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4 de mayo de 2014

Bodega Miguel Ángel. Sevilla, 25 de abril de 2014.

Hay una rotonda en la calle Kansas City que por motivos que ignoro no aparece en las guías turísticas de Sevilla, a pesar de tener interesantes monumentos de distinto tipo a su alrededor: al norte, la estación de Santa Justa, adonde se puede llegar en AVE (o a pie, desde la rotonda); al oeste, la Tesorería, donde bien podría trabajar G, y el hotel Ayre, de habitaciones ligeramente versallescas; al este, la Bodega Miguel Ángel, templo gastronómico y sede de apetitosos desayunos y cenas en las más recientes visitas familiares a la ciudad.
La Bodega Miguel Ángel es cool por su ubicación y su clientela. Tiene una terraza con numerosas mesas rodeada por un carril-bici cuyos usuarios circulan a gran velocidad, para peligro de los visitantes despistados que desean cruzarlo, como M y yo. Precisamente junto a la terraza está la parada de bicis Sevici, nombre poco agraciado, en mi opinión, para el servicio de alquiler de bicicletas del ayuntamiento.
Tras mirar a izquierda y derecha repetidas veces, M y yo atravesamos el carril-bici y recorremos los pocos metros que nos separan de la barra de la Bodega Miguel Ángel, en cuya fachada lateral se lee claramente "Churrería". Hemos ido bastante temprano porque nuestra agenda para ese día está a rebosar de actividades lúdico-consumistas-familiares, así que nada más entrar nos acomodamos en sendos taburetes y pedimos a un amable camarero no sevillano un café con leche, con sacarina por favor, un colacao y dos raciones de churros. 
Una vez oída nuestra petición, el camarero comunica a voz en grito a una compañera que se halla a unos centímetros de distancia nuestros deseos y se dispone a elaborar los churros. Y es que en un extremo de la barra se encuentra el equipo churrero completo: gran recipiente de aceite para freír, depósito de masa, campana extractora de humos, palos (calientes) de churrero y superficie agujereada para que escurran los churros, sobre la que reposan, por supuesto, las tijeras que cortarán la churro-espiral una vez liberado el aceite sobrante. A nuestra izquierda, mientras esperamos ansiosas el desayuno, un trío de americanas toma cafés con leche sin acompañamiento y sin retirar de sus espaldas sus mochilas de viajeras. Más allá, una azafata de Ferrovial pide café y tostadas. A la derecha, un señor que parece del barrio toma café solo. Las mesas que hay al fondo de la Bodega están ocupadas por personajes de procedencias diversas. Esta mezcolanza es obviamente fruto de la proximidad de la estación del AVE y, como dicepater meus, le da al lugar un aire a cafetería de aeropuerto, pero un aire ligero, pues ¿en qué cafetería de aeropuerto hay jamones colgando, milhojas de rabo de toro y parafernalia churrera?
Llega el café para M en vaso, cosa que le alegra, y otro vaso para mí con leche caliente y un sobre de colacao. Lo que me alegra a mí es que el colacao es original, no turbo. Aunque consumo la variante turbo en casa por comodidad, prefiero el sabor de la original, pero lamento siempre que la mitad del contenido del sobre individual que sirven en los bares se desperdicie porque la leche no puede admitir tanto colacao, es un hecho físico. La sacarina no viene con las bebidas, sino que los clientes la cogen de un cuenco que se ha dejado, algo inconscientemente, sobre la barra. M y yo cogemos la necesaria para el desayuno (para M, un sobre; para mí, ninguno) y, pasados unos minutos, echamos unos poquitos más al bolso siguiendo nuestra rácana costumbre, al tiempo que nos justificamos mutuamente esta acción de formas muy convincentes. Y, por fín, llega lo que estábamos esperando: sobre un plato ovalado de metal, media docena de churros recién hechos, entre los que se encuentra lo que yo llamo la porra, esto es, el churro que contiene el punto donde da comienzo la espiral churrera y que suele contar con un abultamiento de masa esponjoso que disfruto enormemente a pesar de los sentimientos de culpabilidad dietética que a veces siguen al desayuno. M vierte dos sobres de azúcar sobre los churros e inicia el festín. Ella afirma que están elaborados con alguna receta secreta y tal vez mágica que evita el empachamiento. Aunque en otros muchos bares la ración son cuatro churros per capita, aquí sólo son tres, pero más largos de lo habitual, de modo que una queda saciada al terminar. De hecho, nosotras los partimos por la mitad, obteniendo así doce medios churros. M me cede la porra y dejamos el plato limpio en pocos minutos.
Dado que, gracias al conjuro churril, no estamos nada empachadas, pagamos la cuenta, que asciende a 5'10€, y salimos a la calle dispuestas a coger un bus que nos lleve a la Plaza del Duque, pues la parada está a escasos metros de la Bodega Miguel Ángel, uno de los pocos bares del mundo a los que se puede llegar a pie, en bici, en coche, en bus y en AVE. PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 7 CALIDAD 8 PRECIO 2,55€

