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17 de enero de 2015

La Cacharrería. Sevilla, 29 de diciembre de 2014.


La zona cool de Sevilla es sorprendentemente reducida y se compone de las calles Amor de Dios, Feria y, sobre todo, Regina. En ésta se encuentra La Cacharrería, la cafetería donde G y yo desayunamos en esta frigidísima mañana. La calle Regina es peatonal y estrecha, de modo que la terraza de La Cacharrería la conforman dos pequeñas mesitas sobre las que penden sendas estufas, pero ni se nos ocurre quedarnos fuera. Preferimos entrar y sentarnos en una de las cuatro mesas frankenstenianas que encontramos en el interior, construidas con una base de máquina de coser, aunque con el pedal desactivado, y un tablero creado con restos recuperados de silestone, de lo que me congratulo, porque el silestone se derrocha con demasiada alegría: uno debe comprar el tablón entero para su cocina, aunque sea diminuta y sobre metro y medio, así que al menos, si se utiliza este sobrante para hacer mesas cacharreras, no se ha perdido del todo. 
Aunque en un primer momento la única mesa disponible sea la que está junto a la puerta, apenas un minuto después de nuestra llegada los ocupantes de la que está al lado de la barra, más alejada de las odiosas y gélidas corrientes que se generan cada vez que alguien abre la puerta, abandonan su puesto, sobre el que nos abalanzamos sin contemplaciones, para descubrir que el silestone de esta mesa es prácticamente idéntico al que tenemos en nuestra cocina. Constatada esta similitud, las divergencias en lo relativo a la decoración son numerosas. La Cacharrería es un local pequeño con una barra a la que pueden sentarse unas seis personas y con las cuatro mesitas ya mencionadas. Los techos son altos y las paredes están cubiertas con infinidad de trastos que funcionan como epónimos del lugar, entre los que puedo enumerar un avión de juguete, un acordeón, una ristra de ajos, una cabeza frenológica, espejos mágicos antiguos, un cubo de Rubik, una cornamenta de ciervo sobre la que reposa una cornucopia de mimbre, una copa gigante rellena de frutas de madera, unas lámparas chinas, un cartel heart-shaped donde se lee "Pidan en la barra" et alia multa. Sobre los ladrillos que sobresalen de las paredes, de artificiosa irregularidad, alguien ha tenido la ocurrencia de dejar monedas de uno o dos céntimos, costumbre seguida, a la luz de las abundantes monedas que veo, por la clientela a lo largo del tiempo. Llamadme persona con prejuicios, pero apostaría dinero a que la ocurrencia y su seguimiento tiene connotaciones guiris.
Nuestra posición junto a la barra nos permite pedir sin tener que levantarnos de la mesa. Un excéntrico muchacho tatuado nos atiende: queremos dos cafés con leche, con sacarina por favor, y dos molletes enteros, uno con jamón y otro con tomate. Pedir mollete para desayunar es una de las mejores cosas de los desayunos de Sevilla, si no la mejor. Antes de optar por mollete, G pregunta si hay tarta de zanahoria y se lleva una sorpresa descomunal al recibir un "todavía no" por respuesta. A mí, en cambio, me sorprende la sorpresa de G, que, por lo que yo sé, en su vida ha pedido carrot cake para desayunar ni ha tenido tal ramalazo de chico Gilmore.
Los cafés y las tostadas llegan a la mesa de la mano de una camarera también tatuada que nos ofrece probar el humus de alubias y setas, a lo que no nos negamos. No sabemos si el café es Catunambú, pero está rico, si bien él o ella cometen el error de olvidar la sacarina; las tostadas de mollete, algo más sosas e inconsistentes, no llegan al nivel de las que comimos ayer en El Cateto. Aquí están acompañadas por tres cuenquitos: uno con tomate rallado, otro con orégano y otro con humus. No me convence la separación tomate/orégano porque se me hace difícil espolvorear el orégano con dos dedos. Prefiero la mezcla tomate/aceite/sal/(orégano) que se sirve preparada en otros bares. Además, juraría que el tomate no tiene sal, pero La Cacharrería es tan cool que me da reparo pedir un salero.  Todos estos comestibles están servidos en una vajilla que no combina, con flores pasadas de moda del estilo que ahora imita Zara Home y con desconchones trendy
Las mesitas a nuestro alrededor están permanentemente ocupadas por individuos que leen y parejas que charlan. No puedo oír lo que dicen porque todos los presentes nos sentimos muy integrados en este ambiente relajado y casual y hablamos muy bajito, aunque sí que percibimos en los demás ese acento local que G adora. Aunque tenemos varias cosas que hacer esta mañana, como husmear en Un gato en bicicleta, nos demoramos más de lo previsto en este lugar cacharrero, donde la cuenta del desayuno asciende a 5'40.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 6 SERVICIO 7 CALIDAD 6 PRECIO 2,70€

18 de diciembre de 2014

WillyCof. Elche, 3 de diciembre de 2014.

