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23 de febrero de 2014

Café&Té. Murcia, 15 de febrero de 2014.


Visto el malestar que causó entre algunos lectores mi humilde opinión sobre ese lugar tan querido por los murcianos como es La Plaza de las Flores y la pelotera que le han montado a Ana por uno de sus habituales "hirientes" comentarios (todos sabemos la mala leche que destila y lo ofensiva que puede llegar a ser) y ya que hoy vamos a otro lugar emblemático del panochismo, me limitaré a un comentario desteinado, para que nadie se pueda sentir ofendido, no es cuestión de tomar pesambre. Y dice:

Un dulce trinar nos despertó. La mañana se colaba por la ventana, la luz filtrada por la cortina creaba un ambiente relajante casi de bosque élfico. Después de abrazarnos incontables minutos mientras observábamos un cielo maravilloso poblado de nubes lenticulares, decidimos salir a disfrutar del extraordinario día que se nos ofrecía. Hoy no hay dudas, iremos a ese lugar  tan maravilloso que es la Plaza del Cardenal Belluga en pleno centro de Murcia.

Después de un agradable paseo en coche departiendo sobre política mundial e intercambiando opiniones sobre “Kritik der reinen Vernunft”, aparcamos, damos la habitual propina al dicharachero gorrilla, y trasladamos nuestro amor hasta el lugar elegido para el desayuno, a la vera de la catedral.




La iglesia y su plaza brillan y cualquiera de sus terrazas luce apetecible para degustar los alimentos. El ambiente en la plaza es espléndido, estamos rodeados de familias que van a misa, perros relucientes paseados por adolescentes saludables, algún que otro simpático loco que cabriolea entre las mesas y de algún que otro guiri atraído por nuestra bella ciudad. 
Nos decidimos por Café&Té. El servicio una maravilla. Un camarero con voz de contratenor nos da los buenos días y toma nota de el pedido mientras nos alaba la calidad del edificio Moneo. No puedo estar más de acuerdo.

Ana pide café con leche y media con mermelada y mantequilla. El pan recién hecho ha sido seccionado por una mano maestra, no cabe mayor precisión en el arte de cercenar chuscos. El café, digno de postrarse de rodillas mientras lo degustas, un sorbo te transporta a las montañas de Sumatra. Mi croissant, un éxtasis crujiente rebosante de esponjoso sabor a mantequilla, hace que cada bocado supere al anterior; una petit mort.

Lástima del puto perro de los cojones dando por culo alrededor de la mesa. Con ese jadeo interminable incrustándose en lo más profundo de mi cerebro, que me hace pensar en cometer un perricidio ante el palacio episcopal. El puto chucho se podía ir a la mesa de la inglesa de al lado con su jodida revista plastificada, con portada de One Direction, dándole vueltecicas. Honey, deja ya de escudriñar tu bonita compra, y ábrela de una puta vez, que me estas poniendo nervioso. O quizá el sabueso  podría morderle en la pantorrilla al camarero, para que se entere de que tiene que mirar a los clientes cuando les habla y no mirar al culo de las adolescentes, zapatos en mano, mientras me dice la cuenta.


En Fin. Un bonito día.


PUNTUACIÓN:
ENTORNO 8 SERVICIO 6 CALIDAD 5 PRECIO 2,30€

26 de diciembre de 2013

Bar Sol. Cartagena, 21 de diciembre de 2013.

Llueve esta mañana, algo que siempre me pone de buen humor y con ganas de hacer cosas. Hoy nos vamos de desayuno a la provincia marítima de Cartagena. Es una de las excursiones para urbanitas que desde casa podemos plantear sobre la marcha, sin necesidad de una planificación previa de la que tanto gustamos; las otras ciudades que lo permiten son Elche, que tenemos ya muy vista, y Alicante, ciudad desatractiva que siempre me ha parecido plagada de turistas cutres.
Pero hoy no ha sido pensat i fet. Hemos quedado con Sara para desayunar en un sitio elegido previamente por ella después de una ardua tarea de selección entre la oferta desayunística cartagenera. La puerta de la desaparecida tetería-librería Espartaco (hoy convertida en gimnasio) es el sitio de encuentro. Siempre lo ha sido en las visitas a Cartagena. Mi memoria emocional (oigo las risas) no asocia esta ciudad al puerto o al teatro romano; me sería imposible disociar la palabra Cartagena de Espartaco a pesar de que fueron escasas las veces que entré; allí estuve jugando al trivial la primera vez que fui a Cartagena hace tropecientos años con tres de las personas que me acompañarán hoy en el desayuno.
Sara acude a nuestro encuentro con su renovada bicicleta, su jersey Never let me go, un libro de Zadie Smith para trocarlo por otro de Richard Ford y una lista del iPhone de cosas que tenía que contarnos. Con ritmo marcial nos encaminamos al sitio elegido. De camino pasamos por la remozada Plaza de San Francisco y nos enteramos de que su nuevo aspecto no ha sido bien recibido por los habitantes del lugar, aunque tengo que decir que a mí me pareció de un superficial aceptable. A través de bonitas calles, en las que nunca logro orientarme, llegamos a la Plaza de San Ginés, donde se ubica, haciendo picoesquina, el Bar Sol.
La fachada, de ornamento sobrio, llena de marcos y cristales, tiene un aire anticuado que me atrae. Posee una de esas ventanas que desde el exterior nos permite esperar la llegada de nuestra comanda sin dejar de fumar, mientras practicamos eso tan entretenido que es observar a los viandantes. La decoración es la que toca: ventilador en el techo, fotos viejas de Cartagena, imaginería religiosa, cafeteras antiguas, ostentación de botellas de Soberano... todo poblado por una clientela primordialmente masculina.
Todos hemos pedido café con leche; Sara y yo, media con tomate, y Ana, con mantequilla y mermelada. El café con leche viene en vaso, algo que me gusta, ya empiezo a estar un poco harto de la dictadura de la taza que nos imponen en la mayoría de sitios. Lo trae todo una camarera adolescente con pinta de hija del dueño, que llevaba un auricular puesto y otro suelto colgando de la chaqueta del chándal. Estaba lo bastante abstraída en su música como para articular palabra alguna. Las tostadas ya vienen preparadas, lo cual, aunque es más cómodo para todos, no me acaba de convencer. El ritual de preparar la tostada es una de las partes más importantes del protocolo y, a no ser que tenga mucha prisa, no me gusta renunciar a él. En cambio, que te den el bote de la sacarina en lugar de sobrecitos individuales me parece un acierto total.
Mientras estamos enfrascados en la crítica indignada de la tercera temporada de Homeland ha aparecido la tercera persona a la que aludía antes: Amaya, embarazada en la reseña del Pani, ya es una radiante madre. Aparece vestida de boda (la de otro), acompañada de Darío, el guapo retoño, que presenta una estética amish muy currada. Alborozo en grado sumo. Francis, el dichoso padre, se suma más tarde, pide un asiático y elogia el Bar Sol.
Mientras volvemos,  nos prometemos regresar a Cartagena para desayunar en El Hombre Tranquilo. Esperamos que Juan, libre ya de sus problemas cubitales, nos pueda acompañar.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 9 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 1,60€