21 de abril de 2014

Ikea. Murcia, 19 de abril de 2014.

  1. El lugar
Lo primero, Ikea es un sitio horrible. Pero claro, una fuerza mayor ha intervenido en este caso: una oferta. Como buenos funcionarios nos chiflan las ofertas, nos encantan las cosas baratas. Esta promoción no sé muy bien dónde la vimos, pero enseguida nos embaucaron con la imagen de un apetecible desayuno bajo el sugerente título de “Todos los días te invitamos a desayunar”. Y aquí estamos un sábado a las 10 de la mañana para entrar los primeritos, aunque al llegar ya hay un buen trozo del aparcamiento lleno de coches.

  1. La oferta.
El desayuno ofrecido incluye pan tostado con jamón ibérico, aceite de oliva virgen extra, tomate triturado, café, zumo de naranja natural y fruta cortada 100gr por el precio de 3,50€, ¿dónde está la invitación?. La gracia de la historia es que al pagar te dan una tarjeta por el mismo importe del costo del desayuno para que la gastes en la tienda en lo que mejor te parezca. Pues genial, desayuno gratis y compramos cualquier chorrada que tenga un mínimo de utilidad.

  1. La tarjeta de socio.
Oferta exclusiva para socios, eso dice la letra pequeña. Cáspita, pues no llevo la dichosa tarjeta de socio, que salvo para el cine no la creía de más provecho. Acudimos a la zona de socios dónde nos aborda la chica captasocios y aquí entramos en una espiral de mentiras bastante absurda. Ante la pregunta de si es que se me ha olvidado la tarjeta o se me ha perdido, respondo sin razón aparente que se me ha perdido. Ante lo cual, me dice que allí no puede realizarse esa gestión por algún motivo técnico y me dirige a otra máquina expendedora de tarjetas. Acompañado por otra chica captaclientes tecleo “tarjeta perdida” y el sistema que nos clasifica a los socios por el número de teléfono dice que tengo dos tarjetas a mi nombre, por tanto deberé acudir a otro mostrador a que me solucionen el problema. Algo cansados con el tema acudimos a la zona de niños donde me imprimen una tarjeta en un folio y asunto concluido.

  1. El desayuno.
En la cola de la cafetería hay unas 15 personas, pero va rápida. Mientras cogemos los elementos de la oferta vamos comentando la impaciencia de la gente en el self-service. Sienten una necesidad imperiosa de adelantarte, pero las bandejas y las barras sobre las que se apoyan éstas se lo impiden y causa en nuestros vecinos de cola gran desasosiego. Hay algo que hace que los españoles no nos sintamos cómodos en las colas. En otros países el acto de hacer cola para cualquier cosa se lleva con naturalidad, nosotros en cambio actuamos intranquilos.

Después de hacernos (y no en sentido valenciá) el café en las máquinas dispuestas a tal fin, buscamos una mesa cerca de los ventanales. El café de Ikea está, depende del día, entre horrible y criminal, pero hoy no es algo delictivo. El pan, un panecillo mediano, al estar calentito se puede comer sin mayor problema. Tanto el tomate, que no es natural, como el aceite son de Cabra y no están mal. El jamón una lonchita sin mucho sabor, pero que dentro del conjunto no desentona. El zumo de naranja, recién exprimido creo que ha sido lo mejor. La fruta consiste en un recipiente con 5 tro(ci)citos de melón cantaloupe, otros 2 de piña y 2 uvas. Para Willow estaría bien.

