despedimos amablemente de la camarera, miramos todavía con algo de deseo los breztel y las palmeras de chocolate, y abandonamos la Espiga hasta el año que viene.



PUNTUACIÓN:
ENTORNO 4 SERVICIO 7 CALIDAD 9 PRECIO 3,30€

15 de diciembre de 2013

Il caffe di Roma. La Ñora, 14 de diciembre de 2013.

Es de todos conocido que en Murcia gusta eso de construir mucho, con rapidez y sin pararse a pensar si hace falta. Lo que sea: rotondas, puentes para el tranvía, aeropuertos, avenidas con tres carriles en cada sentido y aceras inmensas con farolas caras y carril-bici pero sin edificios ni peatones o coches que las recorran porque rara vez llevan a alguna parte, ni siquiera a Roma. De todas estas construcciones innecesarias rescato el centro comercial La Noria Outlet, llamado así porque se sitúa a dos acequias de La  Ñora. Existe en Murcia la moda de decorar con grandes norias las entradas de los centros comerciales. Sucede así en el CC Thader o en La Noria Outlet. Éste último, una vez cumplido su compromiso con la tradición local, presenta el aspecto de "un pueblecito español", como decía Kim Novak. Al entrar en La Noria Outlet, que está en medio de un erial, me acuerdo de los spaguetti western almerienses que nunca he visto: el CC consiste en una avenida principal formada por coloridos edificios de cartón-piedra cuyos bajos están ocupados por las tiendas de siempre. En uno de estos bajos se aloja la cafetería donde hemos desayunado hoy: Il caffe di Roma.
Es una cadena de cafés que yo creía absorbida por Café&Té o simplemente desaparecida. Aquí resiste un ejemplar cual aldea gala y no parece que le vaya mal, ya que no tiene apenas competencia. Diré ya que me gusta este sitio, tiene una grata terraza y no suele haber mucha gente. He tomado bastantes cocacolas aquí con mi hermana antes de buscar gangas en Bimba&Lola, y a los primos alemanes siempre los traemos porque aquí pueden pedir cafés latte espumosos como los que toman en su pueblo.
Hoy elegimos desayunar dentro. La decoración es la esperada: mesitas de pseudomármol, sillas de madera verde, a juego con los paneles que forran las paredes, sacos supuestamente llenos de café y carteles descriptivos de los combinados cafeteros que se ofrecen. Sobre la mesa hay infinidad de menús: de café, de almuerzos, de tartas para merendar, de batidos de fruta. Nos centramos en una tarjeta que ofrece ocho desayunos diferentes. Me planteo seriamente la posibilidad de pedir chocolate con churros, pero pienso en todos los dulces navideños que me quedan por comer y decido no innovar, así que opto por café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. G también pide café con leche, aunque se olvida de pedir la sacarina, y un croissant, combinación desayunística contemplada en el menú pertinente.
Con rapidez pasmosa nos sirven el desayuno: mi café viene con dos sobres de sacarina, que comparto con G porque soy muy educada, y mi tostada, poco tostada, viene con una cantidad algo escasa de tomate rallado. El pack aceitera-salero se halla ya sobre la mesa. El salero tiene los agujeritos muy limpios y la aceitera, que contiene un aceite poco sabroso, está pringosa sin resultar desagradable.
Todo va razonablemente bien hasta que nuestra atención se centra en el croissant de G. En lugar de servirle un croissant de los que se exhiben en la vitrina, de tamaño ordinario, le traen un croissancito de tamaño cucharilla de café y tienen la desfachatez de acompañarlo de cuchillo y tenedor. Qué burla es ésta, nos preguntamos mientras bebemos el café. Cuando nuestra indignación alcanza su cénit, entra en il caffe una trabajadora del CC que alguna vez nos ha saludado como conocidos, para nuestra sorpresa, en la tienda correspondiente [comentario editado a petición de un lector]. Nos acompaña en silencio también un señor que lee la prensa deportiva del día sentado de lado en su silla, lo que nos lleva a comparar nuestros métodos para simultanear el beber café y el leer el periódico cuando desayunamos solos.
Con el hambre matutina saciada sólo a medias, pagamos la cuenta y nos vamos a pasear por las calles falsas del CC.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 6 CALIDAD 4 PRECIO 2,00€