Esta mañana, en mi camino hacia la UMH, he hecho una parada desayunística a mitad de trayecto en WillyCof, una cafetería nueva que me llamó no hace mucho la atención en uno de mis paseos urbanos y que me apetecía probar. No negaré que el motivo de la atracción que ejerció sobre mí radica, por supuesto, en la alusión poco velada a los dibujos animados de mi infancia sobre el viajero leontomorfo y sus amigos también zoomorfos. Llegué a pensar que, al entrar en WillyCof, los lugares más exóticos del mundo mundial, que sólo un aventurero como Willy Fog se atrevería a recorrer, se dejarían notar en la oferta de tés o en la decoración, pero mis fantasías se topan con la vulgar realidad de un local en semipenumbra, con mobiliario de aires coloniales y los socorridos sacos falsos de café dejados de cualquier manera en los rincones, a lo que se suma un aparato de aire acondicionado marca Haier colgado del techo y de aspecto vetusto, probablemente herencia del local anterior.
Me siento en una mesita junto a la pared y, mientras estudio un cartel donde se ofertan hasta 8 tipos distintos de capuccino, cuando yo siempre he creído que los capuccinos son ora con nata, ora sin nata, pero nada más, a los pocos segundos se acerca una camarera cuya excesiva delgadez no puedo dejar de notar. Pido, como es habitual, café con leche, con sacarina por favor, y media tostada integral con tomate. Quedo a la espera de lo demandado y busco con la mirada el periódico del día, que es una de las principales razones por las que alguien desayuna a solas en un bar. Lo encuentro en poder de un señor que lo hojea en la barra con medio peso corporal apoyado en un taburete y otro medio sobre su pierna. Deduzco por su posición que va a irse en breve y acierto: me levanto rauda para hacerme con el Información y me dispongo a enterarme de los últimos conflictos de la política local de Elche.
El desayuno llega a mi mesa: café, platito con tostada, convenientemente tomatada y aceitada, y salero. Tengo que distribuir todos los elementos que hay sobre la mesa para poder comer, leer y coger servilletas, si es menester, con comodidad. Ya de entrada encuentro la tostada pequeña, pero intento no juzgarla por su aspecto y probarla para poder opinar. A pesar de que en ocasiones es un error pedir pan integral porque es de peor calidad que el pan normal, ésta está buena, con una cantidad más que aceptable de tomate, pero descubro que mi prejuicio era acertado y que me resulta algo insuficiente. Al café le ocurre más o menos lo mismo. No me agrada la hipocresía de los bares que, simulando por su decoración que traen el café poco menos que de Colombia sin intermediarios, sirven en la práctica una cosa que ni fú ni fá.
Mi elemento favorito de la mesa es el servilletero, cortesía de Cafés Delta, una variante que no había visto nunca antes, de material plástico y forma irregular, que encajaría bien en el gabinete del Doctor Caligari, a medio camino entre el expresionismo alemán y el arte ibérico. Esto último enlaza con la presencia de la Dama de Elche, requisito decorativo sine qua non en la hostelería y restauración ilicitana, en un gran mural al fondo del local, donde se aprecian, junto a ella, dos rostros anónimos, como queriendo expresar que los mortales pasamos, pero que la Dama permanece.
En la mesa contigua a la mía, dos señoras parlotean, al tiempo que disfrutan, me imagino, de un desayuno post-análisis, dado que WillyCof está frente al Centro de Salud de San Fermín. Sentado a su mesa, un hombre mayor hace una lectura concentrada y silente del Marca. En un momento dado, sale de su ensimismamiento y, sin mediar palabra con sus acompañantes, se acerca a la barra para pedir la cuenta e iniciar una conversación frívola con el camarero, que le presta poca atención. En el ínterin, entra Dori, pues así la saludan tanto las mujeres parlanchinas como la pareja de camareros. Ella responde a la calurosa bienvenida con tono resignado: "aquí estoy, otro día más".
Temerosa de quedar atrapada en este ambiente enfermizo, me aproximo yo también a la barra y pido mi cuenta: 2'50€. Me parece carísimo teniendo en cuenta que no es un sitio chic, aunque lo intente, y que el desayuno ha consistido en una tostada pequeña y un café pasable en una taza agrietada. Porque, como muestra la imagen, la taza presentaba lo que en principio creí que era, oh horror, un pelo, si bien una exploración posterior digital y cucharil me demostró que era una grieta, lo cual disminuyó el horror, pero no lo eliminó del todo. Mi conclusión es que me cobraron de más por no ser cliente VIP como Dori o porque tienen esos precios inflados para aprovecharse de los desdichados que van en ayunas al centro de salud y que salen dispuestos a pagar lo que les pidan en el primer bar que encuentren. En cualquier caso, es mal.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 6 CALIDAD 4 PRECIO 2'50€

30 de noviembre de 2014

Il Baretto. Murcia, 15 de noviembre de 2014.

