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Mostrando entradas con la etiqueta café. Mostrar todas las entradas
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31 de octubre de 2013

Pani. Cartagena, 27 de octubre de 2013

Quedo con mis amigas A y S, a las que conocí en la universidad, en el Pani de Cartagena para desayunar el domingo. No recuerdo si desayunábamos juntas cuando éramos estudiantes. Sí me acuerdo de almorzar empanadillas con ensaladilla, aunque A siempre ha seguido una dieta sana y nunca ha abusado de este combinado estudiantil. Ahora S y yo hacemos crema de verduras para cenar y A está embarazada.
Hace un día estupendo. Recojo a S en la Alameda y nos encaminamos al Pani. A llega en seguida. Ella cree que quedar para desayunar es chic; las demás asentimos en silencio, sacudiendo nuestras mortales guedejas. El Pani es una panadería-confitería situada en una de esas calles peatonales del centro que tiene Cartagena y por las cuales no consigo orientarme bien. El local es austero y tiene un color grisáceo que lo impregna todo, hasta los dulces que se exhiben en abundancia insólita en los mostradores. Me dio la impresión de que había a la vista más costillas de cabello de ángel y más buñuelos de los que suele haber en las confiterías. Frente al color azulado y algo tristón del interior, la terraza es una maravilla de luz y de color, limitada en un extremo por unas columnas dentro de un pequeño vallado, supongo que de época romana. La última vez que estuve aquí me lo dijeron pero se ve que no presté demasiada atención. 
Las mesas y las sillas son cómodas y modernillas. Sobre cada una hay un salero no de cristal, sino de plástico, el salero de la marca Torremar que podemos encontrar en nuestro supermercado de confianza. Están todos un poco amarillentos por el sol. Ignoro por qué no hacen una pequeña inversión en saleros standard de cristal. Quizá hayan sufrido robos de saleros y aceiteras en el pasado, pues tampoco diviso ninguna de éstas, y hayan optado por ofrecer algo poco apetecible para el cliente de mano larga.
La camarera viene pronto con una sonrisa giocondiana. Pedimos tres medias tostadas con tomate, un zumo de naranja, un café con leche, con sacarina por favor, y otro café con leche descafeinado. La costilla de cabello de ángel, a pesar de ser dulce de abuelo, me atrae siempre, pero he venido aquí a probar la que, según S, es la mejor tostada con tomate de CT. Tan sólo nos concedemos el capricho de un buñuelo de crema y ni siquiera pedimos tres, porque A vence a la tentación del azúcar, sino sólo dos, que, servidos en un platito, resultan ligeramente ridículos. Pienso a posteriori que es uno de esos productos que uno compra por docenas o por kilos, pero la sonrisa de la camarera no se vio alterada por la inadecuada petición. De hecho, la mantuvo inmutable hasta cuando la llamamos a coro para pedir un tercer café con leche. S tiene la costumbre de pedir el café como postre del desayuno, no como bebida principal, costumbre por la que nunca le he preguntado y que, a mi modo de ver, altera el orden normal del desayuno. Además, aunque éste sea mi comida favorita del día, no considero que tenga la suficiente entidad como para contar con dos fases, plato principal y postre.
Las tostadas están ciertamente buenas, crujientes y hechas con pan consistente. En el Pani las cortan en diagonal, cosa que no he visto en otros sitios. Tienen, no obstante, una pega: llevan demasiado aceite, de modo que los dedos se untan al cogerlas y hay que tener cuidado para no mancharse la ropa. Si el dueño del Pani retiró las aceiteras de las mesas para evitar que los clientes consumieran aceite de más, alguien debería decirle que en la cocina están haciendo boicot a sus medidas de ahorro. La camarera hierática trae el café con un sobre de sacarina y otro de azúcar, una buena solución para contentar a todos. Como yo me pongo sacarina en el café, puedo conservar el sobre de azúcar, que es uno de los más divertidos que conozco. El diseño es sencillo: letras azules sobre fondo blanco. En el anverso, el nombre del local y su dirección enmarcados por unas líneas algo art nouveau, en alusión clara a ciertos edificios representativos de este estilo en CT; en el reverso, una sentencia que viene a ser toda una declaración de principios: "Yo soy cliente del Pani, y ¿usted?". La humanidad queda así dividida en dos partes, los que desayunamos en el Pani y los demás. S, A y yo nos levantamos y nos vamos paseando hasta mi coche, felices por haber renovado nuestra relación mistérica con el Pani. Y encima, cuando nos despedimos, A nos dice que su hijo se va a llamar Darío, con lo que nuestro alborozo ya no conoce límites.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 7 CALIDAD 8 PRECIO 2€

25 de octubre de 2013

Calasanz. Cobatillas, 20 de octubre de 2013.