9 de octubre de 2013

M. Murcia, 6 de octubre 2013.

M es el vampiro de Düsseldorf. En Murcia no hay vampiros sensu stricto, pero sí hay una cafetería que se llama M, está en la plaza de Santo Domingo y es sede frecuente de nuestros desayunos de domingo. A ella llegamos el pasado fin de semana tras una breve pero angustiosa odisea que nos llevó a ese caos primigenio que constituyen las calles post-Segura que rodean el Pacoche. Buscando una nueva cafetería de la que nos habían llegado rumores, casi nos perdemos sin remisión, pero nuestra excelente orientación nos condujo de nuevo a caminos mil veces hollados. Y así, algo derrotados, nos dirigimos a M. Sea invierno o verano, nosotros nos sentamos en la terraza, que hasta mediodía no se vuelve enteramente dominguera, con familias de 5 miembros y niñas mellizas vestidas con la misma rebequita azul marino. A la hora de la merienda el ambiente es más bien viejuno, pero at breakfast time es variopinto. El pasado domingo compartíamos espacio con señores sesudos y solitarios que leían con mucha concentración el periódico, una tríada de alemanotas, una pareja de ciclistas que no recuerdo si llegaron a quitarse el casco para tomar el café y algún que otro matrimonio senior. 
A veces se autoinvitan otros seres, como palomas devoradoras de migas o músicos ambulantes de los de cabra y teclado incluido. El interior, que es algo angosto, cuenta con una larga barra y un expositor donde se exhiben tartas de aspecto apetecible, pero el darle a algunas nombre alemán me hace pensar que su precio estará inflado. Eso, unido a que no se come tarta para desayunar, por mucho que se empeñen en algunos hoteles, me ha hecho abstenerme de probarlas por el momento.
Los camareros son dos jóvenes muy serviciales. Uno de ellos tiene el dudoso honor de haberme preparado, así lo afirmó en su momento, su primer capuccino. Aunque lo alabé convenientemente, confieso ahora que los he probado mejores. No obstante, el café con leche suele estar muy bueno. Pedimos sendos cafés, con sacarina por favor, media con tomate para mí y un croissant para G, que protestó hasta la saciedad de la capa gelatinosa con que venía cubierto.
 
Tras unos instantes de vacilación, pedimos también un zumo de naranja de tamaño pequeño, tal como nos aconsejó el camarero, que, mirando por nuestro bolsillo, quería prepararnos un combo desayuno. Mi tostada estaba sólo pasable, porque en los bares se empeñan en comprar pan baratero y de mala calidad. Esta verdad irrefutable nos llevó a hablar de la entrevista que el Comidista ha hecho a Ibán Yarza, el nuevo gurú del pan (que no está nada mal, Ibán digo, aunque quizá no despierte en mí el interés que sí despierta Chico Bimbo, panadero de la Espiga de Oro del que hablaré otro día), en la que se denunciaba sin tapujos el timo de las nuevas panaderías gourmet y se vaticinaba el fin de la burbuja panadera. Mis disertaciones sobre el vacío del pan de mi tostada se encontraron con cierta indiferencia por parte de G, más ocupado en su iPhone y en vencer al "4en línea" al número 25 del mundo a este lado del muro. Tenía grandes esperanzas de conseguirlo, pero una jugada genial de su adversario se las arrebató en un momento. De modo que pidió la cuenta compungido y pagó los 5,40€ que le pidieron.


PUNTUACIÓN:

