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6 de febrero de 2014

Horno Carmen. Elche, 6 de febrero de 2014.

Una serie de sucesos se han producido esta mañana con consecuencias muy diversas y más o menos relevantes para la historia de la humanidad, tanto aquí en Elx como en el otro extremo del planeta. Por lo que a mí respecta, la consecuencia más palpable ha sido que me he encontrado con una hora libre a mitad de la mañana, lo que ha bastado para alegrarme el día. Dado que es muy de mi agrado pasear por el barrio, he aprovechado para realizar una caminata con dos paradas, a saber: compra de verduras en el mercadillo y desayuno en el recientemente inaugurado Horno Carmen.
Se trata de una panadería-cafetería sita en la calle donde G y yo morábamos hace unos años pagando un elevado alquiler, dicho sea de paso. Es una zona multikulti con mucho ajetreo matutino. En el rato en que he estado desayunando he visto pasar por la puerta acristalada del local a personas de nacionalidades muy diversas, abuelos desocupados y parlanchines, mujeres con su carrito rebosante de alcachofas, un par de alumnos huídos del instituto y hasta varias cajas de pollos desplumados transportadas por un señor a la carnicería de al lado.
El Horno Carmen procede de Santa Pola y ha llegado a Elx dispuesto a hacerle la competencia a mi adorada Espiga de Oro. Y debo decir que se trata de un gran competidor. Hay una abundancia y variedad de dulces hiperbólicas: croissants y magdalenas de tamaños e ingredientes diversos, con y sin relleno, donuts, rosquillas, berlinas, fartons, ensaimadas (normal y mini), empanadillas de calabaza y boniato, bretzels almendrados... Y eso sólo en la sección dulce, porque la salada, que constituye el 50% de la oferta, cuenta con panes que se multiplican como cosa milagrosa, napolitanas de york y queso, cocas variadas y hasta pasteles de carne. Algún día compraré uno para probar, aunque no tengo grandes esperanzas. Mi experiencia me obliga a precaverme de los pasteles de carne no fabricados en el municipio de Murcia. No obstante, llegado el caso, haré un juicio imparcial.
El local no es muy grande y prima la faceta de panadería sobre la de cafetería. De hecho, sólo cuenta con tres mesitas en un extremo que suelen estar ocupadas. Desde una de ellas veo la cafetera tras el mostrador pero poco más, no hay neveras para refrescos o zumos, al menos a la vista del cliente. El mobiliario es modernillo, así como la decoración: está bien iluminado, con lámparas de líneas sencillas, pero nada de tubos halógenos; en la pared junto a la que se alinean las tres mesas y en una columna tras el mostrador hay escritas nubes de tags con nombres de dulces y panes, ese recurso decorativo tan de moda últimamente. Este concepto se combina con elementos más tradicionales como el San Pancracio y su dedo alzado y los cupones de la ONCE colgando sobre la caja registradora.
Pido para desayunar un café con leche, con sacarina por favor, y un muffin de naranja. El café viene con su sacarina sin problemas, tal como se ve en la imagen, donde también se aprecia que las servilletas están muy mal colocadas en su dispensador. 
El muffin es sencillamente delicioso: jugoso, de tamaño adecuado para saciar el apetito mañanero, con pequeños trocitos de naranja confitada en su interior y cubierto por un papel naranja acorde con su contenido. A mi lado desayuna una familia feliz compuesta por papá, mamá, niña pequeña y peluche gigante de PepaPig que ocupa una silla como cada uno de los humanos que la rodeamos. Pronto se marchan los cuatro y me quedo a solas con los camareros/panaderos, que son tres y se reparten muy bien las tareas. Hay una chica que pone los cafés y atiende al público con diligencia y amabilidad moderada, es decir, justo lo que a mí me gusta. Al quedarnos solas tras la marcha de la familia me ofrece una bolsa de bollería del día anterior que está de oferta. ¿Habrán llegado a sus oídos las prácticas que C, P y yo llevábamos a cabo en la Espiga el año pasado? En cualquier caso, respondo muy digna que no la quiero y que me llevaré, cuando termine mi desayuno y mi observación del lugar y los hechos, bollería DEL DÍA para el fin de semana. El segundo empleado es un chico más bien joven que entra y sale de la trastienda sin otro cometido, me parece, que el de soltarle chascarrillos a las señoras que vienen a comprar el pan para lograr su fidelidad. El tercero, algo mayor, parece el jefe de la sucursal y habla con sus compañeros en ese valenciano de l'horta que yo nunca dominaré. Dado que yo no entro, por mi edad, en el grupo de señoras al que debe atender el empleado joven, es éste mayor el que decide darme conversación preguntándome si conozco los pasteles de carne, pues ha sentido curiosidad al verme hacer (yo creía que con disimulo) una foto. Tras explicarle que vivo en Murcia y que soy una de las mayores autoridades de la Región en ese producto, afirma con rotundidad que los de Horno Carmen están muy buenos. Ya veremos, ya...