Algunos domingos no tenemos ganas de ir a Murcia a desayunar y optamos por un desayuno de Barrio. Lo escribo en mayúsculas porque estos desayunos rurales suelen tener lugar en el Barrio de los Pavos. Hay otras cafeterías a las que llegar a pie desde casa (a Murcia también se puede llegar así, tal como demostramos en una ocasión al estilo de Aquiles, esto es, andando), pero Confitería-Cafetería Calasanz es la mejor. El evento, que se compone de paseo+desayuno, es agradable. La ruta nos lleva, tras atravesar un parque, por delante del Lidl hasta unos bancales que se mezclan con las primeras casas del Barrio. Una de ellas tiene unos rosales sumamente olorosos, entrada al pueblo que resulta algo edénica después de haber recorrido el espacio que media entre el Lidl y el jardín de rosas. Tiene este espacio un aire postnuclear. Hace unos años se plantaron ahí moreras y se construyeron aceras que hoy se ven resquebrajadas y pobladas por insectos. El tráfico en esta calle es tan intenso que los caracoles realizan tranquilamente sus particulares revisiones de On the road y se lanzan a la aventura dejando en la calzada esos hilitos de baba que brillan al sol. Aquí iba a tener su sede el Nuevo Campillo, pero todo quedó en Campillurus.
Pimenton, -onis
El Barrio no es muy grande, así que se tarda poco en localizar la confitería Calasanz. Por si hay alguna duda, sirva de señal la furgoneta de las especias Ben-Hur, aparcada siempre enfrente. Calasanz tiene unas inmensas cristaleras que permiten ver el tráfico mientras se desayuna. Por dentro es un local normalito: unas cuantas mesas con cómodas sillas y dos mostradores, uno con repostería dulce y salada, otro con pasteles y tartas, además de multitud de estantes repletos de esas mandangas que atraen a los niños, como piruletas de PepaPig o chupachups de Bob Esponja.
¿Quién vive en la piña debajo del mar?
En unas cestas de mimbre se exhiben distintos tipos de barras de pan, a cual más apetecible. Nosotros, desde que descubrimos el pan multicereal, no desayunamos otra cosa, de modo que el menú del pasado domingo fue café con leche, con sacarina por favor, y tostada multicereal con tomate. Recomiendo las napolitanas ya de choco, ya de crema, con una perfecta proporción entre masa y relleno. Los croissants de choco, en cambio, tienen chocoexceso. Los pasteles y tartas no están tan buenos. Cierto día mi padre calificó una tarta de queso de Calasanz como "pésima", aunque hay que tener en cuenta que es una persona a la que no le gusta el yogur ni el cine actual, por lo que no es enteramente de fiar.
El desayuno clásico está muy bueno, insisto, pero el servicio deja bastante que desear. Las camareras son seriotas y te miran con impaciencia si no tienes clara tu elección. Son el equivalente murciano del Sopero Nazi. El domingo no nos trajeron sacarina a pesar de que hicimos hincapié en nuestra exigencia dietética. Más de una vez hemos salido del lugar protestando y prometiendo no volver jamás, pero acabamos regresando por las tostadas.
La clientela es local y solemos formar estas combinaciones: madre-hija (una de las más frecuentes), novio-novia, marido-mujer, padre-madre-bebé y algún átomo suelto en la barra. El domingo pasado había también un combinado husband-wife, cuyo primer elemento hablaba muy alto y comentaba al segundo cosas que veía en el periódico o en MujerHoy. También había un niño que contó cuántos pasteles negros había y cuántos marrones, información que comunicó a su madre ante la total indiferencia de ésta.
Unos días nos cobran 3,60€, otros, 4€. Creo que lo segundo lo dicen no por avaricia, sino por pereza mental.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 4 CALIDAD 9 PRECIO 1,80€

9 de octubre de 2013

M. Murcia, 6 de octubre 2013.

M es el vampiro de Düsseldorf. En Murcia no hay vampiros sensu stricto, pero sí hay una cafetería que se llama M, está en la plaza de Santo Domingo y es sede frecuente de nuestros desayunos de domingo. A ella llegamos el pasado fin de semana tras una breve pero angustiosa odisea que nos llevó a ese caos primigenio que constituyen las calles post-Segura que rodean el Pacoche. Buscando una nueva cafetería de la que nos habían llegado rumores, casi nos perdemos sin remisión, pero nuestra excelente orientación nos condujo de nuevo a caminos mil veces hollados. Y así, algo derrotados, nos dirigimos a M. Sea invierno o verano, nosotros nos sentamos en la terraza, que hasta mediodía no se vuelve enteramente dominguera, con familias de 5 miembros y niñas mellizas vestidas con la misma rebequita azul marino. A la hora de la merienda el ambiente es más bien viejuno, pero at breakfast time es variopinto. El pasado domingo compartíamos espacio con señores sesudos y solitarios que leían con mucha concentración el periódico, una tríada de alemanotas, una pareja de ciclistas que no recuerdo si llegaron a quitarse el casco para tomar el café y algún que otro matrimonio senior. 
A veces se autoinvitan otros seres, como palomas devoradoras de migas o músicos ambulantes de los de cabra y teclado incluido. El interior, que es algo angosto, cuenta con una larga barra y un expositor donde se exhiben tartas de aspecto apetecible, pero el darle a algunas nombre alemán me hace pensar que su precio estará inflado. Eso, unido a que no se come tarta para desayunar, por mucho que se empeñen en algunos hoteles, me ha hecho abstenerme de probarlas por el momento.
Los camareros son dos jóvenes muy serviciales. Uno de ellos tiene el dudoso honor de haberme preparado, así lo afirmó en su momento, su primer capuccino. Aunque lo alabé convenientemente, confieso ahora que los he probado mejores. No obstante, el café con leche suele estar muy bueno. Pedimos sendos cafés, con sacarina por favor, media con tomate para mí y un croissant para G, que protestó hasta la saciedad de la capa gelatinosa con que venía cubierto.
 