ENTORNO 7 SERVICIO 6 (G dice que 5) CALIDAD 6 PRECIO 2,70€

11 de septiembre de 2013

Dríadas. Elche, 9 de septiembre de 2013

El día de hoy me tenía preparadas, ya al amanecer, dos modificaciones de los hábitos desayuno-alimenticios adquiridos durante el verano: no he desayunado en Murcia, sino en Elche, y no he desayunado con G, sino con P. Había previsto llevar a cabo tal tarea a las 9:30, pero P ha asegurado que de ninguna manera podría esperar hasta esa hora y que su vida corría peligro si no se alimentaba a las 8:15, de modo que me he visto obligada a modificar caritativamente mis planes adelantando la hora de desayuno en un gesto que, así lo creo, me honra. El lugar escogido ha sido un nuevo café-bar con el evocador nombre de Dríadas, que cuenta con una amplia terraza con vistas al Corte Inglés ilicitano y al que he acudido como cliente por vez primera. Debido a la temprana hora, la temperatura en el exterior era muy agradable, así que no hemos dudado en sentarnos fuera. Las sillas eran especialmente cómodas, pues el respaldo no era rígido, sino que estaba formado por un trenzado ligeramente flexible que recogía muy bien la espalda y sus posibles imperfecciones. Un camarero ha acudido presto para preguntar qué queríamos tomar. A pesar de que en la puerta del Dríadas indica que se trata de una cafetería-bollería-pastelería, ante nuestra pregunta sobre la oferta de bollería el semblante del camarero se ha ensombrecido al afirmar que sólo tenían croissants. He optado por el clásico: café con leche con sacarina, por favor, y media con tomate. En esta ocasión me he tomado la libertad de indicar "con pan recién hecho, a ser posible", pretendiendo hacer una broma con otro cartel de la fachada donde se leía que el pan del sitio tenía esa característica, broma que, lo confieso, no ha surtido efecto. Además, desde un punto de vista antropológico, no tiene sentido hacer tostadas con pan recién hecho: es un derroche de pan y una forma de vivir por encima de nuestras posibilidades. P, que no es bebedor de café, ha pedido otra media con tomate y un zumo de naranja.
Mientras los desayunos se elaboraban, he echado un vistazo al interior del local y me he topado con un mobiliario algo extravagante, dictado con toda probabilidad por la temática feérica dominante: en lugar de un tradicional San Pancracio con su moneda de 25 pesetas, en el estante que había junto a la cafetera podían verse unas figurillas de hadas o dríades o tal vez hamadríades (soy consciente de mi pedantería al afirmar que la transcripción correcta del término griego es "dríades" y no "dríadas"); bajo ese estante colgaban unas bolsas de tela de colores de cierto tamaño cuyo contenido no me ha sido revelado, pero que bien podían ser los recipientes de las distintas hierbas y raíces con las que la maga Morgana preparaba sus pócimas; justo enfrente de la barra, unas mesas se alineaban al lado de la pared con unas sillas intolerables, como puede comprobarse en la foto correspondiente; y como decoración, un cartel que P generosamente ha comparado con los de Toulouse-Lautrec.

El regreso al exterior y a la terraza me deparaba, por fortuna, un estupendo desayuno. Café bueno, sacarina sin necesidad de pedirla dos veces, tostada grande y consistente, quizá algo escasa de tomate. El zumo que ha bebido P era bastante abundante también y, al estar servido en un vaso alto, venía acompañado de una de esas cucharillas muy largas que sólo se ven en las heladerías. Teníamos bastantes cosas de que hablar, pero aún así hemos cogido el periódico para ojearlo porque estaba intacto, tan nuevo y tan poco arrugado y/o manchado que era una pena no toquetearlo un poco. No hemos pasado de las primeras páginas y lo único que recuerdo haber comentado es lo bonito que me resulta el logo de Tokio 2020. En un momento dado, nos hemos sentido llamados por nuestros quehaceres profesionales, así que hemos pedido la cuenta, que no nos ha parecido ni cara ni barata, y nos hemos marchado sin que ningún otro cliente, durante toda nuestra estancia, nos hiciera compañía en la terraza.

Actualización: Hoy miércoles he vuelto a desayunar en Dríadas, esta vez en soledad, y he sido invitada a la media con tomate porque es el "día del espectador". No puedo estar más a favor de medidas como ésta en el negocio de los desayunos. A partir de ahora, el miércoles será mi FreeToastDay.



PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 7 CALIDAD 8 PRECIO 2,10€

25 de agosto de 2013

Aromas Café Bar. Murcia, 24 de agosto de 2013.

Ayer, de buena mañana, nos dirigimos con el digno objetivo de desayunar a una de las zonas más turísticas de Murcia, la Plaza de las Flores. Esta plaza, un verdadero imán para las carteras de los visitantes, es de esos sitios que te cita a la mínima ocasión todo aquel que alguna vez ha venido a Murcia, por esa extraña cualidad que tenemos los turistas de visitar las zonas con menos encanto de las ciudades. Nosotros nos quedamos en la plaza de al lado, la de Santa Catalina. Lo dicho de la anterior bien se podría aplicar a esta.