  1. La heredera.
Durante el desayuno, se nos ocurre la idea de pagar otro desayuno con la tarjeta que te dan al desayunar, y así poder desayunar ad infinitum. O de que cualquier familia numerosa pueda desayunar pagando solamente 3,50: los miembros de la familia hacen una cola y esperan a que el familiar termine para utilizar el descuento y desayunar ellos. Mientras esbozamos la fórmula mágica para poder engañar a Ikea y llevarla a la quiebra a través del desayuno nos levantamos y nos damos la vuelta dejando las bandejas encima de la mesa. Tengo que decir que no es habitual, sino que nos hemos visto envueltos en el aire de dejadez pre-Bando que ha tomado la cafetería. Mientras todo esto, oímos un “¡Perdona!” a nuestras espaldas. Una sueca (por lo menos parecía lapona) nos ha dicho bien clarito que la bandeja había que recogerla. Tengo que decir que Ana no ha encajado bien el golpe y ha maldecido a la tipa ésta a la que hemos bautizado como la heredera del fundador de Ikea.

  1. La compra.
Con las bandejas recogidas, hemos ido a ver lo que podíamos agenciarnos con la tarjeta regalo. Ana ha comprado una bombilla led por la bonita cantidad de 5,99€ y yo, intentando apurar al máximo, he comprado un cojín por 2,99€ y un vaso de 0,49€. Recorremos el camino de baldosas amarillas recordando todas las leyendas urbanas de Ikea, a saber: lo de la carne de caballos en la lasaña, las aguas fecales en la tarta de chocolate, que su restaurante se ha convertido en un comedor para indigentes, o la que más me gusta, que si hay una cola de más de 5 personas te invitan a un perrito. Llegados a la caja y justo antes de pagar me entra una duda que se confirma. Efectivamente el importe de mi compra es 3,48€. Como
es menos de los 3,50€, no vale la tarjeta descuento. Ante la pereza de tener que ponerme a buscar otra cosa, cojo lo primero que encuentro, un paquete de pilas AAA, que no necesito para nada, por el módico precio de 3,50€.

Al final pagamos y salimos de ahí con la sensación de que nos han timado.



PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 4 CALIDAD 4 PRECIO 3,50€

31 de marzo de 2014

Bar Miguel de Tentegorra. Cartagena, 23 de marzo de 2014.

S me recoge este domingo en Espartaco, como es habitual cuando quedamos para desayunar en Cartago, y me lleva a Tentegorra. Escoge este sitio porque es domingo y dónde vamos a ir si no. Mientras nos dirigimos allí contemplamos los arcenes repletos de caminantes y corredores vestidos de Decathlon y hablamos de la Cosmopista. Aparcamos junto a la entrada del parque, a escasos metros del Bar del Miguel, nombre por el que es conocido el establecimiento, que tan sólo dispone de un cartel anticuado donde se lee BAR. Se trata de una construcción destartalada ubicada en un bosque de pinos, con varias mesas desperdigadas entre los árboles y con bancos encadenados a ellas barnizados quién sabe cuántas veces. Pero, en general, mola. S estornuda de manera regular porque el polen le produce alergia, pero no me da pena, pues, sabiendo que sucedería, ha elegido voluntariamente este lugar no sólo para nuestro desayuno en común, sino también para un aperitivo posterior con otras personas.
Aquí no hay servicio de mesa en la "terraza", de modo que, antes de sentarnos, entramos al chiringuito a pedir dos cafés con leche, con sacarina para mí por favor, y dos tostadas con tomate. Barra de formica con refuerzos metálicos en los bordes, cajas de botellines de cerveza apiladas, fotos descoloridas, bolsicas de patatas fritas, décimos de lotería, clientes leyendo el Marca con las gafas de sol apoyadas en la frente y, dominándolo todo, un olor a michirones que haría las delicias de G e incluso las mías, si no fuera tan temprano.
Llegan los cafés con dos sobres de sacarina each. Uso uno y guardo los otros tres para cuando haya necesidad. Las tostadas tardan poco y el camarero, que tal vez sea Miguel, nos pide amablemente que las aliñemos en la barra para que la alcuza y el salero permanezcan bajo techo. Al contrario de lo que una podría esperar, la alcuza no está pringosa o, al menos, no tan pringosa como otras que he tenido que utilizar en sitios supuestamente cool. El salero es del modelo clásico, no rellenable, pero olvidé mirar la procedencia de la sal, cosa que siempre despierta mi interés. Miguel nos cobra 2'90€ por todo, el desayuno más barato de los que han quedado aquí registrados. 
Con el café en una mano, la tostada en la otra y los libros de Cortázar en la cabeza, salimos al aire libre y nos sentamos en una mesa coja. Impido durante un par de minutos que S empiece a desayunar mientras fotografío la parte trasera del BAR, que necesita un remodelado urgente para suavizar su aspecto de chabola, pero que seguramente nunca tendrá lugar. De vez en cuando, el viento nos trae el olor a michirones. El café sabe bien en este contexto boscoso, pero la tostada se ha quedado fría en el traslado. En mi caso, además, está algo escasa de sal, aunque no le presto mucha atención porque S me está hablando del señor que cierra la Torre Eiffel por las noches y de cómo piensa organizar sus próximos 4 años.
Antes de regresar a Espartaco, damos un rodeo por las casas de Tentegorra para ver la Cosmopista en su retiro de invierno. ¡Qué bonita es! Ojalá nos lleve pronto a sitios remotos donde podamos desayunar al amanecer y escuchar vinilos en tocadiscos a pilas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 7 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 1,45€