Tras unos instantes de vacilación, pedimos también un zumo de naranja de tamaño pequeño, tal como nos aconsejó el camarero, que, mirando por nuestro bolsillo, quería prepararnos un combo desayuno. Mi tostada estaba sólo pasable, porque en los bares se empeñan en comprar pan baratero y de mala calidad. Esta verdad irrefutable nos llevó a hablar de la entrevista que el Comidista ha hecho a Ibán Yarza, el nuevo gurú del pan (que no está nada mal, Ibán digo, aunque quizá no despierte en mí el interés que sí despierta Chico Bimbo, panadero de la Espiga de Oro del que hablaré otro día), en la que se denunciaba sin tapujos el timo de las nuevas panaderías gourmet y se vaticinaba el fin de la burbuja panadera. Mis disertaciones sobre el vacío del pan de mi tostada se encontraron con cierta indiferencia por parte de G, más ocupado en su iPhone y en vencer al "4en línea" al número 25 del mundo a este lado del muro. Tenía grandes esperanzas de conseguirlo, pero una jugada genial de su adversario se las arrebató en un momento. De modo que pidió la cuenta compungido y pagó los 5,40€ que le pidieron.


PUNTUACIÓN:

ENTORNO 7 SERVICIO 6 (G dice que 5) CALIDAD 6 PRECIO 2,70€

30 de septiembre de 2013

Lavazza. Murcia, 28 de septiembre de 2013.

En una ciudad como Murcia, con un El Corte Inglés (en adelante, ECI) de los de toda la vida, no se entendió muy bien que abrieran hace unos años otro centro, cerca de la autovía, un poco a desmano de todo, donde solo le viene bien a las hordas de alicantinos que nos invaden todos los 9 de octubre.
Tengo que decir que no me desagrada este mamotreto, incluso por la noche tiene su cierta gracia. Está lleno de pasillos y pasillos sin utilizar, que parece que iban a ir destinados a poblarlos de tiendas o locales de restauración donde sacarnos los cuartos, pero que no se sabe bien si por la crisis o por la cercanía del Thader y la Nueva Condomina, o por las dos cosas, se han quedado con la pared echada. Este centro comercial ECI El Tiro, así se llama, comparte con el de Elche los pocos clientes que pueblan sus pasillos y el no tener excesivo número de empleados, lo cual está bien siempre que no vayas decidido a comprar. Con los empleados del ECI he sufrido una transformación, en este lo noto menos ya que casi todos son de nueva hornada, y ya casi prefiero a sus empleadas con 40 años de profesión, con más laca que Margaret Thatcher, a los empleados hipsters de Jack&Jones o a los llenos de piercings de Pull; me gusta el empleado viejuno.
La cafetería que hay dentro de ECI es una mierda, sirven una café digno de Mordor, que no se entiende como luego tienen la cara de venderte todas esas máquinas de diseño tan bonitas para tomar café en casa. Cada vez que paso por delante me indigno y me entran ganas de entrar recortada en mano, imitando la escena gloriosa de El día de la bestia, donde se cargan a los reyes magos y siembran el caos entre los clientes de ECI de Callao. Me sobran los motivos, ya que el pastel de carne que venden en este sitio también es de juzgado de guardia. El tema es que aquí no se puede tomar café.
Ya he dicho que el centro está plagado de espacios vacíos, pero en el extremo de uno de esos pasillos, casi borgianos, hay un breve amago de iniciativa comercial. Así que, cuando venimos a desayunar a este lugar, vamos a la única cafetería que hay, además de la mencionada. Se llama Lavazza y está en una especie de rotonda, junto a los cines, donde casi nunca hay nadie y el mismo trabajador te vende la entrada y te la corta, un Wok que ya abrió cerrado, un kebab con un rulo (siempre el mismo) girando eternamente, y otro bar del que mi memoria no guarda recuerdo.
Los clientes habituales del Lavazza suelen ser empleados del lugar, o algún padre que se sienta allí a esperar a que su hijo se descalabre, ya que hay un miniparque infantil pegado a la cafetería. Esta vez cuando llegamos estábamos solos, que no es una mala cosa en este sitio donde siempre tardan un montón en preparar el café. Tienen la extraña costumbre de no empezar a hacer el café hasta que no esta totalmente atendido el cliente anterior, creando a veces unas tardanzas absurdas. Mientras esperábamos en la barra, ya que no tienen servicio de mesa, apareció un vendedor de cupones de la ONCE, que se dedicó en explicarle a la camarera de forma puntillosa todo su día de ayer y cómo consiguió averiguar los cupones vendidos a lo largo del mismo. Esbozó en una servilleta una increíble formula matemática, ante el asombro de los presentes, que consistía en restar al total de cupones que tenía en su poder al principio del día los que tenía al final, dando como resultado los vendidos. Cuando nos íbamos, llegó un padre acompañado de las niñas del resplandor, que ante la pregunta de qué iban a tomar respondieron a una sola voz: NAPOLITANA DE CREMA.
El café del lugar esta bastante bueno y la bollería del lugar tampoco está nada mal. El precio del desayuno es fijo y tienen variedad donde elegir. Ana pidió café con leche con un hojaldre de manzana y canela, que alabó varias veces, y yo pedí café con leche, con sacarina, y napolitana de chocolate, algo pansía (murcianismo al canto), pero comible.  
Muchacha esperando la próxima película de Nicolas Cage
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 7 CALIDAD 7 PRECIO 1,80€