Procrastinando uno de estos días en el abismo insondable de la red, encontré algunos blog murcianos que se dedican al noble arte de alabar y repartir un poco de estopa, sin pasarse, a los lugares que abundan en la ciudad dedicados a facilitarnos esa actividad que nos gusta tanto, que es la de zampar como si no hubiera mañana.
Sospechando como hay que sospechar de este tipo de blogs, no se puede uno fiar de alguien que pierde su tiempo en escribir este tipo de futilidades (debe de haber algún circulo de Dante dedicado a acoger a estas personas, solo superados por los que cuelgan en Instagram la fotito del desayuno), en varios de ellos leí reseñas alabando el café de una bar italiano en el murciano Barrio de San Antón. Tomé nota mental y lo dejé ahí aparcado en un hueco del cerebro, al lado de “los pulpos tienen 3 corazones” y este tipo de trivialidades que te sirven para quedar como un listillo.
Amanece lluvioso, lo cual siempre anima, por lo menos si eres de Murcia. Así que como estoy un poco harto del pan de pipas de calabaza del Mercadona, le propongo a Ana que vayamos al sitio previamente guardado en el rinconcito de los sitios por visitar, con la promesa por mi parte de volvernos al terminar el desayuno y no enredarla en algún plan perverso para perder la mañana sin dedicarle ni un minuto al de Queronea.
El barrio de San Anton no es mi sitio favorito de la ciudad ni mucho menos, es el típico lugar en el que siempre pienso que no me gustaría vivir, pero allá vamos. Aparcamos en la puerta de la Escuela de Idiomas y cruzamos esa rotonda espantosa que han plantado para facilitar el acceso-salida de la ciudad. Enseguida encontramos la cafetería en una placita frente a una librería-papeleria-mercería (supéralo si puedes). Me sorprende lo pequeño que es Il Baretto, no es lo que esperaba. Pillamos sitio en la terraza. Solamente tienen 3 mesas fuera. El interior, visto desde fuera, que podría ser acogedor, me resultó un tanto desaplacible.

Enseguida vino una camarera bastante simpática, que no parecía italiana, y seguro que no lo era. Nos explica la diferencia entre una tostada genovesa y una tostada napolitana y nos decidimos a pedir ambas, con la idea de compartir. Además de las tostadas, pedimos sendos cafés con leche, con sacarina por favor. La carta la tienen expuesta en las paredes del interior, así que no puedo decir lo que ofrecen, ya que no puse un pie dentro. Ana fue la enviada especial a la barra y comentó que tienen variedad en especialidades italianas de café y en acompañamientos también típicos italianos.
Melchiorre, el maestro cafetero, una especie de Albano, es el que está detrás de la barra preparando con entusiasmo el producto para la clientela. Lo veo actuar a través de la ventana que da al exterior y se utiliza para recoger los pedidos, ya que como bien avisa un cartel, no sirven en las mesas. A una voz con acento italiano acudo a la ventana a recoger nuestro desayuno.
A los cafés con leche les pongo la sacarina de un bote que tienen a mano para tal menester. La tostada genovesa viene con panceta, salsa pesto y aceite; con sabor bastante peculiar, es diferente a los que estamos acostumbrados a echar sobre el pan y me resultó placentero. La napolitana consistía en salami de Milán con una base de tomate; estaba simplemente deliciosa. El café con leche, café italiano Blackzi 100% arábica, estaba bueno, pero tampoco difería en mucho de otros tantos que te puedes encontrar en cualquier sitio que se preocupen un poco por servir algo decente. Sí que es verdad que un café con leche es algo sin mucho misterio, tendremos que volver otro día a probar alguna de las especialidades que tanto alaban de este lugar.

Como estaba empezando a chispear, recogimos los bártulos. Ana le pidió un vaso de agua a Albano, que le pasó una garrafita de agua para que se sirviera ella misma, y nos fuimos hacia el aparcamiento, cumpliendo la promesa de volver a casa.