23 de marzo de 2014

Magia del Pan. Elche, 14 de marzo de 2014.

Este viernes G y yo habíamos planeado desayunar juntos en Magia del Pan, pero nuestros draconianos horarios laborales nos han obligado a transformar el desayuno sincrónico en uno consecutivo, esto es, iremos al mismo lugar y nos sentaremos en la misma mesa, aunque yo a una hora y él a otra posterior.
Magia del Pan ha abierto en Elche hace apenas un mes. Sus dueños, a quienes no agrada utilizar artículos, son italianos según los rumores que han llegado a mi oídos y suponen un nuevo competidor en el barrio para Panador (adonde nunca regresaré si puedo evitarlo), el Horno Carmen y la cafetería Iniciales, bastante feúcha, todos ellos productores de su propia bollería.
A:
Magia del Pan ha tenido un éxito fulminante en la vecindad. Cuando llego a eso de las 10 están todas las mesas ocupadas a excepción de una, en la que me siento inmediatamente. Es una mesa mala y buena a la vez: mala, porque está junto a la puerta, que permanece abierta y me hace pasar algo de frío, pero que no me atrevo a cerrar por si altero la atmósfera panaderil y las levaduras enloquecen; buena, porque al otro lado tengo una mesa inmensa y enharinada, separada de mí por un cristal, donde el maestro panadero da los últimos retoques a los bollos que introducirá de un momento a otro en el horno. Así es mi posición, heladora pero entretenida.
La decoración es del estilo "campiña francesa", similar a la decoración floral de la boda de M, con estantes envejecidos de madera donde reposan los panes diversos, cestas de mimbre, balanzas y platos antiguos con magdalenas y cruasanes. Las camareras y la clientela rompemos ligeramente el encanto del lugar. A mí me atiende una señora muy amable aunque estresada. Pido café con leche, con sacarina por favor, y media con tomate. Pregunto si hay algún pan especial para la tostada y me ofrece pan de cereales, cosa que plugo a mi ánimo. La espera me permite observar algunas cosas: la clientela es en su totalidad femenina hasta que la llegada de un matrimonio heterosexual introduce el único cromosoma XY que hay en Magia del Pan si exceptuamos el del maestro panadero, que sigue a mi vera con sus bandejas y sus bollos; sobre la mesa, un panfleto oferta café+tarta de cerezas por 1'50€ y, gustándome mucho la tarta en cualquiera de sus variedades (menos la de merengue nupcial), prefiero con mucho una tostada a la hora de desayunar; la sacarina que es depositada en mi mesa minutos antes del café, alteración del orden cronológico en que debe servirse el desayuno, no es una dosis individual, sino el bote infinito de Mercadona. Hoy tendré que endulzar mi café con ciclamato.
Finalmente, me llegan el café y la tostada. El primero está aceptable, pero la segunda me resulta deliciosa. ¡Por fin una tostada de calidad en una cafetería! ¿Por qué nos engañan las panaderías-cafeterías al vender un buen pan para llevar, pero tostar un mal pan para comer in situ? ¿Tantos beneficios se obtienen de una pésima tostada? El pan de ésta era sabroso y consistente, aunque la cantidad de tomate era escasa para mi gusto voraz.
Mientras terminaba de comer, una mujer se asoma (recuérdese que estoy sentada junto a la puerta abierta) y olisquea con curiosidad el interior. Cuando nota que la estoy mirando, me dice: "¡Aquí huele a horno!", y procede a compartir conmigo la historia de su pasado. Según sus palabras, fue propietaria años atrás de lo que ella, muy pleonástica, llamó "horno-horno". El olor de Magia del Pan la había retrotraído a esa época (te ahorraré, lector, la alusión literaria) y yo ensalcé, como apoyo a su proceso de remembranza, las virtudes de la tostada que acababa de disfrutar. Cuando ya pensaba que iba a sentarse a mi mesa para continuar con su relato, pareció volver al tiempo presente y se despidió de mí no sin prometer volver para probar el pan.