24 de septiembre de 2013

La Repostería. Elche, 20 de septiembre de 2013


Este viernes los hados me han permitido alejarme de mi entorno habitual de desayunos y pasear hasta un lugar al que me apetecía mucho ir desde que un día, yendo a algún sitio ilicitano, vi a través de sus cristaleras a la camarera que, vestida de negro y parca en sonrisas, solía ponerme el café pre-clases en la escuela de idiomas de Elche. La Repostería tiene un aspecto fino y juvenil, y sentía curiosidad por ver cómo encajaba la seriedad de esta camarera en un ambiente algo más rococó que la utilitaria cafetería de la EOI. Pero han pasado meses desde que vislumbré a la chica tras el cristal y hoy, al entrar en la Repostería, no la he visto.

La cafetería hace picoesquina en un cruce de intenso tráfico humano, perruno y automovilístico, debido a que se encuentra en una zona céntrica de Elche. Tiene una hermosa terraza cubierta por un toldo de los caros y por un momento pensé en sentarme ahí, pero el sol estaba levantándose en esos momentos y el toldo nada podía hacer por proteger a los pocos clientes que soportaban estoicamente la luz y el calorcito mañanero. Preferí sentarme en el interior, así que entré y encontré que una barra/expositor-de-productos-apetitosos dividía el local en dos, lo que obliga al cliente a dirigirse al norte o al sur, pues el sol saliente queda a la espalada del visitante. Con la esperanza de aparentar naturalidad, me dirigí sin pensar a la primera mesita que vi libre, junto a la cristalera sur. Es agradable mirar a la gente pasar desde el interior de una cafetería. Una camarera ataviada con un largo delantal como de restaurante moderno y/o italiano acude en seguida, pero yo ya he hecho mis deberes y he observado con detalle la oferta de repostería, que es más abundante en su versión salada que dulce. Éste es uno de esos sitios donde se habla con voz bajita, de modo que, hablando abonico, pido un café con leche, con sacarina por favor, y una napolitana de crema. Mientras me lo traen ojeo el periódico que acaba de abandonar un vecino de mesa y me entero de las condiciones leoninas que la Conselleria d'Educació impone a los beneficiarios de las ayudas para libros. 
El disgusto se suaviza ligeramente cuando me traen el desayuno: no se han olvidado de la sacarina, el café viene servido en una taza con uno de esos mensajes positivos que tan de moda se han puesto últimamente y la napo, acompañada de cuchillo y tenedor, cosa que agradezco porque, para desilusión mía, está cubierta del glaseado pegamentoso y supongo que comestible con que se decoran cruasanes, napolitanas y similares en algunas confiterías, glaseado que se adhiere a los dedos y comisuras de la boca y resulta muy difícil de eliminar con una simple servilleta. Todo está muy rico. Miro el menú y descubro que varios dulces están aromatizados con vainilla de Tahití, que, como todos sabemos, no tiene parangón en el universo de la vainilla. El menú del día también me resulta apetecible y pienso que le propondré a G venir a comer aquí un día de éstos. La decoración me gusta: donde no hay cristal, las paredes están cubiertas de paneles de madera pintada de blanco con molduras algo versallescas; las lámparas tienen aires de candelabro, pero modernizados y en mi camino al aseo por el ala norte del local descubro una bancada acolchada de pseudo-piel blanca adosada a la cristalera. Esta estética, unida al hecho de que la clientela es muy semejante a mí, esto es, treintañeras con tiempo libre a las 9 de la mañana de un viernes, me hace pensar en la Maria Antonieta de Sofia Coppola. Un grupo de zíngaros sentados en la terraza aporta el toque multicultural y suaviza la cursilería de la vainilla de Tahití. Y para colmo, está cerca de donde trabaja mi amiga C, con la que ya he planeado un encuentro repostero próximamente.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 9 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 2,80€