Al fondo de la plaza tenemos la parroquia de Santa Catalina, con los figurantes habituales de las puertas de las iglesias, a un lado un par de bares y al otro un Foster´s Hollywood junto al museo Ramón Gaya, nuestro pintor local más famoso, que a fuerza de metérnoslo por las orejas quieren hacernos creer que puede ser bueno;  particularmente su pintura la considero sin ningún interés. Pues en este lugar, además de la fauna habitual que lleva consigo los turistas, tenemos el sitio que elegimos para desayunar, una cafetería de las que hay muchas en todas las ciudades, estilo Café di Roma, con esa decoración estándar llena de referencias excesivas al café y con sacos cafeteros estratégicamente colocados. Elegimos la terraza, pero el interior  también parecía agradable.


Cuando llegamos, la terraza estaba vacía, pero se llenó rápidamente. Tardaron poco  en atendernos,  vino una camarera amable, que parecía novata por la forma insegura en la que llevaba la bandeja, más propia del juego del huevo. Sonaba de fondo el canon de Pachelbel, esa melodía horrible que en mi mente va asociada a José Luis Garci, en una versión de caja de música que me hizo añorar por un momento a algún gitano con el teclado portátil que pudiera borrar de un plumazo toda cosa audible a 2kms a la redonda. Pedimos café con leche y tostada con tomate; somos así de originales. El café estaba aceptable y el pan comible. Las sillas bastante cómodas y las mesas con la altura adecuada. 


PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 2,20€

20 de agosto de 2013

Maite Confiteria&Brunch Thader. Murcia 17 de agosto de 2013


Ir a un centro comercial murciano en ciertas fechas y a cierta hora puede suponer entrar en contacto con una cantidad ingente de personas, lo que a personalidades poco dadas a las multitudes como la de G y la mía resulta, en ocasiones, inquietante. Es por ello que nuestros desayunos en Maite Confiteria&Brunch Thader suelen celebrarse los domingos. En ese día de la semana el vasto aparcamiento casi vacío, los escaparates apagados, las sillas y mesas de las terrazas amontonadas en el interior de los restaurantes cerrados o las escaleras mecánicas en funcionamiento pero sin transportar a nadie proporcionan a nuestro paseo matutino un aspecto de fin del mundo que nos encanta, sobre todo cuando descubrimos que, afortunadamente, Maite ha sobrevivido al apocalipsis y nos espera con su agradable terraza de sillas metálicas rojas y su mostrador repleto de bollería variada. En esta ocasión, no obstante, el desayuno ha tenido lugar un sábado, pero se trata de un sábado de mediados de agosto, algo que en Murcia significa despoblación masiva.
Por seguir con la imagen, los pocos supervivientes de la catástrofe ocupamos cuatro o cinco mesas y nos acercamos educadamente a la barra para solicitar nuestros cafés. No suelo tener dudas a la hora de pedir el acompañamiento de mi café con leche, pero aquí siempre me asalta la tentación de elegir una palmera de dimensiones teratológicas o una napolitana de chocolate de aspecto deliciosa. A veces cedo a la tentación, para después arrepentirme de no haber pedido la saludable tostada, pues lo que parecía delicioso resulta no ser tal. Por ello, esta vez opto por la tradicional combinación de café con leche (con sacarina, por favor) y media tostada con tomate. G cambia la tostada por una porción de bizcocho chocolateado. Aunque se pide en la barra, la camarera, que es correcta, pero no simpática, lo lleva todo a la mesa. Primero el café, con no uno, sino dos sobres de sacarina para cada uno; momentos después, el bizcocho, la tostada, el cuenquito con tomate rallado, la aceitera y el salero. De todo ello, destaco por su excelente diseño la aceitera, que tiene un sistema para recoger esas últimas gotas de aceite que quedan en el borde después de servirte e impedir que chorreen por todo el exterior del recipiente, creando un tacto, obviamente, aceitoso y, en mi opinión, asqueroso. Todo está bueno, el café en especial. Encuentro mi tostada un tanto pequeña, pero está en su punto de tostado. G disfruta de su bizcocho, aunque a posteriori lo describe con la lítotes "no exquisito".
Por otro lado, no me gusta que nuestro servilletero ande escaso de servilletas. Un rápido vistazo a las mesas vecinas me permite comprobar que están todos en la reserva. Esta escasez contrasta con la abundancia de sobres de sacarina y azúcar a disposición de los clientes en la barra, abundancia que descubrimos cuando nos presentamos de nuevo ante el mostrador de bollería para pagar la cuenta. Los sobres se encuentran metidos en unos recipientes con forma de flor que no se encontrarían en ningún otro lugar que no fuera una confitería-cafetería. Este tipo de locales tienen unas normas estéticas propias, con elementos sacados de una panadería de barrio o del salón de la abuela y con esa luz amarillenta que yo veo en todos ellos, aunque Maite Confiteria&Brunch ha hecho un esfuerzo por actualizar su estilo y adoptar un toque "industrial" que a mí me agrada, aunque por el camino haya perdido la tilde de "confitería". La modernización, por supuesto, se paga: nuestro desayuno tiene el absurdo precio de 5,29€.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 7 PRECIO 2,64€