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 2,25€

12 de noviembre de 2013

Costa Coffee. 1 de noviembre de 2013, Londres.

Este viernes hemos despertado en Londres, hemos mirado por la ventana y, como nos ha parecido que hacía más frío que en Mur, nos hemos abrigado bien y hemos salido en busca de un café caliente. Nuestros pasos, planificados de antemano, nos han conducido hasta la Torre de Londres, no porque nos interesara admirar las Joyas de la Corona ni hacernos una foto imitando una decapitación, sino porque encima de la pequeña construcción donde se venden las entradas para el monumento hay un Costa que, de momento, es mi favorito. Debo decir que de todas las franquicias cafeteras, Costa es la que más nos gusta, con sus silloncitos rojos y su wi-fi siempre a disposición del cliente, lo mismo a la salida del British que en la recepción de un hotel de aeropuerto.
Llegamos temprano y con cierto riesgo para nuestras vidas, dado que el cruce que forman Minories Street con Tower Hill es ciertamente peligroso para quienes aún no saben hacia qué lado hay que mirar antes de pisar la calzada. En la explanada que media entre la Tower y el Costa se veían ya a primera hora algunos cuervos y también grupos de turistas. Nuestro objetivo estaba a la vista. Rodeamos el edificio de los tickets y, sorteando unos cubos de basura, subimos la escalera que conduce a la cafetería. A estas horas está prácticamente vacía. Supongo que los visitantes vienen desayunados de sus hoteles y para los trabajadores de la zona hay otros cafés más accesibles. Para nosotros, este Costa es such a perfect place. Tiene profusión de dulces, paninis, cosas con mucho chocolate y zumos que resultan de mezclar frutas variadas. No sé qué problema tienen en otros países con los zumos monofruta, están infinitamente mejor que los multifruta.
Yo tenía clara mi elección: quería un muffin de lemon&poppy seeds, variedad que, en principio, parece poco atractiva, pero que es ideal para desayunar. Los de Costa están muy ricos. También hemos probado esta variedad en Tesco, pero no hay comparación posible. Es como comparar un croissant de París con uno de Panadería La Luna. Tan buenos están que G pidió lo mismo, algo que no suele ocurrir, porque de manera inconsciente mantenemos en los desayunos cierta rivalidad acerca de quién ha pedido mejor. Escogiendo los dos el lemon&poppy seeds muffin se anula el carácter agonístico de nuestro desayuno. Para acentuar el "efecto empate" recurrimos, con relación al café, a una técnica de ahorro que llevamos practicando desde hace unos años y que me avergonzaba ligeramente en el pasado, pero que ahora practico con naturalidad, aunque sin negar el toque cutre que aporta a los desayunos.
Consiste en pedir un solo café (latte, por ejemplo) de tamaño grande para los dos. En Costa, este tamaño se llama massimo, cuesta unos 50 peniques más que el tamaño normal y viene servido en un tazón inmenso de aproximadamente medio litro de capacidad que cuenta con dos asas para garantizar su integridad. Es una taza-ánfora. Con esta cantidad de café tenemos suficiente para los dos; con dos cafés normales la cantidad es excesiva para cada uno (todos conocemos las cantidades ingentes de caffè latte que se gastan por aquí) y el precio de la cuenta sube. Para llevar a cabo estos desayunos-ahorro es preciso estar in love con el otro desayunante. De otro modo, quizá a uno no le siente bien que el otro moje el muffin y deje partículas en el café.
Pero aún no he mencionado el punto fuerte del local. Y es que, debido a su situación, ya explicada, y al hecho de que todas sus paredes son de cristal, los clientes disfrutan de unas vistas muy gratas de la Torre de Londres. Que una cosa es que no te apetezca hacerte la foto con el beefeater y otra, que te dé igual que la ventana del Costa dé a un callejón mohoso o a un edificio histórico bien bonico.
Un caffè latte massimo (la sacarina me la serví yo misma sin favor), dos muffins del tipo indicado, vistas estilo Tudor, posibilidad de hacer muchas fotos sin vergüenza porque no había apenas clientes y wi-fi, todo ello por 6,25 libras.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 9 SERVICIO 8 CALIDAD 8 PRECIO 3,30 libras (unos 4€ al cambio algo usurero de Cajamurcia)