11 de septiembre de 2013

Dríadas. Elche, 9 de septiembre de 2013

El día de hoy me tenía preparadas, ya al amanecer, dos modificaciones de los hábitos desayuno-alimenticios adquiridos durante el verano: no he desayunado en Murcia, sino en Elche, y no he desayunado con G, sino con P. Había previsto llevar a cabo tal tarea a las 9:30, pero P ha asegurado que de ninguna manera podría esperar hasta esa hora y que su vida corría peligro si no se alimentaba a las 8:15, de modo que me he visto obligada a modificar caritativamente mis planes adelantando la hora de desayuno en un gesto que, así lo creo, me honra. El lugar escogido ha sido un nuevo café-bar con el evocador nombre de Dríadas, que cuenta con una amplia terraza con vistas al Corte Inglés ilicitano y al que he acudido como cliente por vez primera. Debido a la temprana hora, la temperatura en el exterior era muy agradable, así que no hemos dudado en sentarnos fuera. Las sillas eran especialmente cómodas, pues el respaldo no era rígido, sino que estaba formado por un trenzado ligeramente flexible que recogía muy bien la espalda y sus posibles imperfecciones. Un camarero ha acudido presto para preguntar qué queríamos tomar. A pesar de que en la puerta del Dríadas indica que se trata de una cafetería-bollería-pastelería, ante nuestra pregunta sobre la oferta de bollería el semblante del camarero se ha ensombrecido al afirmar que sólo tenían croissants. He optado por el clásico: café con leche con sacarina, por favor, y media con tomate. En esta ocasión me he tomado la libertad de indicar "con pan recién hecho, a ser posible", pretendiendo hacer una broma con otro cartel de la fachada donde se leía que el pan del sitio tenía esa característica, broma que, lo confieso, no ha surtido efecto. Además, desde un punto de vista antropológico, no tiene sentido hacer tostadas con pan recién hecho: es un derroche de pan y una forma de vivir por encima de nuestras posibilidades. P, que no es bebedor de café, ha pedido otra media con tomate y un zumo de naranja.
Mientras los desayunos se elaboraban, he echado un vistazo al interior del local y me he topado con un mobiliario algo extravagante, dictado con toda probabilidad por la temática feérica dominante: en lugar de un tradicional San Pancracio con su moneda de 25 pesetas, en el estante que había junto a la cafetera podían verse unas figurillas de hadas o dríades o tal vez hamadríades (soy consciente de mi pedantería al afirmar que la transcripción correcta del término griego es "dríades" y no "dríadas"); bajo ese estante colgaban unas bolsas de tela de colores de cierto tamaño cuyo contenido no me ha sido revelado, pero que bien podían ser los recipientes de las distintas hierbas y raíces con las que la maga Morgana preparaba sus pócimas; justo enfrente de la barra, unas mesas se alineaban al lado de la pared con unas sillas intolerables, como puede comprobarse en la foto correspondiente; y como decoración, un cartel que P generosamente ha comparado con los de Toulouse-Lautrec.

El regreso al exterior y a la terraza me deparaba, por fortuna, un estupendo desayuno. Café bueno, sacarina sin necesidad de pedirla dos veces, tostada grande y consistente, quizá algo escasa de tomate. El zumo que ha bebido P era bastante abundante también y, al estar servido en un vaso alto, venía acompañado de una de esas cucharillas muy largas que sólo se ven en las heladerías. Teníamos bastantes cosas de que hablar, pero aún así hemos cogido el periódico para ojearlo porque estaba intacto, tan nuevo y tan poco arrugado y/o manchado que era una pena no toquetearlo un poco. No hemos pasado de las primeras páginas y lo único que recuerdo haber comentado es lo bonito que me resulta el logo de Tokio 2020. En un momento dado, nos hemos sentido llamados por nuestros quehaceres profesionales, así que hemos pedido la cuenta, que no nos ha parecido ni cara ni barata, y nos hemos marchado sin que ningún otro cliente, durante toda nuestra estancia, nos hiciera compañía en la terraza.

Actualización: Hoy miércoles he vuelto a desayunar en Dríadas, esta vez en soledad, y he sido invitada a la media con tomate porque es el "día del espectador". No puedo estar más a favor de medidas como ésta en el negocio de los desayunos. A partir de ahora, el miércoles será mi FreeToastDay.



PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 7 CALIDAD 8 PRECIO 2,10€

1 de septiembre de 2013

Bocadillón. Murcia, 1 de septiembre de 2013

¿Cuál es el único local de Murcia en el que un bocadillo antropomorfo y calzado con zapatillas recibe a los clientes con una sonrisa? Obviamente, Bocadillón. Vamos a desayunar allí con relativa frecuencia. Es de los pocos bares cercanos a la Universidad que abre los domingos por la mañana y tiene una agradable terraza que a esa hora está a la sombra. No obstante, preferimos sentarnos en el interior porque nos resulta más agradable el frescor artificial del aire acondicionado y tiene grandes cristaleras que permiten ver sin problemas lo que acontece en la rúa. Esta mañana no había casi paseantes, parecía un domingo de agosto más. Sin embargo, la terraza de Bocadillón estaba llena de jóvenes, probablemente estudiantes que han acudido a las salas de estudio de la Uni ante la llegada inminente de los exámenes. A través de las cristaleras pude ver a dos chicas con sandalias étnicas que hablaban muy rápido entre sí, y a un grupo de chicos equipados con mochilas, de los cuales uno tenía un aire angustiado y otro se parecía al asesino de The Fall.
El local es muy luminoso y alberga un habitáculo, también acristalado, en cuyo interior los clientes podemos ver a un cocinero que se afana en preparar lo que prepare. Sobre la barra hay unos divertidos murales llenos de dibujos donde se indica el nombre de los diversos bocadillos que se ofertan y más bocadillos antropomorfos intercambian chistes entre sí.
Escogimos una mesa junto a la pared acristalada y yo me senté en el peor sitio posible, pues a los cinco minutos me estaba dando el sol en la cara. Como ya sabemos que aquí suele haber prensa del día, G hace una breve expedición por las mesas y la barra para hacerse con algún periódico. Vuelve con un botín no despreciable: un Mujerhoy de ayer para mí y otro de la semana pasada para él. El camarero viene rápidamente. Pedimos lo de siempre: café con leche (con sacarina, por favor) y media con tomate. Normalmente, soy yo la que detalla lo que quiero para desayunar y G se limita a decir "lo mismo para mí". Considero que es un error, y así se lo he hecho notar esta mañana, pues mi experiencia me ha enseñado que los camareros sólo traen sacarina a aquella persona que lo pide explícitamente. Esta misma mañana hemos podido comprobarlo: sacarina para mí, aunque entregada in extremis, apenas una milésima de segundo antes de que se lo recordara; azúcar para G. Este desayuno recibe en Bocadillón el nombre de Desayuno Express, e incluye, además del café y la tostada, un trocito de bizcocho, que nos comimos antes de hacer la foto, y un chupito de zumo de naranja. Lo cierto es que aún no sé si estos dos mini-complementos me gustan o no, aunque creo que la balanza se inclina más hacia el no. La tostada, de pan no muy bueno, es bastante grande. En una ocasión pedí una tostada entera y tuve dificultades para acabarla. La aceitera estaba muy limpia y tenía ese sistema anti-goteo del que me declaro fan. 
La lectura de Mujerhoy no me aportó gran cosa, así que la dejé de lado y ojeé el menú, que aquí siempre me resulta entretenido. Todos los bocadillos se ofertan en tres tamaños, indicados en centímetros, y tengo la impresión de que las ensaladas serán maxi-ensaladas, como la que George le compró a Elaine, pero aún no he tenido ocasión de comprobarlo. Cada vez que venimos a desayunar, nos hacemos el firme propósito de volver algún día a otra hora, pero en cuanto pagamos y salimos por la puerta, lo olvidamos por completo.






PUNTUACIÓN:

ENTORNO 6 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 1,70€

25 de agosto de 2013

Aromas Café Bar. Murcia, 24 de agosto de 2013.

Ayer, de buena mañana, nos dirigimos con el digno objetivo de desayunar a una de las zonas más turísticas de Murcia, la Plaza de las Flores. Esta plaza, un verdadero imán para las carteras de los visitantes, es de esos sitios que te cita a la mínima ocasión todo aquel que alguna vez ha venido a Murcia, por esa extraña cualidad que tenemos los turistas de visitar las zonas con menos encanto de las ciudades. Nosotros nos quedamos en la plaza de al lado, la de Santa Catalina. Lo dicho de la anterior bien se podría aplicar a esta.


Al fondo de la plaza tenemos la parroquia de Santa Catalina, con los figurantes habituales de las puertas de las iglesias, a un lado un par de bares y al otro un Foster´s Hollywood junto al museo Ramón Gaya, nuestro pintor local más famoso, que a fuerza de metérnoslo por las orejas quieren hacernos creer que puede ser bueno;  particularmente su pintura la considero sin ningún interés. Pues en este lugar, además de la fauna habitual que lleva consigo los turistas, tenemos el sitio que elegimos para desayunar, una cafetería de las que hay muchas en todas las ciudades, estilo Café di Roma, con esa decoración estándar llena de referencias excesivas al café y con sacos cafeteros estratégicamente colocados. Elegimos la terraza, pero el interior  también parecía agradable.