PUNTUACIÓN:
ENTORNO 4 SERVICIO 5 CALIDAD 7 PRECIO 2,80€

4 de noviembre de 2014

Sanpas. Madrid, 20 de septiembre de 2014

Como, en general, nos gusta más para desayunar el barrio que el centro ciudad, esta mañana en Madrid decidimos quedarnos en Sanpas en lugar de ir a La Central o algún otro sitio similar, porque nos ahorramos la pose intelectual y, además, podemos detenernos a contemplar la Casa-Loncha, una de las construcciones más divertidas que conozco.
¿Habitarán lonchas de personas la Casa-Loncha?
A no ser que estemos bajo los efectos de una ola de calor africano, el desayuno en Madrid consiste en churros con café. Y con esa idea entramos en Sanpas. No sé si será una cafetería frecuentada durante los días de diario. Nuestras visitas suelen producirse en fines de semana o festivos y lo cierto es que la clientela no abunda. Al entrar uno ha de decidir si se acoda en la barra o si pasa a un saloncito separado con biombos de la zona de bar con mesas y con televisor propio. Nosotros optamos por lo primero y, tras rechazar la idea de sentarnos en taburetes, aguardamos de pie y con la mirada fija en el camarero a que se acerque para preguntar qué queremos tomar. A pesar de que lo miramos con la insistencia de los niños de El pueblo de los malditos, pasa bastante de nosotros y sólo al cabo de un rato toma nota mental de nuestra solicitud de desayuno: café con leche, con sacarina por favor, y churros.
Mientras esperamos, ojeo con curiosidad la carta de tapas, raciones y bocadillos. La oferta es rica, no puede negarse, y el menú plastificado está iluminado todo alrededor con fotografías coloridas y bastante bien hechas de lonchas de jamón, sandwiches y raciones de calamares. Todo el texto es bilingüe. Los palillos, por otro lado, situados en un bote junto al servilletero, no son torneados sino planos, algo que un sitio con menú en inglés y a todo color no debería permitirse.
Recibimos nuestro café y tres sobres de sacarina para repartir. Esto es, tocamos a sobre y medio de sacarina granulada per capita. Usamos solamente dos y guardo el tercero en el bolso para eventuales emergencias glucósicas. Junto a los cafés obtenemos dos raciones de churros fríos, según costumbre local.
El café, más grande de lo normal, está bueno y muy caliente. En cuanto a los churros, los como con gusto porque soy fan del producto, pero resultan fáciles de olvidar, por usar un eufemismo.
Churros apilados desde su fritura
Dado que G y yo no mantenemos una conversación absorbente esa mañana, me dedico a observar a una camarera, que, encaramada en lo alto de una escalera detrás de la barra, limpia los espejos que recubren la pared. Me parece tarea tediosa y agotadora de brazos, pues debe mover cada uno de los vasos, copas y botellas que se apilan en los estantes de la pared espejada para poder limpiar. No obstante, la realiza con buen ánimo e incluso bromea con un cliente joven que entra a pedir bocadillos take away acerca de un supuesto pasado como gogó en una discoteca. Por su parte, el camarero que nos ha atendido dispone innúmeros platillos sobre un expositor y coloca sobre ellos sobres de azúcar y cucharillas, creando sonidos melodiosos. No creo que haya necesidad de tener preparados tantos platillos, pues la clientela, como se ha indicado antes, brilla a estas horas por su ausencia. Más bien es de esos camareros que no puede parar quieto. Apenas dejo la carta abierta junto a mí sobre la barra y aparto de ella mi mirada, viene corriendo a doblarla y a colocarla en su sitio de nuevo, vertical entre el expositor y el dispensador de servilletas. Luego, sólo por fastidiar, vuelvo a cogerla y a dejarla sobre la barra. Porque tiene mucho azogue para colocar sus cositas del bar pero poco para preguntarnos qué queremos tomar.
Pedimos la cuenta y, como era de esperar, muestra un marcado desinterés. Prefiere atender a una familia que acaba de llegar y ante la cual acude raudo. ¿Nos despreciará acaso por nuestro origen sureño? Finalmente, se digna a decirnos que la cuenta suma 4,80€. Le alargamos un billete de 5€ y por supuesto que nos quedamos a esperar la vuelta. De todos modos, y aunque pueda parecer que la experiencia ha sido negativa, supongo que repetiremos en cuanto tengamos oportunidad en Sanpas: la Casa-Loncha merece la pena.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 3 CALIDAD 6 PRECIO 2,40€