G:
Son las 11:30 cuando por fin consigo escabullirme del trabajo con la noble intención de engullir alimentos. El lugar escogido para el desayuno acompañado en diferido por Ana es Magia del Pan. El nombre elegido para la panadería-cafetería me parece espantoso; obviamente la supresión del artículo junto a la intención de darle al conjunto un cierto aire new age me hace recelar. Hay una tendencia en muchos sitios a vender los productos, siempre sobrepreciados, utilizando la táctica de hacernos recordar los “inolvidables” sabores de la infancia: pan como el de la niñez, guisos como los de la abuela, que si los yogures Yoplait… cuando es la misma mierda de siempre, no es mejor ni peor; solo son recuerdos endulzados por el tiempo.
Desde la oficina, solo tengo que cruzar Pedro Juan Perpiñán para llegar al lugar. Están casi todas las mesas libres, paso de sentarme junto al holograma de Ana y elijo un mesa más acorde para mi función de desayunante voyeur. Hay un matrimonio guiri muy escandaloso, que me cae mal inmediatamente al observar que no hablan una palabra de español. Tengo un sentimiento de odio, que no me avergüenza, a todas estos guiris que se instalan en urbanizaciones digamos en Los Montesinos y que viven aquí años y años sin aprender ni papa del idioma. Como decía Shakespeare: “You are not worth another word, else I'd call you knave”.
Me recibe un no sé si camarero o panadero, lo que sí tengo seguro es que no es de Matola. Instalado en mi mesa, previa captura del Información que reposaba en el mostrador (también tienen el Marca, pero últimamente me da ardor),  acude una chica a la que le había pasado el testigo de mi atención el camarero o panadero del que nunca más supe.  Después de una breve presentación del lugar y de sus excelencias, pido una café con leche con sacarina y un hojaldre de jamón york y puerro.
Mientras espero, veo cómo limpia el baño una de las dependientas políglotas, algo digno de mención, ya que puedo dar fe de que algunos aseos del barrio parecen los de Trainspotting. El café con leche está bueno, no para llegar al delirio, pero me parece notable en un primer contacto. El hojaldre de puerro está delicioso, de tamaño ideal para el desayuno. Su sabor y su textura son de una perfección asombrosa. Acude una chica a preguntar mi opinión del desayuno y ofrecerme dos trozos de pan. El primero era un pan de verdura, que ni fu ni fa. El segundo, mucho más consistente, era exquisito, pero no he conseguido entender de qué estaba hecho cuando me lo loaba. No dudo en ensalzar otra vez, antes de pagar, las virtudes del hojaldre y prometo volver a probar la atrayente oferta de café más tarta de albaricoque por 1,50 €.

Lo único que no me convence del todo son las servilletas. Hay un problema común a casi todas las servilletas de aparente calidad, y es que luego no limpian bien. En esta ocasión eran unas elegantes servilletas negras de 4 capas.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 9 CALIDAD 8 PRECIO 2,20€

28 de febrero de 2014

El Togo. Murcia, 21 de febrero de 2014.