Cuando llegamos, la terraza estaba vacía, pero se llenó rápidamente. Tardaron poco  en atendernos,  vino una camarera amable, que parecía novata por la forma insegura en la que llevaba la bandeja, más propia del juego del huevo. Sonaba de fondo el canon de Pachelbel, esa melodía horrible que en mi mente va asociada a José Luis Garci, en una versión de caja de música que me hizo añorar por un momento a algún gitano con el teclado portátil que pudiera borrar de un plumazo toda cosa audible a 2kms a la redonda. Pedimos café con leche y tostada con tomate; somos así de originales. El café estaba aceptable y el pan comible. Las sillas bastante cómodas y las mesas con la altura adecuada. 


PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 2,20€

20 de agosto de 2013

Maite Confiteria&Brunch Thader. Murcia 17 de agosto de 2013


Ir a un centro comercial murciano en ciertas fechas y a cierta hora puede suponer entrar en contacto con una cantidad ingente de personas, lo que a personalidades poco dadas a las multitudes como la de G y la mía resulta, en ocasiones, inquietante. Es por ello que nuestros desayunos en Maite Confiteria&Brunch Thader suelen celebrarse los domingos. En ese día de la semana el vasto aparcamiento casi vacío, los escaparates apagados, las sillas y mesas de las terrazas amontonadas en el interior de los restaurantes cerrados o las escaleras mecánicas en funcionamiento pero sin transportar a nadie proporcionan a nuestro paseo matutino un aspecto de fin del mundo que nos encanta, sobre todo cuando descubrimos que, afortunadamente, Maite ha sobrevivido al apocalipsis y nos espera con su agradable terraza de sillas metálicas rojas y su mostrador repleto de bollería variada. En esta ocasión, no obstante, el desayuno ha tenido lugar un sábado, pero se trata de un sábado de mediados de agosto, algo que en Murcia significa despoblación masiva.
Por seguir con la imagen, los pocos supervivientes de la catástrofe ocupamos cuatro o cinco mesas y nos acercamos educadamente a la barra para solicitar nuestros cafés. No suelo tener dudas a la hora de pedir el acompañamiento de mi café con leche, pero aquí siempre me asalta la tentación de elegir una palmera de dimensiones teratológicas o una napolitana de chocolate de aspecto deliciosa. A veces cedo a la tentación, para después arrepentirme de no haber pedido la saludable tostada, pues lo que parecía delicioso resulta no ser tal. Por ello, esta vez opto por la tradicional combinación de café con leche (con sacarina, por favor) y media tostada con tomate. G cambia la tostada por una porción de bizcocho chocolateado. Aunque se pide en la barra, la camarera, que es correcta, pero no simpática, lo lleva todo a la mesa. Primero el café, con no uno, sino dos sobres de sacarina para cada uno; momentos después, el bizcocho, la tostada, el cuenquito con tomate rallado, la aceitera y el salero. De todo ello, destaco por su excelente diseño la aceitera, que tiene un sistema para recoger esas últimas gotas de aceite que quedan en el borde después de servirte e impedir que chorreen por todo el exterior del recipiente, creando un tacto, obviamente, aceitoso y, en mi opinión, asqueroso. Todo está bueno, el café en especial. Encuentro mi tostada un tanto pequeña, pero está en su punto de tostado. G disfruta de su bizcocho, aunque a posteriori lo describe con la lítotes "no exquisito".
Por otro lado, no me gusta que nuestro servilletero ande escaso de servilletas. Un rápido vistazo a las mesas vecinas me permite comprobar que están todos en la reserva. Esta escasez contrasta con la abundancia de sobres de sacarina y azúcar a disposición de los clientes en la barra, abundancia que descubrimos cuando nos presentamos de nuevo ante el mostrador de bollería para pagar la cuenta. Los sobres se encuentran metidos en unos recipientes con forma de flor que no se encontrarían en ningún otro lugar que no fuera una confitería-cafetería. Este tipo de locales tienen unas normas estéticas propias, con elementos sacados de una panadería de barrio o del salón de la abuela y con esa luz amarillenta que yo veo en todos ellos, aunque Maite Confiteria&Brunch ha hecho un esfuerzo por actualizar su estilo y adoptar un toque "industrial" que a mí me agrada, aunque por el camino haya perdido la tilde de "confitería". La modernización, por supuesto, se paga: nuestro desayuno tiene el absurdo precio de 5,29€.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 7 PRECIO 2,64€

15 de agosto de 2013

Drexco. Murcia, 15 de agosto de 2013.