4 de septiembre de 2014

Güertanico.com. Murcia, 28 de agosto de 2014


No podía dejar que se acabaran mis vacaciones sin desayunar una mañana en Güertanico.com (sic), el bar donde a M le gusta tomar café en el rato de descanso que le deja su ajetreada consulta. Me había hablado con anterioridad de su agradable terraza y de las múltiples atenciones que le brinda el camarero habitual, que empezaron siendo las básicas y han ido aumentando e incluso refinándose a medida que avanzaba el verano.
Espero a M en la puerta de su centro de salud, que dispone de tres mástiles donde no ondea ninguna bandera. En cuanto aparece, nos dirigimos raudas a Güertanico.com, temerosas de no encontrar mesa libre en la terraza, pues en la barra, explica M, hace más calor. Según nos aproximamos vemos que sólo hay una a nuestra disposición y aceleramos el paso pretendiendo naturalidad pero diciéndonos bajito "¡vamos, vamos, que nos la quitan!". Una vez sentadas constatamos que, pese a ser agosto, la temperatura ambiente es adecuada y M, que no puede perder tiempo en conversaciones banales, se acerca a la barra para pedir lo de siempre, pero esta vez por duplicado, i. e., dos cafés con leche, dos medias tostadas con tomate y dos zumos de naranja. 
No es necesario solicitar sacarina por favor porque sobre la mesa ya hay un recipiente de plástico con servilletas y un bote de sacarina marca Alteza, cosa que me sorprende porque no se estila por Murcia, sino que abunda mucho más en la zona alicantina de la Vega Baja. De hecho, el único comentario que M me hace antes de entrar a pedir es que esa manera de ofrecer la sacarina es novedosa, como disculpándose porque no haya sobres individuales. Mientras está dentro de Güertanico.com, observo que la ortografía de tan singular nombre es la correcta en el cartel que pende sobre la puerta, pero que en el letrero que sobresale perpendicular a la fachada falta la diéresis. Del interior del bar, al fondo del cual hay desplegada una pantalla gigantesca sobre la que se proyecta Las Mañanas de Cuatro o algún otro programa similar, sale una voz desconocida que pregunta: "¿lo tuyo?" y, a continuación, oigo claramente a M decir: "Sí, pero doble, que hoy vengo acompañada." Tal noticia debió de sumir al camarero preguntador en un nerviosismo atroz, pues desde ese momento, exactamente cada 30 segundos, se asoma a la puerta para asegurarnos a gritos que "lo nuestro" estará listo en breve. Supongo que el camarero piensa que M, con su cabello impoluto, su bolso MK y sus sandalias metalizadas, es alguna celeb que, en un arranque de snobismo, ha optado por pasar el agosto en Murcia en lugar de tomar el sol en Formentera y ya ha ganado la confianza suficiente para recomendarle a M que use azúcar moreno en lugar de blanco o para tostarle siempre la parte de arriba del pan porque en una ocasión M dijo que la prefería. ¿Y quién no?
En primer lugar recibimos el café con leche, junto a la afirmación rotunda de que la tostada con tomate no tardaría. En efecto, tras un lapso razonable de tiempo, nos sirve sendas tostadas aderezadas con tomate rallado algo escaso y nuevas disculpas por la tardanza. Después, dos o tres viajes más a nuestra mesa para traer aceitera, dos saleros prácticamente vacíos y, por fin, dos zumos de naranja.
Zumo de naranja en copa de Estrella de Levante.
¡Muncho Murcia!
El café está normal, no destaca por su bondad, como tampoco la tostada, que, pese a estar servida en un plato bonito, no es de las mejores que esta desayunante ha probado. Además, debido a que nos entretenemos hablando de si hace buen tiempo en París o de si la cosecha de pimientos verdes es buena este año, se queda fría y pierde su crujosidad. Me gusta, no obstante, el zumo de naranja. Parece natural por su sabor, pero no tiene la pulpa que cabría esperar de un zumo recién exprimido. No me extrañaría nada que el camarero lo haya pasado por un colador, en un nuevo intento de conseguir la aprobación de M.
En cuanto terminamos de consumir nuestros desayunos, acude a recoger los platos y vasos vacíos y, aunque normalmente este gesto constituye una invitación sutil, pero al mismo tiempo grosera, a que abandones la mesa, esta vez detecto un  deseo real de que nos sintamos "más cómodas", tal como él nos explica. Por desgracia, no tenemos tiempo de disfrutar de la comodidad que se nos ofrece: M ha de volver al trabajo o el sistema sanitario regional empezará a tambalearse. La cuenta, redonda: 4€.
PUNTUACIÓN:
ENTORNO 5 SERVICIO 7 CALIDAD 5 PRECIO 2€