La conclusión feliz de un asunto burocrático que ha tardado casi tres años en resolverse resulta motivo más que suficiente para que decida celebrarlo con un desayuno en el Togo, local cercano a la Universidad situado en uno de los cruces más feos y sucios de toda Murcia, aunque a los clientes habituales poco nos importa.
El Togo permanece invariable en su aspecto desde que lo conocí. La puerta de entrada hace picoesquina y se abre hacia fuera, por mucho que me empeñe en empujar cada vez que voy. Tiene una barra en forma de U que encuentra su paralelo, elevado sobre nuestras cabezas, en un estante sobre el que reposan numerosas botellas de bebidas alcohólicas. Cuatro o cinco mesas de madera se alinean junto a las ventanas a un lado de la barra, el que yo frecuento. Ignoro cómo son las mesas al otro lado porque nunca me asomo ahí. La barra propiamente dicha también es acogedora, pero yo prefiero mesa+silla.
Como llego temprano, no hay más que un señor tomando café y leyendo el Marca. Lo recuerdo vagamente de mi etapa estudiantil, tal vez un conserje o un administrativo. Durante unos segundos le envidio porque tiene la posibilidad de venir aquí a diario a desayunar, si no le han recortado demasiado el sueldo. Y es que el Togo me gusta mucho. Tanto que tendré que luchar con mis prejuicios positivos a la hora de juzgar la consumición de hoy. Pero si lo mío es afición a este sitio, lo de mi amiga S es veneración. Siempre que viene a Murcia da por sentado que el lugar de encuentro será éste y finge sordera o pone cara de manifiesto desinterés cuando G propone alguna alternativa.
Esta mañana pido café con leche, con sacarina por favor, y media tostada con tomate. Mientras espero que me lo sirvan, echo un vistazo a las fuentes de comida con que los camareros van llenando los expositores: la ensaladilla ocupa la cabecera de la barra como lugar de honor; a continuación, y en estricto orden jerárquico, el revuelto de verduras, los flamenquines y trigres sin freír, los pinchos de carne ya especiados pero sin planchar, los rulitos de calabación, los champiñones rellenos... G, S y yo nos declaramos seguidores incondicionales de las empanadillas con ensaladilla del Togo, en honor de las cuales organizamos un merecido homenaje tiempo ha por su papel fundamental en la dieta del estudiante murciano, y desarrollamos desde hace años una ardua labor de captación de consumidores entre nuestros amigos y familiares de fuera de la región. Contemplando estos manjares me hallo cuando una camarera que no me resulta conocida me trae el desayuno al tiempo que grita: "¿Ves qué rápidos somos?". Respondo discretamente que sí lo veo y me dispongo a comer.
El café viene con azúcar y sacarina. Está bueno, pero lo recordaba mejor. La tostada está servida en un plato desproporcionado, demasiado grande para los dos trozos de pan que constituyen la media tostada. Supongo que se debe a que aquí no hay platos específicos para el desayuno y utilizan los destinados a contener las raciones de zarangollo o de patatas con longaniza. Los agujeros del salero no están obstruidos, pero el recipiente del aceite no funciona adecuadamente: al inclinarlo sobre la tostada algún problema, tal vez la ausencia de una entrada de aire, impide que caiga el aceite y el desayunante se ve obligado a agitarlo para lograr un chorro intermitente. No diré que es molesto, pero sí que debe solucionarse para una mayor comodidad. En cuanto a la tostada, mi decepción es máxima al constatar que se ha quedado fría con todo el ajetreo del aceite y, aún peor, que tiene consistencia chiclosa. Diré al menos que el tomate tenía buen sabor. Togo, ¿por qué me haces esto? ¿Do quedan tus tostadas calentitas y aplanadas por el grill? En medio de estas lamentaciones se abre la puerta y se me muestra la respuesta a mis preguntas: una caja repleta de pan reciente recorre el local empujada por un ser humano y pasa antes mis narices disgustadas. ¡Mi tostada era de pan de ayer! Podría tolerarlo si fuera más temprano, pero a las 9:45 es inaceptable.
Aparto la mirada del pan y la dirijo al menú plastificado que hay sobre la mesa. En él se lee que el Togo ofrece todas las comidas que los nutricionistas recomiendan hacer al día: desayuno, aperitivo o almuerzo, comida, café o merienda y cena. Añade una sexta categoría que supongo eliminada de cualquier dieta saludable (si bien, después de Dukan, todo es posible): la categoría copas. Tal vez deba volver por la noche y darle otra oportunidad al Togo. S lo haría.




PUNTUACIÓN:

ENTORNO 5 SERVICIO 8 CALIDAD 4 PRECIO 1,80€