Como todos los años en estas fechas, hemos cumplido con la tradición sagrada en esta casa de salir a pasear de buena mañana por la ciudad. Caminar por Murcia un 15 de agosto es caminar por una ciudad semidesierta, poblada por ciudadanos extraños y por turistas despistados. Este año, con un poco más de ambiente, no sabemos si por cosas de esa palabra que le daba tirria a Zapatero, o porque la gente ha descubierto que es un coñazo estar todo el día con arena en los pies. Más de la mitad de los viandantes eran escandinavos que mapa en mano deambulaban haciendo fotos a cosas insospechadas. Supongo que esos nórdicos han venido buscando una tranquila y soleada zona del sur, huyendo de sus Sarah Lund y de sus paisajes desolados propicios para esas novelas negras con asesinatos tan terribles. No saben estos pollos que en esta tierra han pacido también personajes ilustres como el asesino de la katana, la parricida de Santomera, o Nanysex.
Ah, sí, lo del desayuno. Hoy hemos ido al Drexco, una cafetería de toda la vida, cuando digo toda la vida me refiero desde que el hombre inventó la rueda hasta ahora, situada en la calle Trapería. La cafetería es agradable, donde puedes pasar un rato tranquilo pensando en la inmortalidad de Camilo Sesto, sin que nadie te moleste y poblado de su fauna habitual: camareros que saben lo que hacen, sin resultar empachosos, abuelos con pensión por encima de la mínima y turistas sentados en la terraza enseñando sus calcetines a los paseantes.
Hemos pedido café con leche con sacarina, Ana con croissant plancha y yo con bizcocho casero, que han traído rápidamente, sin olvidar la sacarina. El café que hacen aquí me gusta bastante, el mismo café Salzillo que tienen en muchos otros sitios de Murcia, pero aquí, no sé si por la mano maestra o por la maquinaría disponible, mejora bastante. El bizcocho casero, de muy buena textura y sabor, aguantando bien un chapuzón en el café con leche, y el croissant de Ana, al parecer, también satisfactorio.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 2,80€

Cuatrocientos. Murcia, 14 de agosto 2013.


Esta mañana hemos salido algo tarde a desayunar. Ya serían las 11 cuando nos hemos sentado en la terraza del Cuatrocientos, en la plaza de la Universidad. Un buen toldo nos protegía del sol que empezaba a calentar más de lo que nos decían que iba a calentar en este verano que no iba a ser tal. Un camarero joven se ha acercado a nosotros a los pocos segundos (no había más clientes en la terraza en ese momento) y ha tomado nota mental de nuestra comanda: dos cafés con leche (con sacarina, por favor) y dos medias tostadas con tomate. 
Las mesas de la terraza no son especialmente bonitas, pero sí cómodas, cortesía de Cocacola o una marca similar. En las servilletas se lee un genérico "Gracias por su visita" y hay un menú plastificado y aún no muy estropeado en el que se recoge una amplia variedad de tapas y bocadillos de precios moderados, aunque precisamente la riqueza de su oferta y lo reducido del tamaño del menú hace que su lectura detallada sea algo poco apetecible. Echo de menos la aceitera que suele verse en las mesas de los bares a la hora del desayuno y empiezo a temer que no le esté permitido al cliente aderezar sus propias tostadas. Con adecuada diligencia, el camarero vuelve a los pocos minutos con sendos cafés, de aceptable tamaño, y los deposita frente a cada uno de nosotros, desayunantes tardíos, sin pronunciar ni una palabra, lo cual me incomoda un poco, porque me da la impresión de decir "gracias" a una persona que no tiene mucho interés en la tarea que está realizando. Me fijo en que, al dejar el café ante mí, en la cara interior de su muñeca lleva tatuados dos nombres: uno es Samuel y del otro no me acuerdo. Pienso en si serán sus hijos y me sorprendo rechazando ligeramente a esas horas del día el toque canalla que aún atribuyo a los tatuajes. Se ha acordado de traer sacarina con el café. Las tostadas llegan sólo unos instantes después, confirmando mis temores: vienen ya preparadas con la mezcla de tomate, aceite, sal y un poquito de orégano extendida por encima. Prefiero hacer yo esa tarea, aunque en el proceso se enfríe la tostada. Otro defecto lo encuentro en el tipo de pan empleado: rebanadas de pan, tal vez integral, en lugar de un bollo o porción de una barra partido en dos. En cuanto al sabor, el café está bien y las tostadas, un poco escasas de tomate, pero aceptables. 
El lugar nos hace repetir opiniones que ya hemos expresado con anterioridad muchas veces relativas a la fealdad de la plaza y a lo rentables que resultan las copisterías próximas a una universidad. Una pareja mayor se sienta en una mesa cercana a la nuestra y, sin que ello tenga nada que ver, nos levantamos para irnos. G entra en el local para pagar y yo observo desde fuera que el interior no tiene mal aspecto, aunque tampoco me atrae lo suficiente como para echar un vistazo más de cerca. El precio de ambos desayunos asciende a 3€.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 1,50€