15 de agosto de 2013

Cuatrocientos. Murcia, 14 de agosto 2013.


Esta mañana hemos salido algo tarde a desayunar. Ya serían las 11 cuando nos hemos sentado en la terraza del Cuatrocientos, en la plaza de la Universidad. Un buen toldo nos protegía del sol que empezaba a calentar más de lo que nos decían que iba a calentar en este verano que no iba a ser tal. Un camarero joven se ha acercado a nosotros a los pocos segundos (no había más clientes en la terraza en ese momento) y ha tomado nota mental de nuestra comanda: dos cafés con leche (con sacarina, por favor) y dos medias tostadas con tomate. 
Las mesas de la terraza no son especialmente bonitas, pero sí cómodas, cortesía de Cocacola o una marca similar. En las servilletas se lee un genérico "Gracias por su visita" y hay un menú plastificado y aún no muy estropeado en el que se recoge una amplia variedad de tapas y bocadillos de precios moderados, aunque precisamente la riqueza de su oferta y lo reducido del tamaño del menú hace que su lectura detallada sea algo poco apetecible. Echo de menos la aceitera que suele verse en las mesas de los bares a la hora del desayuno y empiezo a temer que no le esté permitido al cliente aderezar sus propias tostadas. Con adecuada diligencia, el camarero vuelve a los pocos minutos con sendos cafés, de aceptable tamaño, y los deposita frente a cada uno de nosotros, desayunantes tardíos, sin pronunciar ni una palabra, lo cual me incomoda un poco, porque me da la impresión de decir "gracias" a una persona que no tiene mucho interés en la tarea que está realizando. Me fijo en que, al dejar el café ante mí, en la cara interior de su muñeca lleva tatuados dos nombres: uno es Samuel y del otro no me acuerdo. Pienso en si serán sus hijos y me sorprendo rechazando ligeramente a esas horas del día el toque canalla que aún atribuyo a los tatuajes. Se ha acordado de traer sacarina con el café. Las tostadas llegan sólo unos instantes después, confirmando mis temores: vienen ya preparadas con la mezcla de tomate, aceite, sal y un poquito de orégano extendida por encima. Prefiero hacer yo esa tarea, aunque en el proceso se enfríe la tostada. Otro defecto lo encuentro en el tipo de pan empleado: rebanadas de pan, tal vez integral, en lugar de un bollo o porción de una barra partido en dos. En cuanto al sabor, el café está bien y las tostadas, un poco escasas de tomate, pero aceptables. 
El lugar nos hace repetir opiniones que ya hemos expresado con anterioridad muchas veces relativas a la fealdad de la plaza y a lo rentables que resultan las copisterías próximas a una universidad. Una pareja mayor se sienta en una mesa cercana a la nuestra y, sin que ello tenga nada que ver, nos levantamos para irnos. G entra en el local para pagar y yo observo desde fuera que el interior no tiene mal aspecto, aunque tampoco me atrae lo suficiente como para echar un vistazo más de cerca. El precio de ambos desayunos asciende a 3€.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 1,50€